lunes 7 de diciembre de 2009

Salvo las dictaduras, no hay gobierno más carente de justicia que el del fútbol

Y si me apuran, es peor que una dictadura, porque una dictadura es un gobierno ilegítimo, en cambio la FIFA y todas sus afiliadas obligadas a cumplir sus normas, se supone que son órganos legales de gobierno. Francia se clasifica al mundial con un gol hecho con la mano, el que lo hace lo reconoce, el árbitro lo reconoce, la TV y las fotos muestran la invalidez del gol desde todos los ángulos posibles y sin embargo, Francia va a jugar el mundial e Irlanda no. ¿Puede seguir la FIFA amparándose en reglas anacrónicas basadas en la falibilidad del árbitro como parte del azar del juego? Está bien, convengamos que el fútbol es un juego, un entretenimiento (¿es sólo un juego, un entretenimiento?, tal vez porque hoy día ha dejado de serlo es que escribo esto), pero de todas formas, fundado en una anti ley (LEY: del latin “lex” gen. “legis”, compárese con el it. “legge”, fr. “loi” y deriva del verbo lat. “ligare” – “ligar, unir, obligar”, sentido figurativo de “unir una persona a un deber o responsabilidad”) suceden episodios que equivalen por ejemplo, a que un tipo vaya a la puerta del banco, espere la salida de un jubilado, delante de un policía le robe su sueldo, vuelva a su casa lo más campante y a la noche, mientras el jubilado llora su impotencia, el ladrón (que según la ley FIFA no sería un ladrón), se gasta la plata robada (que según la ley FIFA sería plata ganada) en champagne y putas. En nuestro fútbol vernáculo un árbitro (el juez, el encargado de impartir justicia, de administrar la ley) se porta —amparado en su investidura— como un patoterito de barrio y provoca hasta sacar de sus casillas a medio cuadro de Colón, causando que en ese estado no solamente Colón pierda el partido, sino que consuma su desaguisado expulsando a cinco jugadores. A la fecha siguiente Colón presenta un equipo remendado y golpeado de injusticia. Naturalmente pierde. El árbitro en cambio, pese a que desde todas las voces fue signado como culpable de la situación, es “premiado” por la AFA designándolo para dirigir un partido y cobra su dinero. Acá la circunstancia es aún más grave que lo de Francia-Irlanda, ya que lo del árbitro no fue un error sino una agresión consciente y decidida. No hay esperanza para que la cosa no siga así. Porque los únicos en condiciones de cambiarlo son los protagonistas de lo que quede de este ya lamentable espectáculo. Y los protagonistas eventualmente favorecidos, se guardan muy bien de tomar partido o intentar movilizar acciones en defensa del perjudicado, sin que se le cruce por la cabeza que a la semana siguiente nomás les puede tocar a ellos. Como bien lo comprobó Peratta, el arquero de NOB ayer contra Arsenal, tan contento estaba él la semana pasada gracias a lo que el árbitro ayudó para que NOB le ganara a Colón.

lunes 2 de noviembre de 2009

El campito (Juan Incardona)

