domingo, 15 de enero de 2012

El colado, un cuento mío

Es viejo, del 2001, pero tuve ganas de subirlo cuando leí hoy en Clarín una nota de gente que se especializa em colarse a eventos (http://www.clarin.com/ciudades/Codigos-tacticas-Confusas-expertos-fiestas_0_628137307.html)

EL COLADO

Los inicios
La primera vez fue por accidente. Aquella tarde busqué refugio de una tormenta en la galería de un pequeño teatro. Esperando a que parara la lluvia, me entretuve leyendo el cartel sobre un atril a la entrada, que anunciaba para las 16:00 una conferencia sobre ya no me acuerdo qué. Miré la hora, eran las cuatro y media pasadas. No había podido almorzar y el mal tiempo me estimulaba el apetito. Un aroma a café provino del hall del teatrito cuando uno que llegaba con retraso, transpuso las puertas batientes que franqueaban la entrada. Ingresé tras él. Un gordo de traje negro se nos acercó enseguida. Con amabilidad, nos dijo:
—Para entrar van a tener que esperar al primer receso, es en quince minutos, sepan disculpar pero el licenciado pidió expresamente que no hubiese interrupciones en medio de su disertación —Y señalando hacia una mesa redonda ubicada a su derecha:
—Si gustan pueden tomar café y comer alguna masita. —Bingo. El café era bueno y las masitas deliciosas, yo me ensañé con las bombas de crema y los arrollados de dulce de leche. El otro en cambio, muy contrariado, rechazó el ofrecimiento de mala manera y se puso a dar vueltas por el hall. El gordo, compungido ante la actitud de mi compañero, me susurró:
—Yo no tengo la culpa, son órdenes del licenciado, vio como es esta gente.
—No se preocupe, yo lo entiendo perfectamente —me vi obligado a consolar después de empujar un alfajor de maizena con el último trago de café que me quedaba. Contento y solícito, el gordo tomó la jarra térmica y volvió a llenarme el pocillo.
Al producirse el receso, unas señoritas ataviadas con elegantes trajecitos lila repusieron café y masas y agregaron a la mesa triples de miga y gaseosas. Los asistentes a la conferencia inundaron el hall, aunque se mostraron reticentes a consumir, unos pocos se acercaban a la mesa y con cierta vergüenza, comían algún que otro sandwichito. Ante tan escasa competencia, me di una panzada. Cuando anunciaron el fin de receso, aproveché el tránsito que se produjo en el hall y escapé a la calle.
La segunda vez no me fue tan bien. Mi inexperiencia hizo que no caracterizara bien la calidad de la conferencia. Todo fue más pobre, no había nada de comer y, para beber, solamente café aguado y jugo, de esos instantáneos que se hacen con polvitos que huelen a caramelos Sugus. Para colmo, una mina se empecinó en querer levantarme así que cuando hubo que reingresar a la sala, la tenía pegoteada, no me pude escabullir y tuve que soportar casi dos horas de filminas con un plomo usándolas para explicar "El comportamiento tribal en nuestros días", tal el tema de la conferencia, una de las inolvidables a las que asistí, aunque por motivos opuestos a los de muchas otras que vinieron después.

Un gran éxito
Para la siguiente oportunidad me informé con anticipación y, enterado de los detalles, subí la apuesta. Era preciso tener invitación, lo cual suponía un obstáculo difícil de sortear, pero como atractiva contrapartida, luego del acto de apertura los organizadores agasajaban a los participantes con un almuerzo en un famoso restaurante, uno de los más caros de la ciudad. El día previsto me vestí con un ambo rescatado de mejores tiempos y llegué al sitio —el auditorio de un colegio profesional— con suficiente antelación para observar el procedimiento con que controlaban las registraciones y estudiar la manera de burlarlo. Salí del edificio y regresé justo sobre la hora, cargado con una docena de carpetas baratas que compré en una librería cercana. Antes de entrar, me revolví los pelos y desaliñé la corbata. La conferencia era en el primer piso; descartando el ascensor, subí las escaleras salvando de a dos los peldaños y, cuando llegué al escritorio de la recepcionista, simulé un tropezón y, haciendo caer mis carpetas, derramé una jarra con agua que había sobre la mesa. En medio de la confusión que se creó y, mientras la recepcionista intentaba ordenar el chiquero en que se habían transformado sus papeles, no me resultó difícil apoderarme de una de las acreditaciones, mi salvoconducto al almuerzo. Tenía todo tan bien calculado que inclusive rescaté mis carpetas (pensé que podían servirme en otra ocasión) y hasta me llevé el kit que se entregaba a los invitados: una coqueta carpeta con hojas en blanco para tomar apuntes, un bolígrafo con capuchón plateado y el pin identificatorio. Me acomodé el pin en la solapa, abroché la acreditación sobre el bolsillo del saco y, entremezclado entre serios y apurados asistentes, ingresé al salón de actos y me instalé en una de las últimas butacas. El corazón me latía con fuerza y, temiendo ser descubierto, estuve un buen rato vigilando la entrada por el rabillo del ojo. Cuando se apagaron las luces de ambiente y dio comienzo el acto, suspiré aliviado. Soporté estoico cuatro almibarados discursos de otros tantos carcamanes que, con envidiable espíritu olímpico, compitieron en frases hechas y lugares comunes para ver quien halagaba más y mejor a sus colegas presentes. La intensidad de los aplausos cuando acabó el último de los cuatro, mostraron claramente que el auditorio saludaba con la misma euforia que yo, el final de las insoportables peroratas de apertura. Salimos a la calle; una docena de combis nos aguardaba para el traslado al restaurante. En cada una, choferes con caras aburridas controlaban descuidadamente que cada uno de los que ascendíamos llevara la correspondiente acreditación. Los camareros que nos recibieron en la puerta del restaurante, aplicaron el mismo mecanismo de verificación. Era evidente que para mi fortuna, choferes y camareros habían recibido la orden de ser discretos, orden que con presteza ellos habían adaptado a no dar mucha bolilla al control.
— ¿De qué organismo viene usted?
La pregunta me la hizo mi compañero de asiento durante el traslado, un muchacho al que, para mi desgracia, seguro que la mamá y el papá debieron haberle enseñado reglas de urbanidad. No obstante, sorteé fácil el inconveniente.
—Ninguno, yo soy consultor individual —le respondí seco, repitiendo lo que había escuchado de un pelado con aspecto de tísico, mientras estaba en el salón durante los prolegómenos a los discursos.
—Ah, qué bien —contestó el educado.
Me dio ganas de torturarlo y preguntarle que por qué estaba bien, pero preferí ser prudente y, como me lo había propuesto, mantenerme lo más callado posible. Aproveché su turbación y me quedé mirando por la ventanilla sin prestarle más atención. Cuando llegamos, el muchacho respondió a su índole y me cedió el paso con gentileza.
Una vez adentro del resturante, me aparté en un rincón para observar el panorama con comodidad. En un amplio sector al fondo del local, habían dispuesto varias mesas redondas con capacidad para unos ocho comensales cada una. No había previsto la alternativa de que hubiera sitios preasignados, eso recién se me ocurrió cuando vi las mesas y me cagué todo. Pero no, no había sitios preasignados.
Tenía claro que mi presencia cerca de los conspicuos resultaría sospechosa, así que prudente elegí una de las mesas apartadas. Cuando ocupé mi asiento, aparecieron dos problemas: el primero, que inmediatamente después se sentó a la misma mesa el pendejo de la combi y el segundo, la cantidad de tenedores, cucharas y cuchillos a los lados de mi plato. Un problema resolvió al otro: el pibito bien se sabía de pé a pá sus lecciones de ceremonial, así que sólo tuve que imitarlo en todo lo que él hacía. Decidí agradecerle dirigiéndole la palabra. Además, no podía permanecer con la boca cerrada durante todo el almuerzo y me pareció que el chico instruido sería una pantalla poco riesgosa.
— ¿Conoce el menú? —le pregunté.
—No tengo idea y en realidad no me preocupa. Estoy tan ansioso de escuchar la disertación del arquitecto Gómez Cabout, que para mí este almuerzo es una pérdida de tiempo —me respondió en voz baja, como si deseara no ser escuchado por el resto de los comensales. Pensé que no estaba mal que me viera como a un cómplice.
—Lo mismo me sucede a mí —repliqué en el mismo tono.
—Gabriel García Perezutti —dijo tendiendo su mano. No pude repimir una sonrisa, los García que quieren trepar en la sociedad, no toleran un apellido tan ordinario y pretenden arreglar la cosa agregándose el de la mamá. García interpretó mi sonrisa como un gesto cordial. Le apreté la mano con fuerza, al tiempo que me presentaba:
—Orlando Bongiovanni Cortez —No podía ser menos que él.
Hasta que sirvieron la entrada, cuatro langostinos gigantescos bañados con una salsa de gírgolas, García se puso cargoso hablando de estilos arquitectónicos de vanguardia. Por suerte, pertenecía a esa clase de gente que se complace en alardear conocimientos, de modo que con el mero trámite de intercalar un ¿Qué opina de Le Corbussier?, (en esta y muchísimas oportunidades fue de gran utilidad saberse algún nombre emblemático) le abrí la puerta lo suficiente como para no tener que exponerme a decir algún bolazo. De todas formas, a la hora de comer, el imberbe arquitecto se olvidó de todo y puso sus mandíbulas en régimen de trabajo forzado. No abandonó sus buenos modales, pero no paró de masticar hasta no haberse devorado la última papita de la guarnición que acompañaba a las majestuosas costillas de cordero al romero del plato principal. Rechazó el café (desde luego que cualquier forma de vicio estaba alejadísima del niño, es más, ya había tenido el tupé de despreciar un exquisito vino ambarino) aunque hizo los debidos honores al postre, una mousse helada de miel y vainilla con gusto a edén. Torció el gesto cuando encendí un cigarrillo, así que distraídamente, le llené la cara de humo con mi primera bocanada.
Al salir del restaurante decidí que no subiría a la combi. Empecé a retrasarme respecto al grupo. Como García “Peresutti” no se me despegaba, le dije: —no voy a ir con ustedes, tengo un trámite impostergable por acá, promediando la tarde regresaré por mi cuenta.
— ¿Cómo? ¿Va a perderse la conferencia de Gómez Cabout? —preguntó reprendiendo mi sacrilegio.
Había alimentado tan bien el cuerpo, que no resistí la oportunidad de hacerle un regalo al espíritu: —claro pibe, ¿no sabés que Gómez se traga el pedazo? —le contesté. Sus desorbitados ojos de laucha llenaron mi cartón. Apurando el paso, me perdí a la vuelta de la esquina.

