lunes, 1 de septiembre de 2008

El cuento que leí en La Castorera

Arístides, el viento y los paraísos
por Emilio Bertero

Arístides encontró en el monte los cuatro árboles que le darían la madera para su ataúd. Eran unos retoños de paraíso ordinario, perdidos donde no debían, los paraísos, y él también, porque allí el diablo mandó al viento a que le hablara.
Por entonces ya era viejo, pero aguantó los años que hicieron falta para que los árboles dieran madera que sirviese. Aunque también es cierto que los paraísos pusieron algo de sí.
Algunos en el pueblo, quizás los más sabios, dijeron que crecer con semejante rapidez, sólo podía deberse al agua de la vertiente, porque todos los días Arístides montaba a la yegua y llenaba la mañana yendo a cargar cuatro vejigas enteras nada más que para los paraísos. Otros, los que conocían más de árboles y de hombres, lo atribuyeron a los diálogos que al oscurecer sostenían con su dueño. Unos pocos, los más clementes, a los pedacitos de cinta azul atados a los tallos, la misma cinta que Mercedes llevaba al pelo la noche que abandonó a su marido.
Todos, hasta el comisario, se habían explicado así la repentina desaparición de la mujer. Es que nadie supo jamás que el viento había hablado a Arístides precisamente ese día. Es lo mejor para él, se dijeron, por fin dejaría de sufrir las humillaciones del desamor.
Lo cierto es que los árboles se apresuraron a engrosar sus troncos, porque se habían encariñado con el hombre y sabían —ellos también habían escuchado al viento— que no tenían mucho tiempo. Él los quería con la misma intensidad, cuando llegó el momento, una noche en la que el viento se hizo aliado de la oscuridad, a cada hachazo se detenía y les acariciaba con ternura las heridas sangrantes.
Los troncos astillados gimieron un graznido seco, las ramas llenas de verde nuevo sisearon como látigos y, uno tras otro, los paraísos se derrumbaron lanzando la voz de su muerte. Al caer el último, Arístides musitó una plegaria breve y sin lágrimas visibles.
Sin dilaciones ahora, el machete se movió experto y en un santiamén las copas se vieron separadas de sus troncos. El hombre, aún fuerte pese a su edad, los arrastró hasta el galpón y con una vieja sierra batalló con la madera, demasiado húmeda para ser cortada, hasta lograr las tablas con las que construyó la caja.
Todavía era noche cerrada cuando ató la matunga al carro y cargó en él su mortaja de paraíso. Una semana atrás había abierto una fosa perdida en el monte, donde nadie podría hallarla, justo donde había encontrado a los cuatro árboles.
La vegetación se cerró y ya no pudo seguir con el carro, se despidió del animal con una breve caricia y, para ahorrarle los dolores de un caballo viejo sin dueño, le hundió un cuchillo en el pecho. Sin mirar atrás, sólo con el viento alentando su esfuerzo, continuó con el féretro sobre sus espaldas.
Un montículo de tierra a la orilla del hoyo, señalaba el lugar; al llegar, lo primero que hizo fue verificar el sistema que había ideado, uno tan sencillo como eficaz. Enseguida bajó el cajón, saltó dentro y se acostó cubierto con la tapa que había dejado a mano en el borde.
Sin dudar, hacía años que venía viviéndolo, accionó el mecanismo que derrumbaba la parva de tierra y lo enterraba vivo. Arístides cerró los ojos y, en la alucinación del ahogo, vio a Mercedes abriéndole los brazos, mientras los últimos terrones sellaban su tumba, escuchó a Mercedes decirle que lo amaba.
El viento silbó con fuerza.

3 comentarios:

Carlos dijo...

Ta bueno el cuento y el blog.
Buena idea y veo que poco a poco te estas reconciliando con la tecnologia.
Como decian las maestras: "sigue asi que progresaras en la vida!"

Anónimo dijo...

¡Muy buen cuento, Bertereo!
Lo felicito por cuento y blog.
Me gustaría leer algo más de usté
Un abrazo grande de alguien que lo envidia mucho por su decisión literaria (la mía está frustrada por ahora, pero latente)
Juampi

Gustavo dijo...

Muy bueno Emilio. Sinceramente te felicito por tu forma tan expresiva de escribir.