La primera cosa para decir es que la mayor parte de la novela la leí alejado de las polémicas que hace unas semanas anduvieron dando vuelta por facebook y varios blogs, esa cuestión de los que se forzarían a escribir desde un “neoperonismo”, así que por suerte no tuve esas polémicas dándome vueltas durante la lectura. Recién ahora me regresan, a cuento del Glosario con el que Juan cierra el libro, porque revisándolo uno ve que todo refiere a formas del peronismo de los tiempos de los dos primeros gobiernos de Perón, de la Revolución y de la década del 70, una estructura de personajes, episodios y lugares sobre los que se monta una ficción muy imaginativa, y llegado a esa primera y saludable calificación literaria, no me importa descubrir si hay o no escritura desde el neoperonismo.Después me vienen cosas que seguramente sesgan la opinión, pero como total yo no subo esto con pretensión de crítica especializada, tampoco me importa; entre esas cosas está el recuerdo de cuando Juan leyó en el “Taller Sin Coordinador” —una experiencia muy linda en la que tuve la suerte de estar— un borrador del primer capítulo de “El campito” (Carlitos el ciruja y su historia del gato montés); también me acuerdo de una vez en la que volviendo del bar en que nos reuníamos, Juan me contó —y ya ahí me dieron ganas de leer “El campito”— de Riachuelito (un bagre que se hace gigante por culpa de la contaminación del Matanza) y El Esperpento (un Frankestein que armó la oligarquía con cadáveres y al que le puso las manos de Perón, con lo cual su gesto más amenazante era su tradicional saludo). Y finalmente, trabajé varios años para la cuenca del Matanza-Riachuelo y mucho he caminado los espacios en los que transcurre la novela, así que fue un placer que aún con los escenarios ficcionales (el Río de Fuego y los Campos Galvanoplásticos por ejemplo) me resultara todo tan familiar y que incluso pudiera seguir “La batalla del Mercado Central”, el último capítulo, casi sin necesidad de apelar al planito que incluye el libro (muy buena idea esa).A propósito del último capítulo, fue en la única parte donde la novela se me hizo más trabada, mucha acción, muchos personajes y necesidad de mucha descripción, que hicieron difícil leer al ritmo del vértigo que se intenta transmitir; no obstante, sobre las últimas veinte páginas más o menos Juan se enciende (desde Carlitos derramado de amor por Candela y El Cantor dominando a El Esperpento con su canto) y la novela termina altísimo. El resto de los capítulos “pasan como piña” enteros, una catarata de personajes, animales, hechos y lugares fantásticos instalados en La Matanza, baste nomás mencionar así no les cuento toda la novela, la aparición de los siete de Saavedra de Adán Buenosayres, el basural embalsamado, los pájaros zorrinos o las piedritas maldicientes, que putean cuando se las pisa.Para mis amigos que no han leído nada de Incardona, les paso un link donde van a encontrar el cuento de Juan que a mí más me gusta, así tienen una muestrita: www.elinterpretador.net/24JuanDiegoIncardona-VillaCelina-8-ElCanonDePachelbelOLaChinelaDeDonJuan.htm

jueves 15 de octubre de 2009

Zapatos negros bien lustrados (respondiendo a las demandas de mi público sub-70)