Fracaso y papelón
Sin alcanzar el nivel de la conferencia de los arquitectos, vinieron después varias muy satisfactorias. Mi experiencia crecía con cada evento, de modo que rara vez equivocaba mi apreciación previa respecto al nivel de las vituallas. Si bien hubo algunas en las que debí conformarme con módicas cantidades o calidades apenas dignas, casi siempre mis esfuerzos fueron premiados con exquisitos entremeses, bebidas y confituras. También perfeccioné mis técnicas de escapismo, así que optimicé mi actividad, acercándome bastante al ideal de mínima asistencia a las chácharas y máximo contacto con el servicio gastronómico. Además, gané en ingenio y osadía, normalmente me sentía más a gusto y me comportaba con más naturalidad que la mayoría de los invitados genuinos. No obstante, un día fatídico esta confianza me traicionó.
La oportunidad era pantagruélica. Una empresa fúnebre que intentaba ganar mercado en la ciudad, pretendía diferenciarse del resto y así obtener ventaja respecto a la competencia tradicional, imponiendo el sistema americano de brindar durante los velorios un completo servicio de comidas. Como parte del plan de difusión, “Cocherías Paraíso” invitaba a funcionarios de obras sociales, sindicatos, prepagas y organizaciones de toda laya que pudieran aportar clientela, a un seminario-taller que titulaban: “¿Cómo podemos ayudar a los deudos durante el tránsito de un ser querido a la eternidad?”. Despertaron mi interés porque prometían que una parte del programa consistiría en una muestra de su novedoso estilo.
Todo anduvo mal de entrada. La “muestra” iba recién a la noche del segundo día, así que no tuve más remedio que soportar un cúmulo de sandeces a cual más estúpida. Como ejemplo de su cuidado en todos los detalles, uno de los disertantes expresó que con discreción, debían averiguarse las comidas predilectas del fallecido, así no se las incluía en el menú y se evitaban momentos de melancólico dolor. Uno lo interrumpió y expresó que muy por el contrario, debían ser considerados especialmente los alimentos que más gozo le causaban al muerto, pues de esa forma los familiares sentirían su presencia viva. No es joda, el tipo dijo presencia viva. Para otro de los expositores, un aspecto crucial consistía en prever atención médica para los familiares directos, ya que durante las circunstancias aciagas, los jugos digestivos no actúan correctamente y la comida cae mal. Entonces se generalizó una discusión que enfrentó a dos grupos bien diferenciados, uno sosteniendo que de todas formas no había peligro porque la tristeza cerraba el estómago y el otro afirmando que de ninguna manera, que uno come mucho cuando está triste. Otro aspecto que mereció especial tratamiento, fue el referido al de los aromas, a partir de que alguien mencionó que durante los velatorios el perfume de las flores suele ser muy penetrante y la mezcla con los olores emanados por las comidas podría ocasionar más de un descompuesto. Aislar el área de comestibles de la correspondiente a depósitos de coronas, apareció como la alternativa de mayor consenso, hasta que un sindicalista barbudo manifestó que su gremio era pobre y sus salas muy pequeñas como para tenerlas aisladas una de otra. Entonces aprovechó la volada y salió diciendo que todo era culpa del Estado, de la falta de subsidios y de las desregulaciones, con lo cual hizo que saltara un funcionario de gobierno y se despachara con una filípica interminable en contra del movimiento obrero organizado. Como ven, todo muy lindo y entretenido.
Al fin, conmigo al borde de la inanición, llegó la anhelada festichola. Tras una fila de biombos decorados con motivos japoneses, como si buscaran incrementar la ansiedad y posterior sorpresa de los participantes, yacían los presuntos manjares. En lugar de largar de una buena vez, un presentador introdujo al principal ejecutivo de la firma, quien tomó la palabra y habló, habló y habló. Dos mozos estaban parados al lado de los biombos, esperando la orden de correrlos. Cuando llegó el momento, el ejecutivo dijo:
—Ahora, antes de pasar a degustar lo que hemos preparado para ustedes, una pequeña sorpresa. La compañía ha decidido premiar vuestra asistencia con un viaje a Masuchussets, donde funciona nuestra filial principal, naturalmente con todos los gastos pagos, para el ganador y un acompañante. Guiados por miembros de nuestra firma, se los invitará a visitar durante una semana a varios servicios fúnebres, de manera que puedan comprobar en persona la excelencia de nuestra prestación.
Mientras todos aplaudían chochos de la vida, una joven abundante se acercó con una urna. No imaginen mal, tuvieron el tino de que no se pareciera a una urna funeraria.
—Aquí están los números que se corresponden con el que ustedes tienen en las credenciales que recibieron cuando se acreditaron.
El ejecutivo metió una mano en la urna, mientras que con la otra se tapaba los ojos. Parecía un payaso. Tuve el impulso de arrancarme la credencial del bolsillo, pero desistí de la idea para no despertar sospechas y pensando que, entre tanta gente, no podía tener la mala suerte de que justo yo saliera sorteado. Ojalá hubiera respondido al impulso.
Para colmo, mi vecino más cercano era uno de esos imbéciles ávidos de protagonismo, así que una vez que se desencantó de no ser el feliz poseedor del número ganador, se puso a controlar en su entorno. Y me pescó antes de que pudiera escaparme.
— ¡Acá, acá el señor! —se puso a gritar el infeliz. Estoy seguro de que entre los invitados, había varios contratados con el objeto de dar brillo a la ceremonia, porque casi de inmediato me rodeó un grupo y empezó a aplaudirme, mientras incitaban al resto a que los imitaran. La de la urna se me acercó con rapidez, controló el numerito, está correcto dijo agitándose como una poseída y, tomándome del brazo, empezó a remolcarme hacia adelante. Imaginando lo que se avecinaba, yo caminaba arrastrando los pies.
— ¿Qué entidad nos honra enviándolo? —me espetó el empresario ni bien me tuvo a su lado.
Aunque sabía que me preguntaría eso, no había podido inventar nada durante el trayecto. Me quedé mudo.
—Está emocionado, otro aplauso por favor, a ver si lo sacamos de este estado de shock, no sea cosa que se nos muera de la alegría, justo a nosotros —Y festejándose, comenzó a batir palmas seguido por toda la concurrencia.
— ¿Puede ser un vaso con agua? —murmuré cuando se acallaron los aplausos y todos estaban pendientes de mí. El directivo frunció el ceño, miró hacia un costado e hizo una seña. Decidí que seguir callado no ayudaría y respondí con lo que me salió.
—Sindicato de Obreros Portuarios de Santa Cruz —dije con un hilo de voz.
— ¡Nuestros hermanos patagónicos! ¡Otro aplauso por favor! —zafé, me dije, mientras pensaba que el tipo tenía fantasías de conductor de programa de TV de domingo a la noche.
Sonreí aliviado y empecé a tejer ideas para ver como hacía para superar el nuevo desafío de aprovechar el viaje sin ser descubierto. Sin embargo, ¿pueden creer que había un tipo de Santa Cruz?, ¿pueden creer que se había venido desde la punta de la Argentina por esta ridiculez?, y lo que es peor, ¿pueden creer que era del Sindicato de Obreros Portuarios?
Los de seguridad me sacaron a patadas en el orto. Casi llegando a la puerta, alcancé a pegarle una trompada en la barriga a un gordinflón ensañado con mis pobres glúteos. El panzón se enfureció y me embocó un voleo de zurda que todavía me duele.
—Gordo maricón, cuando vos te mueras estos van a cocinar un chancho —dije ya en la calle.
El tonel ni mosquéo, se me rió en la cara y dijo: —Jaa, jaa, ja...muy gracioso, mejor picátelas antes de que te haga meter preso.
La burla del mamut acompañó la humillación de mi retirada. Caminé un par de cuadras rumiando la bronca. Me di cuenta de que tenía mucho hambre, siempre que había perspectivas de buena comida me ponía a dieta desde veinticuatro horas antes así aprovechaba mejor los festines y esta vez ni siquiera había desayunado. De pronto, me encontré frente a un bolichón sucio y mal iluminado. Controlé mi disponibilidad de fondos y entré. Un tufo a fritura del mes pasado se me estampó en la nariz. Parado contra la barra, pedí lo que podía pagar, un sandwich de mortadela con un pingüino chico de vino tinto.

