viernes, 3 de abril de 2015

Viernes Santo

Estaba tranquilo, apenas eran las once y ya tenía mi lugar en la cola del puesto de pescados de la feria, con tiempo suficiente para comprar un par de filets de merluza y hacérmelos a la romana para el mediodía, con eso y una lata de sardinas con cebolla para la noche chau picho, calculaba, cumplido el hombre con no comer carne en viernes santo. Lejos los tiempos de paella, pulpo a la gallega o chupín de congrio, todavía tengo para comer, pensaba para consolarme, peor están los pescados me dije, mirá si no esa boga con cara de yo estaba nadando lo más pancha y por culpa de no ser chancho, tener que aguantar que me coma esta gorda angurrienta que me revisa como si supiera de pescados, pensé yo que la boga hubiera pensado, aunque seguro la boga le hubiera visto cara de chancha, o se la hubiera visto cuando andaba vivita y coleando me corregí para mis adentros, y no ahora así toda congelada la pobrecita, aunque enseguida me corregí de nuevo, porque si esta gorda se hubiese subido a un bote para mirar a una boga viva seguro lo hundía, un botecito sí me cuestioné, porque la gorda estaba comprando langostinos, así que al marido debía darle como para una lancha capaz de aguantar semejante peso, aunque si el marido tenía una lancha, seguro que era para usarla con un fato y no con este bagayo con cara de boga, pensé yo que la boga hubiera pensado, aunque seguro la boga le hubiera visto cara de chancha, o se la hubiera visto cuando andaba vivita y coleando. La cuestión es que pensando, pensando, una menos en la cola me alivié viéndome más cerca del mostrador, a ver esta qué compra, me entretuve con la siguiente, vieyras pidió la agrandada, ¿vieyras?, de qué se la da esta, me calenté diciéndome que ahora compraba vieyras y que en lo que quedaba de abril iba a tener que comer cogote, ¡vieyras!, y en su cáscara, en su valva, en su concha, me distraje con lo rica que estaba la mocosa a la que le tocó después, jamón, jamón, bah, filé, filé, en realidad fue lo que me vino a la mente, decí que era viernes santo que si no, me dije evitándome un seguro fracaso mientras oía que aquel angelito del pecado pedía pejerreyecitos enteros, muy lindos los pejerreyecitos pensé, bien presentados con su colita y su cabecita pero a la hora de comer, pura piel y espinas, seguro esta turrita se los va a cocinar al novio, no sé para qué, me enojé, porque en lo único que el guacho iba a estar pensando sería en terminar de comer rápido esa porquería quemada que iba a salirle a la sirenita y apretársela de una vez por más viernes santo que fuese, bueno listo, me alegré cuando ví más cercano mi turno porque le tocó al que estaba delante de mí, pulpo quería el quía, ¿chileno o español?, ¿cuál me recomienda?, y...depende de su bolsillo, se enredó meta y ponga con el puestero, ¿qué esperaba ese nabo que le dijeran?, más bien que le terminó encajando el español, tuve ganas de decirle que mejor fuese al super de la vuelta a comprarse una lata de la caballa en oferta, que seguro a la patrona una empanada gallega no le iba a salir mal.