A las seis y pico de la tarde había subido al subte en Catedral, un gentío impresionante, viajaba sentado gracias a mi notable habilidad para hacerme lugar entre la turba. Los zapatos subieron por la puerta frente a mi asiento en 9 de Julio. De tanto brillo encandilaban. El vagón se llenó de gente, había tanta y tan amontonada, que me era imposible identificar al dueño, apenas podía ver unas botamangas verde musgo cayendo, con elegancia, sobre las relucientes capelladas. No quise pararme para verle la cara al de los zapatos, porque lo más probable es que hubiera perdido el asiento inútilmente: tener a la vista un mar de cabezas no garantizaba asociar alguna con los zapatos negros bien lustrados. A su alrededor, los demás calzados eran una lágrima, y eso que había montones de zapatillas, botas y zapatos de marca, mucho Nike, Prada y Guido, pero nada comparable con el brillo de zapato en la vidriera, de charol, de espejo bruñido, que irradiaban aquellas maravillas subidas en 9 de Julio. Eran abotinados, acordonados con moños impecables; por encima de lenguas que cubrían todo el empeine, las puntas de los cordones parecían titilar como cuatro diamantitos; hacia las punteras el brillo se acentuaba, aunque los talones, e inclusive el borde superior de los tacos, también irradiaban un reflejo magnífico. Daban envidia. Me miré los pies y me prometí gastar tres pesos con el primer lustrabotas que se me cruzara, pero bien sabía que aunque el hombre hiciera su más esmerado trabajo, mis zapatos no podrían estar al lado de aquellos sin sentir vergüenza. Cuando vi que al izquierdo lo rozaba un mocasín marrón y polvoriento, admito haber sentido algo de satisfacción, de modo que llegando a Facultad de Medicina, albergué la esperanza de que se bajaran muchos estudiantes y pudiera encontrarme cara a cara con la decepción que la mácula había causado en el dueño de aquel par de portentos. No se bajó casi nadie y mi desilusión fue mayúscula, aunque enseguida fue compensada en Pueyrredón, porque la aguja de un taco buscando la salida se incrustó de lleno en la punta del zapato negro bien lustrado derecho, y estuve convencido que el violento retroceso del pie que lo llevaba, no obedeció a dolor físico alguno sino a dolor espiritual. Y ahí, precisamente en ese instante, no tuve dudas de que el hombre equilibraba alguna carencia con tan inusual lustre del calzado, muy probablemente el decaimiento de su potencia viril, como si sus dos zapatos negros bien lustrados fueran a compensar testículos venidos a menos.
No me bajé en Bulnes, que era adonde yo iba, porque todavía el vagón no se había vaciado lo suficiente para verle la cara de infeliz al impotente, aguanté hasta Ministro Carranza, donde el boludo encima se sentó, a pasarse un pañuelito de papel por sus zapatos. No era tan viejo como para que las erecciones lo hubieran abandonado, muy por el contrario se trataba de un muchacho de no más de treinta años, morocho y bastante musculoso, aunque en esos casos nunca se sabe, quizás un accidente de chico había sido causa de su incompetencia sexual. Para asegurarme de que el tipo entendiera perfectamente cuántos pares son tres botines, me ubiqué tras él en la escalera mecánica de Olleros, estación donde al fin el imbécil se bajó a rumiar su soledad de impedido, y haciéndome el apurado me le crucé adelante hundiendo la suela de mis zapatos roñosos en sus pomposos sustitutos de atributos varoniles, un pisotón de padre y señor nuestro que le dejó mi huella bien marcada. Tuve entonces plena confirmación de que mis conjeturas debían ser acertadas, pues una vez que el tipo se encontró en la calle, vi con enorme placer cómo esta vez sacaba un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y…¡ensuciaba un pañuelo de seda para limpiarse mi pisotón!
Pero en simultáneo puse en duda mi diagnóstico primitivo: ¿qué hace un tipo con un pañuelo de seda?, era de color celeste aunque lo mismo, no era impotente, ¡era gay!, por eso andaba con esos zapatos negros tan bien lustraditos. Cómo engaña el aspecto de algunos de estos desviados.
Estaba el homosexual meta y meta pasarle su pañuelito de seda a los zapatos, cuando se le acerca una potra impresionante: cara de muñeca, pelo liso larguísimo, parecía una modelo; qué piel, qué ojos, qué tetas, qué culo, un desperdicio que anduviera perdiendo su tiempo con ese pobre enfermo. Casi me muero porque la yegua le revuelve los cabellos, el putito se incorpora, la abraza y le pega un chuponazo como si hubiera querido tragarle la lengua. Qué hijo de una gran puta, las cosas que tenía que hacer para disimular su putez. Cuando la corta con el beso le dice algo a la mina, que yo no pude escuchar porque había quedado medio lejos, pero se señalaba los zapatos. Ella también jugaba su papel, lo acariciaba y seguro le decía: “pobrecito mi vida qué lástima tan lindos tus zapatos”. Se fueron del brazo haciéndose los enamorados, los calentones, dándose besitos; yo los seguí porque no podía creer tanta parodia, y los zapatos negros también brillaban por esa vereda de Cabildo, tampoco en la vereda había calzado que pudiera hacerles sombra. ¿Será consciente este muchacho del símbolo oculto de sus zapatos negros bien lustrados en relación con su sexualidad equivocada?, me pregunté. Llegaron a un auto estacionado, un auto nuevo, flamante, lustroso igual que los zapatos. Mierda, ¿hasta dónde iba a llegar el engaño? Tenía que averiguarlo. Me subí a un taxi y le pedí al conductor:
—Siga a ese convertible.
—Eh, no se haga el Phillip Marlowe, acá no estamos en Estados Unidos.
El tipo era un tarado. Sin hacerle caso, pendiente de no perderlos de vista, reiteré:
—¡Siga a ese convertible le dije!
—Usted paga.
Siguieron por Cabildo, agarraron Acceso Norte y después la Panamericana, las fichas del reloj del taxi caían como locas pero no me importó, tenía que desenmascarar a ese farsante. Se metieron en el Jardines de Babilonia, puto y todo el tipo debía tener mucha plata, el Jardines de Babilonia es un telo carísimo. ¿Para qué hacía esto?, ¿para quién?, salvo yo no había nadie que se percatara de sus maniobras para ocultar su desvío sexual.
—No vaya a hacer una locura —me sacó el taxista de estas cavilaciones.
—¿Qué quiere decir?
—¿Es su jermu no?
—No, al que sigo es al tipo.
—No da la sensación de que le gusten los hombres, lo mismo, volvamos y listo, no pierda la cabeza, vea, paro el reloj, le cobro hasta acá y la vuelta se la hago gratis.
—No diga pavadas hombre, el puto es ese que entró, y debo ponerlo en evidencia.
—Pero si entró con una chica…
—¡Justamente! Usted no se da cuenta de nada, ¿cómo puede ser tan retrasado?
—Vea, ahora no se lo pido, o me paga y se baja o le rompo el culo a patadas.
Ante tamaña falta de civilidad, pagué y me bajé. Con extrema cautela, me acerqué hasta la entrada de autos del telo. Tras el siguiente auto que ingresó, pude meterme en el albergue antes que se cerrara del todo el portonazo de la entrada, sin contar con que una cámara de video había captado mi maniobra.
Cada una de las habitaciones tenía cochera individual, y supuse que eso interpondría dificultades para ubicar al convertible; pero no, en el apuro aquello dos tarados no se habían tomado el trabajo de cerrar su portoncito levadizo, de modo que fue sencillo ubicar la pieza que habían elegido. ¿En qué apuro?, me refuté, si no venían a tener sexo, sólo venían a pantallear el extravío sexual del zapatitos.
De a tramos cortos, ocultándome tras las columnas, me fui acercando. Seguro de que no escucharía ningún gemido de placer, apoyé un oído en la puerta. Sin embargo, la potra dio evidencias de loquear como una desesperada, momento de incertidumbre para mi razón, que tras cartón desató la indudable conclusión de que el tipo de los zapatos negros bien lustrados no debía ser puto, que todo era una pantalla sí, pero para ocultar su verdadera identidad de zar de la droga, sicario de la mafia o agente de inteligencia de algún país del primer mundo alentando la revuelta del campo. Es bien típico de esos personajes la pulcritud en su vestimenta, sobre todo en sus zapatos, y probablemente la hembra infernal era alguna clase de contacto para entregar o recibir narcóticos, dinero sucio, claves o documentos secretos.
Por supuesto, me dije, los zapatos negros bien lustrados obraron como una señal de reconocimiento, por eso la preocupación del hombre por mantenerlos tan limpios y brillantes cuando salió del subte. Justamente, que alguien así subiera a un subte, un medio de transporte vulgar, era una forma evidente de desorientar a eventuales perseguidores. Y entonces, una vez hecha la transacción a que diera lugar el encuentro, los dos criminales debieron haberse sentido acreedores a dar rienda suelta al deseo que se les había despertado: así de desinhibidos son esta clase de malhechores, aún con las balas silbando a su alrededor son capaces de entregarse al placer carnal. Imaginé las ropas de ambos desparramadas en la habitación, salvo los zapatos negros bien lustrados, prolijamente alineados uno junto al otro en un rincón.
Mientras tanto a mis espaldas, supe después, se acercaban dos guardias alertados por mi imagen en la cámara del portón. Tuve miedo, no por eso pues aún no lo sabía, sino por haberme acercado, impensadamente, a un delincuente tan peligroso, alguien habituado al asesinato, alguien a quien no le temblaría el pulso para quitarme del mundo de los vivos. Dispuesto a poner mis pies en polvorosa, fue cuando me topé con los dos guardias. Parecían Laurel y Hardy, el flaco estaba armado con una pistola y la camisa se le salía del pantalón; al gordo, que blandía una amenazante porra de goma, no le cerraba el último botón y se le veía la camiseta.
—¿Es su mujer no? —inquirió el panzudo.