Restañando las heridas
Después de un episodio tan catastrófico, tardé más de dos semanas en animarme a otra incursión. Durante ese lapso me la pasaba imponiéndome reglas de prudencia, la principal, que no hubiese seguridad o que fuera laxa. Si no se podía comer, que al menos pudiera irme con las nalgas en buen estado. Para recuperar confianza, tenté fortuna en acontecimientos que me parecían sencillos y de fácil abordaje: los cumpleaños de quince y los casamientos. Sencillos y de fácil abordaje resultaron, aunque sólo los más humildes. Parece mentira, los ricachones que hacen las fiestas más refinadas, son justamente los más celosos y miserables con la admisión. Y la generosidad de los otros nunca fue suficiente compensación para sus menúes, patéticos rollitos de fiambre con ensalada rusa, minúsculas supremas casi siempre frías, almendrados de supermercado, vinos tres cuarto de los económicos y sidra tibia. Fue un tiempo en el que me sentí como jugando en la C.
Para volver a primera, seleccioné un evento que parecía adecuarse perfectamente a la necesidad de una reaparición profesional sin riesgos. Sin embargo, la experiencia fue decepcionante. Era la presentación de un libro de poesías de un autor ignoto. Llegué al sitio de reunión —un bar en un barrio apartado del centro— y me instalé tranquilamente. Mi observación previa garantizaba que ahí no había peligro, nadie controlaba el acceso y nadie registraba invitados, al contrario, en ese momento y dada la escasa concurrencia, pensé que lejos de contrariarse, el poeta estaría contento de tener a unos cuantos “colados”. Un mozo diligente recorría las mesas, tomaba los pedidos, volvía enseguida con su bandeja colmada e inmediatamente después de servir, como para que nadie se le escape...¡le cobraba su consumición a cada uno! Una berretada. Igual que las poesías, y juro que en este juicio acerca de la obra del escritor, no estoy influido por haberme visto en la obligación de pagarme un cortado.
De todos modos no desmayé. Tampoco abandoné el mundo del arte, intuía que era una buena veta y que nada más debía acertar con el género correcto. Así encontré que las exposiciones de esculturas y pinturas, sobre todo la de esos artistas a los que no se les entiende nada, se adaptaban perfectamente a mis intenciones. Descubrí que en su ansia por encajarle a alguien las porquerías que hacen, pintores y escultores desconocidos arriesgan los dineros de sus mecenas, de ordinario maduritas no asumidas o vejetes calentones, en cócteles donde como queda mal andar controlando, cualquiera con aspecto un mínimo decente puede filtrarse con facilidad y andar a su libre albedrío entre la comida y la bebida. Debo advertir sin embargo, que no pude ser demasiado exigente. Si bien siempre hubo champagne del bueno, el afán snob de estos delirantes estropeó los sólidos. En la mayor parte de las exposiciones a las que fui, les agarró para el lado de la cocina asiática, así que ahí anduve, meta pescado crudo, arroz apelmazado, algas, tofu y semillas de amapola. De todas maneras no me quejo y recuerdo este período con gratitud, fue el trampolín que sirvió para encarar empresas más exigentes y gratificantes. Y además, aprendí a comer con palitos, lo cual no es nada trivial para estos tiempos de sushi, en que hay solamente dos clases de personas: las que sabemos manejar los palitos y los pobres desgraciados que no.


