viernes, 30 de octubre de 2015



Palmetto ladrón


Juan Palmetto, vecino de La Partenal y concejal por el oficialismo, contaba a quien le oyese que gracias al fenomenal crecimiento de las ventas en su tiendita, al fin había podido regalarse algunos lujos.
Por ese mismo tiempo, en el local abandonado de una antigua farmacia del barrio, aparecieron unas pintadas en su contra. “Palmetto ladrón” decía en grandes y desparejas letras coloradas, sobre las oxidadas cortinas metálicas de la puerta del frente y los ventanales laterales.
El negocio había cerrado definitivamente un par de años atrás luego del fallecimiento de Don Blas, su único dueño por casi cincuenta años. El deceso ocurrió tras un altercado durante una visita que hiciera Juan Palmetto. La discusión fue muy acalorada, algunos testigos refieren que Don Blas llegó a blandir amenazadoramente la cabeza alfileteada de Geniol.
El diablo le había dado unos cuantos sobrinos al farmaceútico, ninguno afecto por la venta de medicamentos, todos ávidos de lo que pudiera resultar de la liquidación de la farmacia. Los desacuerdos que siempre se producen en estos casos, hicieron que la cuestión se fuese dilatando y el local continuara cerrado y en franco deterioro.
Las cortinas metálicas habían sido otras veces blanco de pintadas, en general con leyendas más inocentes como “El bicho se la banca”, “Platense botón” o “Maricarmen se la come”. Los “Palmetto ladrón” de esta vez le resultaban al concejal una ofensa difícil de digerir. Un ramalazo de furia lo cruzaba cada vez que pasaba frente a la esquina de la farmacia. Finalmente se decidió y contrató un pintor para que tapase las inscripciones.
Cuando el hombre estaba en plena tarea se hizo presente uno de los herederos de Don Blas y armó un escándalo porque no habían pedido permiso a nadie de la familia. Impuesto de la situación, Palmetto llegó a un arreglo con los ocho parientes que se fueron dando cita. A la tardecita, y pese al impensado desembolso, un satisfecho Juan Palmetto observaba la última pincelada que acababa con la afrenta.
Le duró solamente esa noche. A la mañana siguiente, con un rojo más brillante y en letras de mayor tamaño, las cortinas metálicas lucían de nuevo los “Palmetto ladrón”.
La cólera enturbió sus pensamientos y lo único que se le ocurrió, para beneplácito del pintor y el de la pinturería, fue insistir en taparlos.
Al otro día las pintadas habían reaparecido. Loco de rabia, Palmetto contrató a dos guardias privados para que vigilaran durante la noche. Los tipos no tomaron la cosa muy en serio y dormitaron todo el tiempo sentados en la vereda. Por la mañana el concejal los despertó enardecido, mostrándoles las gruesas letras rojas de los “Palmetto ladrón”.
Contrató por el doble a otros mejor recomendados y los conminó a que cumpliesen su trabajo con verdadera profesionalidad. Al amanecer, estaban de nuevo las pintadas sobre las cortinas metálicas. Los hombres juraban que nadie se había acercado al frente de la farmacia.
Dejálos viejo que se mueran en su propio veneno, le aconsejó Doña Josefina a su marido, no vale la pena seguir gastando plata. Solamente logró enojarlo más. No entiendo cómo podés ser tan burra, le gritó, mejor calláte y seguí rascándote el higo tranquila.
A la noche siguiente, una nueva pareja de guardias no se permitió siquiera un parpadeo. Al otro día, pasmados y temerosos, en un tartamudeo apenas entendible, le relataron a Palmetto que cerca de las seis las leyendas habían brotado ante sus ojos, sin que absolutamente nadie interviniese.
El concejal despidió a los vigías sin más y él mismo, armado de una escopeta de cartuchos y un termo de café, se dispuso a montar custodia frente a las cortinas metálicas vueltas a repintar.