Qué obsesión, ¿tendré yo cara de cornudo?
—No diga sandeces hombre, soy de Interpol, el que está adentro es un peligroso miembro de la mafia rusa, he seguido su pista por más de treinta países y ahora al fin lo tengo al alcance de mi mano, ¿están dispuestos a ser mis refuerzos y obtener una jugosa recompensa? —me salió decirles.
Laurel miró a Hardy, Hardy miró a Laurel, y esta vez habló el flaco:
—¿Qué hacemos?
—Derriben la puerta, yo los cubro.
—¿Y si nos revienta a tiros?, —preguntó Oliver, mucho más cagado en las patas que yo.
—Están culeando —intenté tranquilizarlo.
—Sí, pero es capaz de tener su automática bajo la almohada —replicó Stan.
—No, eso no, de lo único que tienen que cuidarse es de sus zapatos.
—¿Sus zapatos? —a dúo.
—Sí, cuando entren usted encañónelo con su pistola —le dije al flacuchito—, y usted agarra los zapatos y me los trae—, dirigiéndome al gordo.
—Okey —también a dúo.
Ahí fue que se abrió la puerta de la habitación, habíamos prolongado demasiado el trazado del plan, habíamos hablado en voz demasiado alta, el mafioso ruso supo que estábamos tras sus huellas, los tres salimos corriendo, cada uno en direcciones diferentes, y el mafioso y la mafiosa también salieron corriendo; cualquiera que no hubiera sabido de su calaña, podría haber pensado que se pegaron igual cagazo que el gordo, el flaco y yo.
Cuando me atreví a darme vuelta los vi abandonar la pieza y treparse al auto medio en bolas, y de las demás habitaciones empezaron a asomar cabezas curiosas, Stanley alertó a los gritos que se escondieran porque estaba suelto un asesino, lanzó un disparo al aire y la mitad volvió a encerrarse, pero la otra mitad se subió a su auto y se armó un embotellamiento frente al portonazo cerrado. Nadie atinaba a abrirlo, algunos optaron por abandonar sus vehículos e intentar ganar la salida a través de la puerta de la recepción, yo en tanto me oculté atrás de un macetón cargado de helechos serrucho.
En medio del caos alcancé a ver a Laurel meterse en una de las habitaciones abandonadas, Oliver tuvo menos suerte porque eligió una en la que sus ocupantes habían optado por quedarse refugiados y, por más que pugnó y pugnó con el picaporte, no pudo abrir la puerta. De pronto, reconoció al ruso subido al convertible y empezó a señalarlo dando gritos de alerta y a preguntar, también a los gritos, que dónde estaba el de Interpol. El ruso y la rusa se sintieron extrañamente apabullados y fueron los únicos que se quedaron quietecitos en sus autos mientras los demás, ante el portonazo irremediablemente cerrado, abandonaban los coches que tan precipitadamente habían abordado y regresaban corriendo a las piezas. Tetas, porongas y culos desparramadas al aire, se fueron metiendo en la primera que les quedaba a mano, de manera que hubo habitaciones con tres y hasta cuatro parejas y otras con ninguna, y alguien debió haber llamado a la policía porque se escucharon sirenas llegar hasta el Jardines de Babilonia y luego un tropel de uniformes irrumpió dando grandes voces. Yo aproveché para agarrar del brazo al guardián gordo y meterme con él en la pieza donde habían estado los criminales.
—Yo estoy acá de incognito, ni siquiera la policía debe saber de mi misión, —le dije al atribulado custodio.
—¿Y qué quiere que haga?
—Voy a permanecer aquí escondido hasta que se vayan, por favor, busque a su compañero y adviértale.
—¿Y la recompensa?
—Llámeme al 15-9876-5432.
—¿Cuánto dijo? —Hardy agarró una birome y esperó a que le repitiera el número para anotarlo en la palma de su mano.
—15-9876-5432, ahora vaya rápido y alerte a su compañero.
Me dio un fuerte apretón de manos y se marchó.
—Gracias, espero su llamado.
Ni bien se fue me metí bajo la cama para aguantar hasta que despejara y allí, ¡oh sorpresa maravillosa!, el par de zapatos negros bien lustrados, olorosos de betún, brillantes aún en la penumbra rojizul del ambiente, oh, tuve ganas de gritar de gozo, con el mafioso ruso preso, después de todo lo que este asesino impotente y puto me había hecho pasar, tenía pleno derecho a quedarme con ellos. Afuera se escuchaban gritos e insultos de todo calibre, motores poniéndose en marcha, puertas que se abrían y cerraban con violencia, sirenas llegando y yéndose.
Después de unos minutos todo se calmó. Con el corazón palpitante aguardé una hora entera para estar absolutamente seguro de que podía escabullirme sin riesgo del Jardines de Babilonia. El portonazo había quedado abierto, así que salí caminando despacio, como Pancho por su casa, crucé la Panamericana y caminé varias cuadras llevando mi preciado tesoro bajo el brazo. Cuando me pareció haberme alejado una distancia prudencial, me senté a esperar el colectivo en un refugio.
Pero nunca hay felicidad completa: el muy puto del mafioso impotente calzaba 37. ¿Es posible que un hombre tenga un pie tan chiquito?, ¿qué le costaba un par de números más?