Regreso con gloria
Cuando leí el anuncio del cónclave de una congregación religiosa, di vuelta la página del diario, sólo sentí un dejo de nostalgia por el tiempo adolescente en que me colaba en el sitio de la reunión, un enorme cine del centro ahora devenido en templo. No obstante, una imperiosa urgencia de encarar otra vez un gran desafío se apoderó de mí y me resultó imposible dejar el tema de lado.
Superados los últimos resquemores, me puse planear el aventurado lance. Por fortuna tenía bastante tiempo para reunir antecedentes. Averigüé que la comunidad en cuestión había crecido con celeridad desde sus modestos comienzos en pequeños núcleos de la periferia y que, para aquel tiempo, se había transformado en poco menos que una corporación. Contaba con una multitud de seguidores que llenaban a diario instalaciones de culto diseminadas en todo el país y hasta tenía un programa en televisión abierta. Al cabo de diez días de asistencia perfecta a las ceremonias, conocía el terreno en detalle, había caracterizado en forma satisfactoria a personajes y situaciones y tenía muy bien estudiadas expresiones y actitudes por si era preciso imitarlas en medio de la convención. El motivo de la asamblea planeada era la conmemoración de los quinientos años de un glorioso episodio que, según sus ancestros fundadores, había dado origen a la orden (en rigor, nada espectacular comparado con los portentosos milagros expuestos por otras religiones con más tradición en el mercado, pero los tipos se las habían arreglado para darle un carácter mítico).
Al conocer el programa del jubileo me decepcioné. Comenzaba la tarde de un lunes, luego de unas oraciones de gracias, estaba pautado un brindis de bienvenida y nada más. El martes se dedicaba a conferencias por la mañana y mesas redondas por la tarde, el miércoles estaba signado como jornada de meditación y ayuno, el jueves más conferencias y mesas redondas. Recién en el cierre del día viernes, para cuando el programa mencionaba una cena de confraternidad, se hablaba de comida en serio.
Me felicito por haber seguido adelante a pesar de esa decepción inicial. Los pastores aquellos sabían vivir, nada de introitos larguísimos el día de la apertura, unos rezos rapiditos y de lleno al brindis ¡Y que brindis resultó ser! Jamás había estado en un banquete tan sibarítico. Compensó con creces las casi tres horas que me pasé escondido a la espera de la hora señalada, encerrado y en cuclillas sobre la tapa del inodoro de uno de los baños del primer piso. Bajé sintiendo mis piernas torturadas por los calambres y mis espaldas agarrotadas, aunque enseguida, la profusión de manjares divinos y elixires celestiales obraron cual pócima milagrosa en todo mi ser. Por un momento, sentí que Dios estaba allí dando pruebas de su existencia. Haciendo supremos esfuerzos para cuidar las formas e impedir que se notase mi glotonería, manejé los dedos con habilidad de punguista para sostener simultáneamente en una sola mano, hasta tres de los finos y delicados bocadillos que los mozos ponían continuamente delante de mí en rebosantes bandejas plateadas. Cuando estimé haber degustado al menos siete de cada uno, me muní de un plato de los más grandes y ataqué las delicias que estaban diseminadas sobre una extensa mesa decorada con motivos sacros tallados en frutas y esculpidos en hielo (el arte no quería abandonarme). En esa mesa estuvo lo mejor de todo, langosta, faisán, cochinillo, lomo de ciervo, salmón y trucha ahumada, quesos y foie-grass de Francia, encurtidos alemanes de toda clase, ensaladas de endivias y trufas auténticas. Ni hablar de la repostería. Confituras sutilmente almibaradas, sedosas mousses, budines acaramelados, esponjosos bizcochuelos inundados de dulces y cremas, perfumadas tartas de frutas, tentadoras masitas y bombones y refrescantes bombas heladas bañadas en chocolate, parecían responder a la inspiración de una sacerdotisa iluminada. Capítulo aparte para las bebidas, hasta el agua era importada. Además de champagne francés, la variedad de vinos era tal que fui incapaz de probarlos a todos (y lo mismo, al cabo de la ceremonia creo haber estado al borde de un coma alcohólico). Desde blancos en extremo secos hasta los que resumaban dulzura de frutas, desde jóvenes vinos rojos hasta tintos corpóreos, aquello fue lo más cercano a una orgía ideada por el mismo Baco.
Los allí reunidos tenían claro que no existían en el sitio conciencias para seducir o almas para conquistar. Y aunque las hubiera habido, todos estaban en otra cosa. He escuchado de boca de algunos ingenuos, que el gusto de los clérigos por el alcohol y la buena pitanza es sólo una calumnia malintencionada. Pues bien hermanos, yo estuve allí. Y en lo que respecta a los eclesiásticos que entonces tuve oportunidad de conocer, os puedo asegurar que no es ninguna calumnia. De modo que nadie perturbó en absoluto mi accionar. Sin necesidad de apelar a ninguno de los recaudos que había tomado después de tantos días de estudio, pude permanecer apostado a la mesa hasta que en el cine-iglesia solamente quedaban dos o tres invitados y los mozos. Fue entonces que me pareció imprudente continuar en el lugar y decidí marcharme con la honda satisfacción de la tarea cumplida. Casi en la salida, un grupo apuraba el último trago y fumaban los habanos que yo había preferido guardar en mi bolsillo, para consolar futuros tiempos en que pudieran volver las vacas flacas. No sé cómo lo habían logrado, pero los integrantes del grupo conservaban el mismo aspecto venerable que exhibían al principio del festín.
—Buenas noches —me despedí cortesmente y tratando de caminar derecho.
Respondieron a mi saludo casi al unísono. Uno recomendó: —sea puntual mañana, deseamos iniciar las sesiones no más allá de las siete.
Reprimí el deseo de responderle que me esperara sentado. Le dije: —aleluia, hermanos, aleluia.

Asado con cueros
Con muy pocos fiascos de por medio, continué mi periplo con muy buen suceso. Como toda empresa en crecimiento, llegó un momento en que fue preciso inyectar nuevos recursos. Así fue como me puse de novio con Lola.
Me la presentó un brigadier en la recepción de una embajada. El brigadier, un hombre muy afecto a los martinis, había estado departiendo conmigo durante más de una hora, muy interesado en la representación de una fábrica belga de municiones que estaría vacante muy pronto. Según le relaté, el directorio en Bélgica me había pedido que hiciera discretas indagatorias para recomendar un reemplazo, puesto que el actual representante sería trasladado ese año a Venezuela. Lola y yo congeniamos enseguida en aquella recepción. El único problema fue que ella comía y bebía con demasiada cordura, así que para ponerme a tono y no aparecer como un muerto de hambre a sus ojos, también debí moderar mi ingesta. Dichosamente, en determinado momento se excusó diciendo que debía atender un compromiso acordado de antemano. Se despidió con un beso sonoro en mi mejilla, subió con gracia por unas escalinatas de mármol y desapareció un buen rato, que yo aproveché para recuperar el tiempo perdido zambulléndome sobre las delicatessen que nutrían las generosas mesas diplomáticas.
—Muy buenos los martinis, ¿no cree usted lo mismo? —vino a interrumpir mi faena el fastidioso brigadier, al que sin embargo debo reconocerle su discreción por haberse apartado mientras estuve charlando con Lola.
Como tenía la boca llena, nada más pude asentir. Él prosiguió.
— ¿Le gustó Lola, no? Bueno, en mérito a esta incipiente amistad, cuando ella termine con el candidato que tiene arriba, voy a hablarle a ver si podemos obsequiarlo con una atención sin cargo.
Me atraganté, tosí, y unas cuantas migas salieron despedidas rumbo a la chaqueta del brigadier.
—Estimado amigo, no me diga que no se había dado cuenta, un hombre de mundo como usted. —con un tono en el que mezcló sorna y conmisceración.
—Naturalmente que me di cuenta —le respondí —sólo me ha sorprendido que usted esté al tanto.
—Por favor, ¿tengo cara de santo?
Riendo, le di unas palmadas en el hombro. Él hizo lo propio, aunque con tanta energía que me hizo trastabillar.
—Epa, ojalá las balas no sean tan flojas como el vendedor.
Era evidente que los martinis habían surtido efecto en el brigadier. Sin decir nada, festejé su pretendida ocurrencia. Cuando Lola regresó, vino directamente a rescatarme y nos retiramos de la embajada sin que fuera preciso que mediara el brigadier. Me sentí aliviado de no tener que seguir soportándolo, aunque lamenté no haber podido degustar unos coloridos bavaroise que traían los mozos en el momento que partíamos.
Lola no se preocupó en ocultarme su profesión, en el taxi me hizo un pormenorizado relato de sus actividades. Contrario a lo que suponía, no me propuso transacción comercial alguna sino que lo suyo bordeó una declaración de amor. Fuimos a su departamento y dormimos juntos esa noche. Al poco tiempo, me vi obligado a enterarla de que yo no era vendedor de proyectiles, que ni siquiera tenía profesión ni oficio alguno. También le confesé mi creciente especialización en coladas. Del estupor pasó a la incredulidad, de la incredulidad a la risa, de la risa...a la fascinación. Está mal que yo mismo lo diga pero, sin pecar de modesto, la tenía muerta conmigo. En la certeza de que aceptaría, propuse poner la sociedad en marcha y tuve así la oportunidad de asistir, en calidad de “el señor viene conmigo”, a un cúmulo de eventos de altísima categoría.
Uno de los que recuerdo con mayor predilección, es el asado con cuero en una estancia de Carmen de Areco, adonde unos matarifes exportadores llevaron a una veintena de empresarios europeos. Todo estaba planeado sin ninguna mezquindad. Por ejemplo, para trasladar a las promotoras colegas de Lola que habían sido previstas, fue necesario contratar dos ómnibus charter, pues eran tantas que no cabían en uno solo. Ni bien llegamos, unos disfrazados de gauchos nos recibieron y nos condujeron hasta un quincho, donde nos agasajaron con un aperitivo de empanadas fritas en grasa, choricitos, morcillas bombón, un vino tinto añejo que cosechó elogios generalizados y crujiente pan casero caliente, que una robusta paisana cocinaba en un horno de barro a la vista de los visitantes. Después siguió una caminata por un sendero de álamos, que incluyó una pasada “casual” delante de unas inmensas parrillas, donde medias vaquillas con cuero estaban asándose a fuego lento. Todos dijimos alguna pavada trillada respecto de la carne argentina. Tras la alameda se abría el casco de la estancia, una construcción colonial en una sola planta rodeada por una galería. Una mesa ancha en forma de L había sido tendida entre la residencia principal y la vivienda del casero, bajo un bosquecito de aromos al lado de una piscina. Fiel a mi costumbre de no ocupar lugares privilegiados, me senté alejado de las dos cabeceras, entre un alemán y un finlandés, lo cual me relevó de la obligación de sostener charla alguna, salvo una que otra frasecita suelta traída desde mi inglés de secundaria, que con cortesía ellos simularon entender. Los gauchos y las paisanas contribuían al decorado desde lejos, porque los que servían eran camareros vestidos con trajes de próceres de la Primera Junta. Enseguida arrancaron con chinchulines de cordero trenzados y riñones de ternera, una exquisitez que no alcancé a disfrutar todo lo que hubiera deseado, primero porque los gringos atacaron sin mostrarse cohibidos y segundo, porque en el afán de impactar, los concesionarios de la estancia no dieron mucho tiempo antes de mandar servir ubre y tripa gorda rellena. Ahí me fue mejor, estas achuras no parecieron ser del gusto de los invitados y la competencia decayó. El vino tinto era el mismo que el del aperitivo, me contrarió no tener la oportunidad de probar otro. Un blanco delicado, al que adopté para acompañar mi almuerzo pues casi todos habían preferido seguir con el tinto, compensó la desilusión. Luego, unas jugosas pamplonas de cerdo precedieron al platillo que aguardaba con más ansias, unas tiernas mollejas que mi paladar se dio tiempo a degustar, a esa altura del partido había ganado confianza y cuando uno de los sirvientes quiso apurarme poniéndome delante una bandeja con generosos trozos de vacío, le hice entender claramente que aún era tiempo de mollejas. A su debido momento, sin dar tregua a ningún corte, hinqué los dientes en las carnes propiamente dichas. Realmente fueron fenomenales. La contundencia del lomo, el entrecot, el vacío y el matambre, pero sobre todo el esplendor de unas tiras de asado cortadas anchas, me hicieron sentir con el cielo en la boca. Lamenté la ausencia de papas fritas, aunque justo es decir que los acompañamientos, una ensalada verde con siete clases diferentes de hojas y un puré campesino en el que habían mezclado echalotes y pedacitos de panceta rehogados, se merecían algo más que el papel de mera guarnición. Mi abuela decía que más tarde o más temprano, a cada uno le calza la horma de su zapato. Pues bien, esa vez me tocó, por culpa de haber devorado tantas costillas, apenas pude probar unos bocados de las principescas piernas de cordero que cerraron la parrillada. A la hora de los postres aún no había recuperado mi habitual capacidad de consumo; no obstante —como no soy de despreciar— di cuenta de una abundante porción de arroz con leche con orejones de duraznos y canela.
Después de la sobremesa, durante la que desapareció el contenido de un par de botellas de buen escocés, el programa proponía dos alternativas: cabalgata por el campo o siesta en las espaciosas habitaciones del establecimiento. Uno con facha de cónyuge fiel (que además había rechazado el whisky) fue a cabalgar, los demás y las chicas a dormir la siesta. A la hora de la merienda que se sirvió luego del entrenimiento que cada quien eligió, la pesadumbre en el rostro del jinete, transpirado y picoteado por los jejenes, contrastaba con la serena placidez de todos los demás, quienes tras la reparadora siesta, estaban en condiciones plenas para disfrutar el chocolate espeso que acompañó a pastelitos de batata y membrillo, alfajores de dulce de leche, tortas de azúcar negra y buñuelos bañados en almíbar de caña. En fin, se me están acabando los adjetivos para semejante bonanza.
Lo único malo de una jornada tan provechosa, fue que allí acabó mi noviazgo con Lola. Una de sus amigas —inadvertida en la mezcolanza de mi condición de colado— supuso que yo también era uno de los empresarios convocados y me brindó sus servicios con suma amabilidad. En el viaje de regreso, Lola se enteró y no hubo forma de que aceptara mi inocencia. Al menos se comportó con femeneidad, lagrimeó un poquito y nada más. Su amiga en cambio, me pegó unos cuantos carterazos en la cabeza. Lola no me perdonó nunca y, a pesar de múltiples intentos, no hubo manera de que su amiga aceptara ser mi nueva socia.