La primer noche lo atribuyó a las gotas que contenía el café, tras la segunda consultó a un médico de confianza, a la tercera la emprendió a tiros contra los “Palmetto ladrón” y violentó la puerta del frente buscando al responsable en el interior. Solamente se encontró con decenas de lauchas.
Debió comparecer ante la comisaría y el Juzgado de Faltas, recibió reprimendas en el Concejo Deliberante y tuvo que afrontar los resarcimientos por daños a los sobrinos de Don Blas, que a esa altura sumaban veintitrés.
Se las agarró con el pintor, acusándolo de que seguramente en contubernio con algún paraguayo de mierda igual que él, hacían aparecer las pintadas para seguir trabajando. Asesorado por un abogado de por ahí, el pintor le inició una demanda por discriminación y xenofobia, más otra laboral por falta de una contratación en regla.
Palmetto se obsesionó con librarse de las rebeldes pintadas de vida propia y continuó intentando de todo. Contrató a pintores de toda laya y nacionalidad, quitó las cortinas metálicas y tapió las aberturas, finalmente cubrió todo el frente con una empalizada. No le importó que cada acción le demandara pedidos de permiso y consecuentes pagos a los treinta y cinco herederos.
Todo en vano, en el metal, el ladrillo o la madera, el alma de la farmacia seguía escribiendo “Palmetto ladrón” día tras día. La desesperación del edil arreciaba, no dormía bien, apenas probaba bocado y sus nervios lo hacían estallar por cualquier estupidez.
Una tardecita rumbeó a lo de una bruja que atendía en Villa Fiorito. Cumpliendo las instrucciones recibidas, llevaba consigo una bolsita llena con rayaduras de las pintadas, un terrón de la tumba de Don Blas y un frasquito con la primer orina de la mañana.
La mujer hizo lo suyo ceremoniosamente. Palmetto regresó a La Partenal muy esperanzado y durmió tranquilamente hasta pasadas las diez.
A las once y cinco estaba emprendiéndolas a patadas contra la puerta de la casilla donde vivía la bruja. No sabiendo con qué defenderse, a la hechicera se le ocurrió decir que sus encantamientos solamente fallaban cuando eran sobrevolados por las energías negativas de una esposa infiel.
A la pobre Doña Josefina la sacaron entre tres policías de las manos de Palmetto. El divorcio le costó la casa, la tienda y el auto, el departamento de Mar del Plata, la quinta y casi toda lo depositado en una cuenta de EEUU.
Palmetto acabó por perder la poca dósis de cordura que le quedaba y un domingo, muy temprano, fue hasta el corralón municipal y salió armardo con una topadora de las grandes.
La vieja construcción no opuso mucha resistencia y la policía tardó demasiado en llegar. El local quedó casi reducido a escombros. Poco ducho en estas lides, una viga del techo lo mandó al hospital. Pese a las graves heridas, Palmetto reía a carcajadas.
Seis meses después tuvo que afrontar la destitución en el Concejo, las cuantiosas demandas de los herederos y una temporada en la cárcel. Quebrado, preso, sin mujer y sin medios, nada velaba su satisfacción. Las paredes del calabozo lo vieron caminar con aires de triunfo y una imborrable sonrisa de oreja a oreja.
Ni bien obtuvo la libertad, Juan Palmetto dirigió sus pasos hacia las ruinas del establecimiento, dispuesto a solazarse con la visión de su victoria definitiva.

El ex-concejal reside actualmente en un manicomio de Córdoba. Los herederos de Don Blas todavía no se han puesto de acuerdo sobre cómo repartir la herencia. En el terreno de la otrora farmacia, sobre los restos de una parecita que permaneció milagrosamente enhiesta, aunque ya medio difuso y descolorido, sigue diciendo “Palmetto ladrón”.
Y más abajo, surgido como al descuido, con caritas sonrientes en el interior de cada o, puede leerse: “...y pelotudo”.

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