sábado 26 de septiembre de 2009

Yo fumo (algo de mi relación con el tabaco)

Hace unos meses leí "Vagón fumador", una compilación de Mariano Blatt y Damián Ríos. Hay de todo un poco, siempre está bueno leer a Mario Bellatin, me gustaron mucho Inés Acevedo (La comadreja bebé) y Sol Prieto (Stainbarguer), a ninguna de las dos las tenía de antes, pero el que por lejos me pareció soberbio fue Suplicantes, de María Moreno, un patetismos encantador.Mucho antes de esta "Antología de relatos sobre el tabaco", en 2002, yo había escrito algo concerniente, no sé bien qué género será, supongo que movilizado por los mismos estímulos de esta gente que aparece en "Vagón fumador", y que por ahí los resume Hebe Uhart, quien termina su relato con una frase de un escritor peruano, Julio Ramón Ribeyro: "Yo no sé si fumo para escribir o escribo para fumar".

Lo mío es lo que sigue:

Dicen que cada cigarrillo acorta la vida en quince minutos.Admitiré que tal aseveración responde al cálculo biomatemático del algún iluminado. No obstante, debo señalar que siendo así, el resultado arrojado probablemente no haya sido quince minutos justos, sino una cifra con decimales redondeada a quince. La precisión en el cálculo, resulta entonces motivo de objeción. Si se tratasen por ejemplo de quince con veintisiete segundos, al cabo de una equis cantidad de cigarrillos, la estimación de sobreviviencia al tabaco estaría menospreciando a uno cada tanto, y en consecuencia pronosticaría el deceso un incierto tiempo después de lo que realmente ocurrirá. Y siguiendo el mismo razonamiento, si por el contrario la cifra fuese catorce con cincuenta segundos o cuarenta y tres, tres, tres, tres, —no olvidar a las probables fracciones periódicas— el error causaría armar el velorio antes de tiempo.La primera conclusión es que mezclar las matemáticas con el vicio no es buena política ¿Cómo se deberían contabilizar aquellos cigarrillos que se tiran antes de terminar de fumarlos, porque por ejemplo viene el colectivo? Todo un inconveniente, ya que no hay una norma para el inoportunismo del ómnibus, pues a veces llega inmediatamente después de encender el cigarrillo y, en otras más benévolas, lo hace cuando sólo quedan por dar un par de pitadas. Rigurosamente, se podría acotar el error de estas circunstancias, con una regla de tres simple que relacione los quince minutos con la diferencia entre longitud total y longitud remanente del cigarrillo abandonado. Más esta tarea exigiría del fumador, la inexcusable obligación de llevar junto al atado y el encendedor, un centímetro, una calculadora, una libretita y un lápiz.La reflexión acerca de la longitud de cigarrillo efectivamente fumada, nos lleva a otro factor de incertidumbre, puesto que la longitud total no es un factor constante, sino una variable que depende de las marcas y sus diversas presentaciones. La cuestión de los quince minutos, presenta entonces el claro déficit de no mencionar cuál es la longitud patrón y no incluir una tabla de conversión según las distintas longitudes posibles.Otros elementos variables no mensurados, se hallan representados por la frecuencia y magnitud de succión, elementos que obviamente deberían ponderar la longitud efectiva y, por ende, el tiempo unitario del acortamiento de vida. No existen datos de que hayan sido establecidos los respectivos coeficientes de ponderación. Quizás hayan sido soslayados a causa de la imposibilidad de contemplar la enorme dispersión que presenta la amplia gama de sistemas nerviosos de los fumadores. O tal vez haya incidido la dificultad de asignar con base cierta, los coeficientes correspondientes a los extremos, representados por el ansioso que pita como un escuerzo y el plácido que