Con gente rara
No tengo nada contra los homosexuales, hasta sería capaz de invitar alguno a mi casa e incluso permitirle usar mis sanitarios. De todas maneras, de no haber sido porque el encuentro anual Libertad Gay se hacía en un hotel cinco estrellas al que hacía rato le tenía ganas, hubiera dejado pasar la oportunidad. El lugar era de tanta categoría que cuando me enteré del evento, me preguntaba cómo habían hecho para conseguirlo, teniendo en cuenta las consecuencias que podría causar en su reputación. Recién tuve la respuesta varios días después, al tomar conocimiento de las inclinaciones del dueño del hotel. Qué desgracia para alguien con tan buena posición.
El nuevo reto aparecía con muchas complicaciones. Ante las particularidades de esta fauna, mi bagaje de experiencia resultaba poco más que inservible. Como los afeminados son muy desconfiados, no me fue sencillo entremezclarme en el ambiente, así que no pude conocer mucho acerca de sus comportamientos en las fiestas. Sí supe que, para colmo, en la interna entre los maricones y los que no lo parecen, se habían suscitado varios episodios virulentos y los ánimos estaban caldeados.
Llegado el día no me atreví a vestirme de mujer. Aunque quizás hubiera sido lo más seguro, solamente me puse un poquito de rubor y rímel. Entré al hotel y preferí mezclarme primero entre algunos huéspedes en el lobby, para mirar desde allí cómo se presentaban los acontecimientos. Los que en ese momento compartían mi puesto de observación, se repartían entre los divertidos y los escandalizados, si bien las protestas de estos últimos eran más estentóreas que las risas de los primeros. El control de la entrada al ascensor que conducía al salón asignado para el encuentro, estaba a cargo de un travesti y un muchacho vestido normalmente, del que nadie hubiera pensado que sufría desviaciones tan tristes. En determinado momento, abandonó su puesto justo cuando llegaba un grupo estridente, y el travesti, entretenido como estaba en estamparles unos besos asquerosos, se descuidó y supe aprovechar la oportunidad para colarme. Me puse de espaldas contra uno de los espejos del ascensor, subí hasta el segundo piso con los maricas e ingresé al salón. Éste exhibía un magnífico decorado: cortinas de raso bordó, sillones tapizados con gobelinos, arañas de caireles, techo con molduras artísticas, piso de mármol y alfombras persas. Resultaba chocante ver a aquellos especímenes enseñoreados en un ambiente tan refinado. Una música atronadora y de pésimo gusto completaba el sacrilegio.
Hacia unos de los costados del salón, aparecía tendida una mesa comunitaria, confieso que muy sobria en relación a mis expectativas previas (había supuesto que encontraría cosas desagradables, algo así como arreglos frutales hechos con bananas y cocos). Superando la repulsa inicial (todos utilizaban el mismo cucharón), me serví de una ponchera de cristal un brebaje con gusto a mango y un dejo de alcohol hacia el final del trago. Debe haber sido algo más que un dejo, porque al cuarto vaso estaba mareado. Con el correr de los minutos y el alcohol (habrán tenido la desdicha de ser invertidos, pero admito que sabían preparar cócteles), me fui amoldando a la circunstancia. Después de todo, la música no era tan insoportable e inclusive debo reconocer que los tipos tenían su parte divertida. Lamento no recordar precisiones acerca de la comida para poder brindarles los detalles acostumbrados. Sucede que me dispersé bastante en la obligación de bailar un poco y hasta participar de los “trencitos” danzantes que a cada rato se generaban espontáneamente (comprendan, debí respetar la máxima “donde fueres, haz lo que vieres”). En fin, durante la reunión, como si las facciones enfrentadas hubieran acordado una tregua, todos olvidaron sus rencillas, se relajaron y disfrutaron en grande. Ocurrió todo lo que se imaginan y más. Naturalmente, tuve que integrarme para no despertar recelos entre gente tan perpicaz e intuitiva. Antes de que tejan conjeturas sin fundamento, debo declararles que soy hombre de firmes principios, pero entre dos principios excluyentes, privilegio aquel con el que tengo mayor compromiso. Y como he venido dando acabadas pruebas, yo estoy muy comprometido con mi estirpe de colado.