Entre pitos y flautas por fin me tocó y justo se armó el batifondo, dos filets grandes sin espinas, me comí como un duque la mirada de asco del puestero, ¿qué querés, que te pida langosta?, tuve ganas de decirle pero me aguanté, yo tranquilito hasta no va que llega una mujer con una bolsa de calamares, mire lo que me vendió, están todos pasados, que digo pasados, podridos están, mire, mire, le gritaba a más no poder, y va que saca los calamares que la verdad, una baranda que mama mía, y como el puestero ponía cara de cómo me ofende así, a la mujer no se le ocurre mejor idea que querer ponerme de testigo y hacermelos oler, huela y diga usted si no, justo a mí que soy tan delicado de estómago, la cuestión es que casi me estampa los calamares en la jeta y terminé vomitando la pascualina de la noche encima de la bacha con los cornalitos, pobres bichos, quedaron hechos un estropicio, cualquier despistado que justo hubiese pasado seguro pensaba que ya estaban hechos a la provenzal, aunque no creo, porque entre la inumndicia del calamar y los cornalitos a la bilis de pascualina, la pescadería era una peste, o casi, porque una peste completa fue cuando los calamares fueron a parar al piso y patinosos como son, cuando los pisé me caí de traste junto con la bacha de los camarones y la de los berberechos, de las que me quise agarrar para no perder pie y para colmo, a la mujer de los calamares se ve que le dí lástima por habérmelos hecho oler, porque trató de sujetarme y lo único que consiguió fue ir al piso ella también, pero no sola, sino que arrastró a otro cliente que se conoce venía de pasar por el almacén, porque en la bolsa llevaba leche, huevos y aceite, que con cliente y todo también se desparramaron y empezaron a batirse con los mariscos, los cornalitos y el vómito, una tortilla asquerosa y todo el mundo a las carcajadas, menos el puestero que con los ojos abiertos como dos huevos de pascua de los grandes, gritaba como un desaforado y decía que teníamos que pagarle por toda la mercadería arruinada y la mujer tirándole a la cara los calamares podridos y el cliente del almacén revisando a ver si algún huevo se había salvado y agarrándoselas conmigo, igual que una viejita, seguro de esas a las que el puestero les regala las cabezas y los espinazos para hacer caldo, que me decía que eso pasaba por tomar tan temprano.
Hacía rato que el comisario me venía apurando de malas maneras, para que acabase con mi declaración de una buena vez, es más, cuando me quedé mudo viendo como dos agentes salían de un cuartito, arrastrando de los pelos a un tipo con la cara llena de moretones, pegó un puñetazo sobre la mesa y a los gritos me dijo que me concentrara y dejase de andar husmeando en lo que no me importaba, que bastante delicada era mi situación como para meterme en asuntos ajenos, así que cuando terminé de contar lo que había pasado, resopló como si recién se hubiera sacado los borceguíes, le preguntó al sumariante si había escrito todo y el sumariante, haciéndose el interesante, sacó la hoja de la Olivetti y sin decir nada se la alcanzó haciendo una reverencia que casi se cae de cabeza. El milico apenas si revisó el papel y me lo pasó, ordenando que lo leyera rápido y firmase, pero resulta que en la hoja no estaba escrito nada de lo que yo había dicho, sino que me comprometía a pagarle al de la pescadería tres kilos de berberechos, siete de cornalitos y cuatro de camarones, más un surubí entero que la verdad yo nunca había visto en el desparramo. Cuando estaba por protestar porque bien sabía que para pagar eso iba a tener que sacar un crédito, el comisario me dijo que bastante barato la había sacado y que le metiera porque se le enfriaba la pizza, abrió una caja grasienta que hacía un rato le había dejado un agente sobre el escritorio, ¡y para qué!, pegó un alarido como si adentro hubiese habido un stronzo, entró el agente pizzero y se ligó un sermón bestial, que del todo no me lo acuerdo bien pero que en lo principal lo trató de hereje malnacido, cómo va a traer pizza con jamón cuando estamos en vigilia, no le dije yo de mejillones y ananá, y muerto de miedo el canita le contestó que él la había pedido así, pero que el tano de la pizzería había contestado que pizzas así raras no hacía y que demasiado para ser de garrón, cállese antes de que lo meta en el calabozo le gritoneó el comisario antes de sacarlo carpiendo y ponerse a escarbar en la pizza para arrancarle todas las fetas de jamón que encontró, no convido porque tenemos prohibido gastar fondos públicos con los demorados, se disculpó con la boca llena mientras se manducaba media porción por cada mordiscón. Cuando a ese ritmo ya iba por media pizza, paró para empujarse el último bocado con un trago que empinó de una botella de Coca pero que no tenía Coca, y ahí se enojó más, porque a puro bramido me dijo que si no veía lo ocupado que estaba, que dejase de mirarlo como un mamerto y firmase de una vez, así que yo firmé y listo, no fuera cosa que me agregaran más mariscos a la cuenta, entonces el comisario se quedó satisfecho y hasta me había pasado la mano para despedirse, aunque antes de que yo pudiese agarrarla, el tipo la retiró con cara de espanto, se metió cuatro dedos en la boca, los sacó con un cachito de jamón que se ve había quedado escondido en la pizza y de un tinclazo se la embocó al General San Martín en la charretera, todo mientras con la otra mano se hacía señales de la cruz una atrás de la otra.