lo hace como si todos sus cigarrillos fuesen los del post-coito. Asimismo, cabe señalar que este coeficiente tampoco debería ser único e invariante para cada espécimen, pues el más elemental sentido común indica que si bien cada fumador responde a un patrón prevalente de succión, este comportamiento varía según el momento y la situación. Innegablemente, no es lo mismo fumarse uno con el jefe reclamando un trabajo atrasado, que hacerlo tirado panza arriba en una playa. No es lo mismo saliendo del cajero automático con el sueldo en el bolsillo, que unas horas después de haber pagado el alquiler, las expensas, los servicios, la tarjeta y el colegio de los chicos. No es lo mismo con una ninfa pidiendo el favor de una tregua, que preguntando si eso es todo. Huelga agregar ejemplos.Y es más, hilando fino, los que podríamos llamar coeficientes personales de ponderación, deberían a la vez afectarse de sub-coeficientes de calidad, que en los eventos aludidos genéricamente, deberían contemplar por caso, si la demora en terminar el trabajo reclamado es de un día, una semana o un mes, o si la playa está a ocho cuadras de una tapera que nos prestaron en Las Toninas o en el área privada del Mediterraneé de Itaparica. La variable indirecta para medir estos factores laterales de influencia, podría ser la presión arterial, aunque exigiría al fumador sumar un tensiómetro portátil al centímetro y la calculadora. Y, francamente, no parece adecuado andar midiéndose la presión frente a, por ejemplo, la amante desnuda desparramada en la cama. Además, para cuando se prenda el cigarrillo la medición ya podría estar distorsionada a causa del efecto causado por la mujer llamando al manicomio.Por otro lado, cualquiera se da cuenta de que no es lo mismo el efecto del trigésimo cigarrillo del día que alguno de los primeros. De modo que es erróneo asignar una medida constante para todo cigarrillo que se fume, en forma independiente de las condiciones precedentes al evento, es decir de la cantidad (n-1) disfrutada con anterioridad a su ocurrencia. Así que haría falta afectar los quince minutos de otro guarismo corrector, que sea función por ejemplo, de algún factorial o polinomio en grado (n-1). Como estas fórmulas revisten mayor complejidad, una calculadora resultaría insuficiente y el fumador debería sumar una laptop —o al menos una palmtop— a su equipo de medición y pronóstico.Lo cual nos lleva a pensar que andar por la calle teniendo que cargar un centímetro, una calculadora, un tensiómetro y una palmtop, generaría un stress adicional que indudablemente configuraría una nueva fuente de distorsión. Aunque tal vez causara una paradoja, sobre aquellos individuos que prefieran fumar menos, antes de tener que sacar a cada rato tanto aparataje y ponerse a hacer cuentas y mediciones. En fin, para calcular mal mejor no calculen nada.De todas maneras, por más que el cálculo fuese certero, todavía no me he referido a lo principal ¿De qué quince minutos estamos hablando? Uno podría asumir, que el tiempo quitado por la cadena de quince minutos por cigarrillo, está lleno de opíparas comidas, alegres fiestas familiares, viajes soñados, magníficas funciones de cine, música y teatro, apacibles caminatas bajo el sol del parque e inclusive partidos de tenis y algún que otro escarceo amoroso. Uno podría asumirlo, siempre y cuando no contemple la posibilidad de que cada cigarrillo nos libere en realidad, de quince minutos en el geriátrico donde nos depositaron los hijos, en la ventana mirando pasar la vida desde una silla de ruedas, en las manos de una enfermera malhumorada cambiándonos los pañales o en la interminable añoranza de los años en que al menos, nos podíamos fumar un cigarrillo.