Encuentro inesperado
Nunca imaginé que el seminario de la Corriente del Niño señalaría un trascendente punto de inflexión en mi actividad. De antemano sólo se trataba de un acontecimiento más, casi sin dificultades para el acceso e inclusive modesto comparado con otros a los que había acudido. Su único atractivo estaba dado por los coffe-break. La consultora en medio ambiente que auspiciaba el seminario, quería impresionar a su potencial clientela y había contratado el servicio con la empresa de catering de una de las principales compañías de vuelos internacionales. La experiencia estaba resultando muy satisfactoria; justamente, mientras daba cuenta de un bizcochuelo relleno con mousse de chocolate, me estaba felicitando por haber soportado la última exposición acerca de los ciclones y los anticiclones, el sobrecalentamiento del planeta y el cambio climático. Abstraído como estaba en la degustación, la voz ronca que sonó a mis espaldas me tomó desprevenido.
—Lo vengo siguiendo desde el Congreso de Oncología, le digo una cosa viejo, esa vez usted me impresionó mal, una cosa es largarse a hablar de sarcomas entre verduleros y otra muy distinta entre cancerólogos. Usted tiene ingenio, pero debe aprender a ponerse límites, a ver si acá no se me pone a hablar de la capa de ozono.
Giré mi cabeza con lentitud para poder ver a quien me había hablado. Mis ojos se encontraron frente a un anciano de aspecto venerable. Él, sonrisa amplia, yo, mudo y paralizado.
El hombre acercó su rostro al mío y susurró: —disimule hombre, no sea torpe.
Me aparté sin alharaca y pude articular: —perdón señor, ¿nos conocemos?
—Yo lo conozco a usted, ya le dije antes, lo vengo estudiando desde hace tiempo —respondió sin dejar de sonreír.
—Disculpe, no sé de qué me habla —contesté atribulado.
—Sí que lo sabe, deje de hacerse el desentendido que no hace falta. Yo también soy un colado. —Y agregó: —desde mucho antes que usted.
Sin saber qué decir o hacer, dejé el plato con la torta sobre una mesita. Él capturó dos copas de champagne de la bandeja de un mozo que pasó a su lado y, pasándome una, dijo: —brindemos, tengo algo que proponerle.
Acepté la copa y, mecánicamente, la choqué con la de él y bebí un sorbo. Sentía la boca seca y me temblaba la mano.
—Por favor, no se ponga nervioso —prosiguió— mire, salgamos de aquí así se tranquiliza y me puede escuchar, le advierto que le conviene.
No sabía qué carajo hacer. En eso anunciaban el final de la pausa e invitaban a reingresar al auditorio donde se desarrollaba el seminario.
—Vamos a un bar, yo invito, la ocasión justifica apartarse de nuestras normas —dijo animándome a salir hacia la calle. Lo seguí. Caminamos en silencio rumbo a una cafetería en la esquina siguiente, de vez en cuando el anciano me miraba con expresión divertida. Al llegar, entramos, nos sentamos a mesa junto a una ventana y, sin consultarme, pidió dos cafés.
—Jorge Dalla Fontana —se presentó tendiéndome la mano. Se la apreté sin mucha convicción y respondí:
—Orlando Bongiovanni —dije recordando el nombre que había inventado en la ya lejana conferencia de los arquitectos, cuando dejé patitieso al arquitecto educado.
—No invente, tenga confianza en mí. —El hombre había logrado ejercer una fuerza poderosa sobre mí. Le di mi verdadero nombre y pregunté:
— ¿Cómo sabe tanto de mí?
—Se lo dije, lo vengo observando.
— ¿Por qué? ¿Para qué? —Me sentía más calmo y la curiosidad había reemplazado a la inquietud.
—Vea Pérez, yo ya soy un hombre mayor y no tengo ganas de seguir haciendo esto. Ya es tiempo de que me retire y consiga una buena jubilación. Con mi experiencia y su talento, podemos hacer grandes cosas.
— ¿Qué tiene en mente? —pregunté confundido.
—Muy sencillo, creo que de haber estado en tantas, ya podemos largarnos a organizar las nuestras —respondió Dalla Fontana abriendo los brazos.
— ¿Las nuestras? ¿Nuestras qué? —cada vez entendía menos.
—Hombre, me extraña, nuestras propias conferencias, seminarios, congresos, convenciones, etcétera, etcétera. Eso sí, la idea es mía. De modo que a mí me toca el setenta por ciento de las utilidades.
En ese momento pensé que el viejo estaba loco. Digerida la idea, cerramos trato en sesenta y cinco.

Del otro lado del mostrador
De tantas coladas, Jorge y yo habíamos cultivado unas cuantas relaciones, así que apelando a varios canjes resolvimos el problema de la inversión necesaria para dar los pasos iniciales. Por otro lado, no fuimos demasiado ambiciosos al principio y comenzamos ofreciendo nuestros servicios de Organización de Eventos Dalla Fontana-Pérez a núcleos pequeños, los que si bien no redituaron grandes ganancias, contribuyeron a enriquecer nuestro currículum y a difundirnos. El primer espaldarazo lo conseguimos con las conferencias en que cobrábamos inscripción, en estos duros tiempos siempre se encuentra a un desocupado especialista en algo, presto a dar una exposición a cambio de unos pocos billetes. No obstante, a efectos de ensanchar el negocio ahorrando los honorarios de los disertantes, después de algunos meses nos atrevimos a dictar nuestros propios cursos breves, los primeros acerca de temáticas que conocíamos acabadamente (“Comidas y bebidas para las celebraciones”, “Gastar poco y lucir mucho”, “Siete formas elegantes de controlar el ingreso de invitados”, “Los gustos de cada profesión” y otras por el estilo). Por supuesto que teníamos la precaución de hablar mucho para llenar el tiempo, aunque sin llegar a revelar nuestros más valiosos secretos. Más adelante me animé con cuestiones ajenas a nuestra experiencia específica, ya que los clientes resultaban mucho más rentables. Tuve que lidiar mucho para vencer la reticencia de Jorge, hasta que al fin lo convencí de que un orador hábil es capaz de hacer un discurso sabiéndose solamente veinte palabras relacionadas con el tema. Admito que algunas dificultades se presentaron (nunca falta un buey corneta que se ensaña en profundizar acerca de lo que uno no entiende ni jota), aunque siempre fueron salvadas con un recurso infalible: decir que el tiempo apremiaba y anunciar el receso informando que durante el mismo sería servido un refrigerio.
Desde luego que no faltaron las celebraciones festivas para público de toda naturaleza. Haciendo un balance, uno de nuestros mayores aciertos fue haber tenido la visión de incluir perfiles de consumidores que tal vez nunca antes estuvieron bien atendidos, sólo por mencionar algunos, jamás tuvimos inconvenientes en prestar un esmerado servicio a narcotraficantes, meretrices e inclusive comisarios. En base a nuestro vasto recorrido, pudimos construir un archivo con una enorme cantidad de empresas, colegiaturas, sindicatos, entes, organismos gubernamentales y demás asociaciones, oficiales o extraoficiales, de hecho o de derecho, legales o no, con los datos de todas sus fechas trascendentes. Así fue como hasta hubo casos en los que debimos inducir a los interesados a que organizaran un festejo, es increíble cómo algunos directivos suelen olvidar el advenimiento de las fechas más caras en la historia de su institución. Incluso cuando fue preciso, no dudamos en crear una historia. Guardo con especial cariño, la foto del homenaje a la viuda de Cayetano Godoy, en el día que Cayetano hubiese cumplido sus cien años. Según supimos hacer atestiguar a una banda de veteranos que recolectamos en el boliche donde paraba mi socio, el hombre había sido un empedernido luchador por los derechos de los vendedores de papa, cebolla y ajo. El papel de la viuda en cuestión lo jugó una vieja loquísima, antigua amiga de Jorge, que se prestó gustosa a la farsa. En realidad no es justo que la llame farsa, puedo asegurarles que los paperos quedaron contentísimos con la fiesta y con su hasta entonces desconocido prócer.
Transcurridos unos pocos años, las ganancias habían sido tantas que Jorge podía vanagloriarse de haber logrado bastante más que una jubilación y yo, aún con mi humilde treinta y cinco por ciento, tampoco tenía motivos de queja. Otro factor de tranquilidad, presente desde los albores de la sociedad, era que convivíamos en armonía y confianza gracias al habernos reconocido del mismo linaje. Por otro lado, nos profesábamos mucho respeto y hasta admiración. Nos pasábamos horas contándonos las peripecias por las que cada uno había pasado en la aventura de filtrarse sin estar invitado. Aunque Jorge no era de alardear, comprobé que su anecdotario era mucho más rico que el mío, no solamente porque sus andanzas llevaban casi tres décadas, sino también por la variedad de lugares, circunstancias y personajes con los que le había tocado enfrentarse. Además, mis aportes se reducían porque en dos de cada tres coladas mías, él también había estado, resultó ser cierto que venía siguiéndome. Así que debí armarme de paciencia y prestar oídos a todas sus críticas de experto en táctica y estrategia, si bien a menudo concluía sus admoniciones repitiendo (quizás para que no me sintiera herido) “igual usted tiene mucho talento, igual usted tiene mucho talento”. En la de los funebreros no había estado y me la hizo contar infinidad de veces, en cada una se reía con más fuerza. Lo único que no me perdonaba era que haya usado a Lola, “esas veces no las cuente porque son con trampa, no valen”, me recriminaba. Aquel viejito entrañable terminó por ganarse mi afecto.
Los dos nos lamentábamos con frecuencia por no tener tiempo para despuntar el vicio. “De este lado del mostrador no pasa naranja”, me decía Jorge cada dos por tres. Un día, mientras estábamos planeando un evento para los canillitas de Lomas de Zamora, me dijo:
—Pérez, estoy aburrido, ¿no tiene ganas de acompañarme a que me saque un gusto? —sus ojos irradiaban un brillo juvenil.
— ¿En que está pensando? —le pregunté con resquemor.
—Vea, mañana es 9 de Julio, el día de la Independencia. —la cara de Jorge resplandecía.
—Ajá, ¿y? —le inquirí imaginando lo que se venía.
— ¿No sabe que después del tedeum se hace el almuerzo para todas las fuerzas vivas?
Estuvo bueno colarse en la Casa de Gobierno y que el presidente nos diera la mano. La macana que Jorge se emocionó demasiado y el 10 de Julio se murió de un infarto.