Pensando en como iba a hacer para pagar, salí de la comisaría y me fui derecho a casa. Se habían hecho más de las dos de la tarde y tenía un hambre de novela, así que sin dar muchas vueltas, rescaté del congelador una costeleta y me la comí con dos huevos fritos, un felipe que había sobrado de la noche y media caja de blanco, que me tumbó en una siesta que mejor no la hubiera hecho, porque me la pasé soñando con un pescado de más de dos metros, pálido como una vieja de agua, que se me abalanzaba parado sobre la cola, pero nunca me agarraba, porque antes de que pudiera llegar hasta donde estaba las aletas se le transformaban en brazos y a las brazos le crecían manos, sobre las que de golpe me encontraba clavándoselas a una cruz, mientras al lado, el comisario se lavaba las manos y el puestero de la pescadería remojaba una esponja en vinagre. Así que ni bien me desperté —encima con una acidez bárbara— me vestí y rumbeé para la parroquia. Como el frente estaba en reparación, para entrar tuve que pasar por el refectorio y aunque ya casi eran las cinco, todavía no habían levantado los restos de una fuente con besugo a la vasca que seguro, pensé, había sido el almuerzo del cura de guardia. Salvo por tres viejas que estaban rezando un rosario en el frente, cerca del altar, la iglesia estaba vacía. Me acerqué al confesionario y aunque no había mucha luz, adentro descubrí durmiendo a una sotana marrón, de la que brotaba una perfecta pelada franciscana. Me arrodillé en el reclinatorio de la derecha y le pegué dos suaves golpes a la ventanita; recién cuando a la cuarta vez sacudí la ventanita de tres trompazos, escuché que la sotana se movía. La ventanita se abrió y junto al ave maría purísima recibí un eructo con el que me dí cuenta que la había pifiado, que en realidad el menú había sido bacalao a la vizcaína y no besugo a la vasca como había creído, y que además lo habían regado como para que el animalito no extrañara la humedad. Le respondí el sin pecado concebida tapándome la nariz y, para terminar rápido, enseguida confesé que había comido carne, por comisión o por omisión preguntó la sotana y en el apuro contesté que debió haber sido por comisión porque a la costeleta me la había comido toda, así que sin mucho más trámite la sotana me despachó con una penitencia de veinticinco padresnuestros, cincuenta avemarías, diez credos y no sé cuantos pésames, que con tal de no soñar más con el pescado crucificado me puse a rezar ahí mismo, pero me confundía con el rosario de las viejas y perdía la cuenta a cada rato, así que para cuando terminé, calculo que debo haber cumplido para varias pascuas con asado. Cuando salí, la iglesia empezaba a llenarse para el vía crucis. Se había hecho de noche.
Acabé el viernes santo mirando la tele, primero un partido de fútbol americano de los Delfines de Miami, después, un documental sobre los salmones que remontan el río para poner los huevos y, al final, recetas de vigilia en el canal de cocina, gastando el tiempo para que se hiciera sábado de gloria y poder comer con libertad, porque la verdad, de pescado no quería saber más nada. Para mi desgracia, a las doce en punto descubrí que la costeleta del almuerzo había sido la última, y que en la casa ni siquiera tenía una latita de paté de foie, así que no tuve más remedio que darle a las sardinas. Y sin cebolla, porque entre tantas idas y vueltas, ni por la verdulería había pasado. Para colmo tampoco pude dormir bien, porque aunque no volví a soñarme clavando en la cruz a la vieja del agua gigante, me la pasé toda la noche terminando de comer los pejerreyecitos en la casa de la mocosa de la pescadería, pero cada vez que enfilaba para el dormitorio se me aparecía la sotana cerrándome el paso y repitiendo espíritu santo, espíritu santo, y que dejara nomás, que él se iba a encargar.

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