martes 1 de septiembre de 2009

¿Para qué sirve desvelarse...

…y caerse de la cama un lunes a la mañana? Para pensar boludeces depresivas, para empezar a fumar antes de lo debido, para escribir gansadas peripatéticas, para estar muerto de sueño en el laburo a la hora de la siesta, pero también para irse a desayunar al único bar abierto tan temprano, encontrar libres todos los diarios, poder leerlos con tiempo y encontrarse en uno de ellos con la editorial de Aliverti que desasna a la gilada, y mucho, acerca de la Ley de Radiodifusión (www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-130901-2009-08-31.html), y una golosina riquísima de Sasturain (www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2009-08-31.html)
De nada, que les aproveche.

miércoles 5 de agosto de 2009

Basta de tomar los libros por breviarios

Vi la película “Hace mucho que te quiero” (Il y a longtemps que je t´aime), magistral, la dirección y guión de Philippe Claudel es de lo mejor, una actuación soberbia de Kristin Scott Thomas (yo la tengo desde 1995, estuvo notable en la película inglesa “Ricardo III” con Ian McKellen, otro peliculón, la expresividad de esta mujer es increíble), una trama de una intensidad dramática que va creciendo con una consistencia impecable, a la par de que uno puede pensar y viajar a lugares propios con casi todos los diálogos, y lo mejor, sin distraerse de ese argumento tan atrapante, en fin, es una película a la que no le falta ni le sobra nada, es tan buena que, influido por tanta exquisitez, hasta también me pareció buena y llegó a emocionarme la letra de la canción que pasan junto a los títulos del final, una que se llama “Dis quand reviendras-tu”, que separada del momento es una porquería, una muestra, un verso dice “Para nuestros corazones rotos es el último naufragio”, qué se yo, ni el peor Palito Ortega, una pena.
Pero volviendo a un guión que tanto me gustó, me he quedado con un parlamento puesto en boca de la hermana de la protagonista (una mina que en la peli da clases de letras), muy emparentado con la literatura, pero más con la vida personal de las gentes a las que nos gusta la literatura, particularmente por la tentación que sentimos a veces de extrapolar más allá del arte los contenidos de una obra literaria que nos haya impactado. A raíz de que un alumno le presenta un, supongo ensayo, tras una breve discusión acerca de Dostoievski, el alumno le dice: “Parece que inicialmente quería presentar a un alma, dar al lector una radiografía íntima y universal del asesino” y la mina, está bien que influida por las circunstancias que vive, replica: “Estás diciendo tonterías, ¿qué sabes tú? ¿Qué sabes del asesinato y del asesino? ¿Qué sabía Dostoievski? ¿Qué sabía Dostoievski del asesinato? Nada, nada de nada. Las obras maestras no son más que hipótesis, construcciones simplistas que no pueden compararse con la vida, ¿entendido? Basta de tomar los libros por breviarios. Así no dirás imbecilidades.”
BASTA DE TOMAR LOS LIBROS POR BREVIARIOS, eso me gustó escuchar y ojo, no me contradigo con lo que he dicho algunas líneas más arriba, aquello de viajar a lugares propios disparado por una obra artística, puesto que la misma haga pensar es una de las condiciones, obvio no la única, para que sea arte y no cualquier otra verdura. Que haga pensar sí, pero con pensamiento propio, eso es lo que quiero decir.
Medio relacionado con todo esto, ayer leímos en el taller de Julio Diaco un cuento de la última época de Saer (“La tardecita”, del libro “Lugar”, año 2000) que en un fragmento dice : “…hay que reconocer que casi todas las grandes iluminaciones, exaltaciones, conversiones o revelaciones de los tiempos modernos provienen de la lectura. Pareciera ser que, en el estado actual de nuestra especie, siempre es necesario que lo poco que nos pasa de esencial le haya pasado primero a algún otro, de manera que sólo comparativamente podemos llegar a sentirnos, gracias a una lucidez pasajera, y muy de tanto en tanto, con fugacidad fragmentaria, lo que creemos ser o lo que tal vez somos”. Bueno, en mi opinión no debiera ser así.
Mucho más acomodado a lo que creo es este otro fragmento del mismo cuento: “Existe siempre durante el acto de leer un momento, intenso y plácido a la vez, en el que la lectura se trasciende a sí misma, y en el que, por distintos caminos, el lector, descubriéndose en lo que lee, abandona el libro y se queda absorto en la parte ignorada de su propio ser que la lectura le ha revelado: desde cualquier punto, próximo o remoto, del tiempo o del espacio, lo escrito llega para avivar la llamita oculta de algo que, sin él saberlo tal vez, ardía ya en el lector”. Igual, le cambiaría que la lectura es la que ha revelado la parte ignorada del propio ser, mucho mejor es lo último, que la lectura llega para avivar lo que ya ardía.

martes 28 de julio de 2009

Los teléfonos públicos...


...de Buenos Aires (los que quedan, porque no sé si se han dado cuenta de que los están sacando) son un modelo de objetos que se han convertido en una cosa muy diferente con respecto al propósito para el que fueron originalmente concebidos. En efecto, pensados y diseñados para realizar llamadas telefónicas (de allí que se llamen teléfonos) por cualquier persona (de allí que se llamen públicos), han mudado a “porta volantes de avisos de prostitutas”, lo cual no tendría nada de malo en tanto y en cuanto configurara esto una función adicional al estipendio de mujeres que trabajan y así se ganan honradamente la vida, pero, y acá viene la cuestión, muy lindos los teléfonos públicos adornados de volantes como si fueran arbolitos de Navidad, la macana es que son sólo eso y nada más que eso, porque para encontrar un teléfono público que, primero tenga tono, después no se trague las monedas, luego permita discar, posteriormente llame, a continuación no se corte cuando del otro lado atienden, o sea que, al cabo, te deje hablar por teléfono, hay que tener más suerte que pegar un Loto multipaloverde, de manera que, finalmente, lo que en principio pareciera la optimización de su función original merced al valor agregado de disponer de un variado menú de exuberantes, golosas, calientes, mimosas, etc., etc., en el mismo sitio que el artefacto para contratarlas, es nada más que un artefacto inútil jodiendo el paso en la vereda, demasiado grande y estrafalario para ser solamente un portavolante, función para la que alcanzarían (y sobrarían), atención Telefónica y Telecom si es que quieren seguir apoyando la laboriosa tarea de numerosas trabajadoras argentinas, adminículos más pequeños y estéticos que en este momento no se me ocurren cómo podrían ser, así que queda abierto un buzón de sugerencias.

Fotografía: María Celina Bertero