Epílogo
Los fastuosos funerales que le organicé fueron un fracaso, no fue casi nadie. El día posterior al sepelio, se apersonó un tipo al que conocía de cuando organizamos la cena de fin de año del Colegio de Escribanos y me presentó un testamento en el que Jorge me legaba su parte de la empresa. Seguí adelante y, aunque el emprendimiento continúa viento en popa, nada es igual sin él. Como alguna vez lo habrá hecho Jorge, yo también traté de hallar a mi Pérez. No he tenido éxito hasta ahora. Ayer, mientras supervisaba el servicio en uno de los intermedios de la XI Asamblea Anual de Informática y Robótica, tuve una efímera ilusión. Junto a una de las computadoras exhibidas en el hall, simulando estar interesado en el monitor del aparato, un hombrecito comía y bebía a más no poder. Di un rodeo y me acerqué para observarlo sin que me viera. Su impericia me apenó y tuve la necesidad de aconsejarlo.
—No te atosigués, tenés que dar la sensación que sólo comés para no desairar a los organizadores.
El hombrecito viró en redondo y me clavó una mirada de pánico. Mi sorpresa fue mayúscula, es más, de no haber adoptado la actitud aterrorizada de los que son pescados in-fraganti, probablemente hubiera pensado que su presencia obedecía a una invitación genuina. Los años habían modificado sus rasgos impúberes, pero no le habían cambiado su estúpida expresión. Ahí estaba, Gabriel García Perezutti, el pequeño arquitecto, colado en una de mis reuniones. Creo que no me reconoció, su pavura le hizo tartamudear excusas.
Puse una mano sobre su hombro derecho y le dije:
—Quedate y disfrutá, no te preocupés, mirá, la realidad es que todos estamos de colados, lo que pasa es que éstos, lo que pasa es que nadie, se ha dado cuenta.
El pequeño arquitecto me miró sin entender, dio media vuelta y se perdió camino a la salida.

viernes, 13 de enero de 2012

Historia Argentina, de Rodrigo Fresán


Hablo de la edición que leí, la de Tusquets de 1998, sabiendo que desde la primera edición de 1991 (Fresán con 27 años), hay anteriores y posteriores con cambios de contenido que quizás sean más que matices, como la de Anagrama de 2009, que no solamente es corregida sino aumentada. O sea, hay varias Historias Argentinas (jé).
Tengo contradicciones con Fresán, y para colmo me sumo complicaciones por haberlo accedido desde lo más nuevo a lo más viejo, e incluso a lo más viejo se lo leí al revés, porque le entré primero a “Vida de santos” (http://nomepuedoresignar.blogspot.com/2011/09/vida-de-santos-de-rodrigo-fresan.html) que a éste. ¿De qué contradicciones hablo?, que hay cuentos que me resultaron soberbios y otros a los que no tuve modo de encontrarle objeto o razón. Pero en esos casos, a favor de Fresán y quizás en mi desmedro, bien puede suceder que me haya faltado pescar algún no dicho básico, digamos un guiño sobreentendido o cosa por el estilo, no sé, “La Roca Argentina (12 Grandes Éxitos)” me despertó esa confusa sospecha.
Así que voy a quedarme con la positiva de todos los cuentos que me gustaron especialmente (“Padres de la patria”, “El aprendiz de brujo”, “El asalto a las instituciones”, “El protagonista de la novela que todavía no empecé a escribir”, “La vocación literaria”, entre otros), animado además porque en la contratapa de la edición que yo leí, Osvaldo Soriano (al que yo le creo todo) dice: «Historia argentina es un libro sorprendente. Rodrigo Fresán entra en la literatura con quince cuentos que revuelven las tripas y entibian el corazón. Son -entre tantas otras cosas- fragmentos de estos años narrados desde los contornos del vodevil hacia la intimidad más dolida de las efemérides nacionales. Estas páginas llevan el desparpajo, la audacia y el garbo de un gran narrador. Fresán cuenta la mala vida de los argentinos desde una generación cansada de lamentos, de nostalgias y de promesas. Naturalmente, eso le vale muchísimas puteadas. Yo me saco el sombrero.»
Muy similar a lo que Fresán hace en “Vida de santos”, si bien son cuentos que funcionan como trabajos independientes, mucho mejor funcionan como parte de un todo cuasi novela, con personajes como Alejo (notable el encuentro con el gurka en Malvinas), su hermano (lo mejor de todo cuando es pinche de cocina en un restaurante de lujo en Londres, justo cuando Galtieri invade las islas), Nina (muy bien construida la adolescente hija de desaparecidos en “El asalto a las instituciones”, y pocos cuentos más adelante, como en contrapunto, una adultísima rebelde), la enigmática Mariana, en fin, aparecen en varios de los digamos entonces cuentos-capítulos, y claramente referenciadas las relaciones entre una y otra aparición. Pero lo mejor de “Historia Argentina” estriba en que a esos y los demás personajes, comunes y ordinarios, Fresán les hace cobrar relevancia cuando los pone atravesando esos episodios particulares de la historia argentina, tan bien elegidos por su cercanía e intensidad, episodios así como los dice Soriano en la contratapa del libro.
A veces con ironía, a veces con magnificencia, a veces con patetismo doloroso, a veces con desparpajo, con sus más y sus menos entre cuento y cuento, Fresán provoca y consigue desatar, y estoy seguro que tanto a lectores de su generación como a posteriores y anteriores, una saludable emotividad, ojo, digo saludable obviamente no porque sea necesariamente agradable, sino porque se emparenta con la verdadera historia argentina.

viernes, 6 de enero de 2012

Luz de agosto, de William Faulkner


No en vano está considerada, junto con “Absalom, absalom”, “El ruido y la furia” y “Mientras agonizo”, una de las cuatro mejores novelas de Faulkner. Más allá de la prosa que no siempre fluye muy liviana que digamos (cierto que a veces la culpable es la traducción, Faulkner es un tipo difícil de traducir), el seguimiento de imágenes, la construcción de personajes y la precisa voz del relator, conforman un trípode sobre el que se asienta y nunca se cae, una trama por demás atrapante, atravesada por varias historias laterales, que quizás son de mayor espesor incluso que el argumento central.
Y por eso, si me pregunto quién es el protagonista de “Luz de agosto”, no puedo contestarme mencionando a solamente uno con plena certeza, porque cierto que Joe Christmas se lleva probablemente el “centimil” y es quien hace caminar el relato, pero la épica ingenua de Lena Grove buscando al padre de su hijo ("¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto camino se puede hacer! Sólo hace dos meses que salí de Alabama y ya estoy en Tennessee”), tiene tal intensidad que bien puede ser propia de un personaje principal, al igual que la tremenda, sobrecogedora vida del reverendo Gal Hightower, la entrañable carnadura (más adivinada que dicha) de Byron Bunch o inclusive, pese a que de los nombrados sea la de menor aparición, la señorita Burden, todos emparentados en la sumisión a un mandato, cada quién al suyo y en distinto grado, imposible de ser desobedecido.
La novela presenta, capítulo tras capítulo, continuos saltos temporales o retazos como de rompecabezas, la atractiva modalidad de que hechos o circunstancias apenas esbozados o sugeridos, más adelante se exponen a pleno detalle, o viceversa, una solitaria y breve oración puede, varios capítulos después, explicar (y justificar) el profundo sentido (y necesidad) de un prolongado avatar unas cuantas páginas antes.
Como en mucho de su obra, Faulkner acá también habla, a veces diciéndolo directamente, a veces no (que es cuando más talento muestra) de racismo, que evidentemente perturbó mucho —obsesionó— su tiempo y su geografía, y quizás por eso lo transmita con tanta fidelidad, quizás por eso numerosos episodios despierten en el lector, con intensidad y vividez, sentimientos de angustia, lástima y hasta aborrecimiento hacia unos u otros personajes.
De todas maneras, no es la única miseria que Faulkner recrea en “Luz de agosto”, porque también tienen su espacio moralinas, hipocresías, cultos de la imagen y fundamentalismos. Pero también, un contraste que se aprecia y agradece, aparecen de pronto, como aislados e imprevistos, eventos y personajes teñidos de tal simpleza y humanidad, que desatan una emotividad tan opuesta que no parecen salidos de la misma mano del que creó aquellos otros.
Tengo que decir que me la robo porque es una cita que apareció primero en el blog “El lamento de Portnoy”(http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2006/02/un-faulkner-la-semana-xiii-luz-de.html), a mí también me quedó repicando la siguiente: “La memoria cree antes que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse”

lunes, 19 de diciembre de 2011

Gutiérrez a secas, de Vicente Battista


Una novela escrita con mucho oficio, y en un estilo que, además de tener el sello Battista, posibilita leerla entreteniéndose mucho, con urgencia por seguirla, tanto en las partes cadenciosas como en aquellas donde la trama, acercándose al final, acelera su ritmo.
Y a propósito del final, la novela termina desembocando en un fantástico con cierta cuota de suspenso, quizás inesperado pero para nada injustificado, al contrario, diría que le asiste absoluta lógica al oscuro Gutiérrez, un personaje muy bien fabricado con sólo media docena de rutinas, un par de comportamientos de su historia y un modo de reflexionar, que sin cansar Battista reitera y recuerda con frecuencia a lo largo del texto.
Por lo dicho, Gutiérrez, que se gana la vida como escritor fantasma, es por lejos protagonista excluyente que se roba el interés del lector, aunque tienen lo suyo y contribuyeron al gusto con que me leí “Gutiérrez a secas”, Marabini, su editor (notables los diálogos cuando le recibe o le encarga textos), Requejo, su único amigo (rarísima amistad, de hecho solamente hablan cuando se cruzan accidentalmente en la calle, nunca se visitan a domicilio ni programan encuentros a tomar café), Ivana, una antigua novia real (y digo “real” porque también hay en la vida de Gutiérrez otras dos mujeres, Dolores y Margaret, muy trascendentes para él pese a que ambas pertenecen al mundo virtual de la computación e Internet), y también los correctores de la editorial, elevados en el texto a nivel de lo fantasmal, lo secreto, lo temido, tan importantes para la cabeza de Gutiérrez que precisamente el final se precipita desde que el personaje tiene un contacto cercano con ellos.
Para terminar, me copio de una reseña de Carlos Gazzera “robada” de La Voz del Interior: “Gutiérrez a secas remite a un espacio donde la literatura se propone hablar de algo que está más allá de las insatisfacciones propias de la literatura misma". Y también recomiendo la reseña que en su momento hizo Saccomanno en Página 12: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-301-2002-09-30.html

martes, 6 de diciembre de 2011

Cómo desaparecer completamente, de Mariana Enriquez


Novelaza. Que ya esté saldada me da mucha contradicción, por un lado me parece una tremenda injusticia para una obra tan buena, pero por el otro permite que por unos pocos pesos se la encuentren y puedan disfrutarla muchos de los que hurgamos en las mesas de saldo.
Aunque el texto tiene partes con diálogos, bien dosificados y bien logrados, a la historia la cuenta prevalentemente un relator en tercera persona, al que Enriquez le da una voz precisa, ajustada y prácticamente confundida con la que uno imagina la propia voz de Matías, el protagonista excluyente de la novela, un adolescente viviendo en una verdadera casa de locos, y no me extiendo en por qué es una casa de locos, para que cada lector, como a muchos personajes y episodios, lo vaya descubriendo en la secuencia y con la progresión que eligió la autora, una elección clave para que el texto funcione tan bien como funciona.
La trama de “Cómo desaparecer completamente” responde a una construcción exquisita que invita a leerla sin ganas de parar, es muy imaginativa, densa de la densidad buena, con muchas capas que van revelándose a medida que avanza la novela, y algo muy interesante, los hechos que van acaeciendo en el presente se intensifican conforme se van produciendo las revelaciones de hechos del pasado, hasta llegar a un final muy abierto, con varias resoluciones posibles para que uno lector reponga, desde la más triste y sangrienta hasta la más rosa y emotiva.
Pero lo principal a destacar, y creo que por eso, de todo lo que leí este año, esta novela está entre lo que me más me impactó, es cómo esta chica Enriquez me desató, sin necesidad de apelar a golpes bajos ni escenas truculentas, una lástima tremenda por el nenito Matías, y una emotividad enorme por el adolescente Matías, tan agobiado, tan encerrado, tan desesperado.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

“Los siete locos” y “Los lanzallamas”, de Roberto Artl


Como la mayoría sabe, se trata de una sola novela caprichosamente dividida en dos partes, y la mayoría debe haberla leído alguna vez en su vida, porque Artl debe ser, junto a Borges y Cortázar, uno de los escritores que más se nombra cuando se pide mencionar a escritores argentinos.
Vale la pena leerla otra vez, sobre todo si se la leyó hace mucho, primero que nada porque darse un baño de Artl es muy bueno para el que le gusta la literatura, pero también vale la pena porque uno individuo lector ha cambiado y seguro le encontrará aristas novedosas como si no la hubiera leído nunca, y sobre todo vale la pena, porque los personajes son y seguirán siendo un muestrario alegórico de seres de carne y hueso que están entre nosotros, y entonces, es como una pequeña venganza reconocerlos en sus hipocresías, miserias, deslealtades, patetismos, aunque en fin, también me queda la frustración de que nadie le haya pegado un buen garrotazo a Barsut.
Pero además la novela tiene espacio para la diversión sin angustias, o al menos con angustia bastante disfrazada, el subcapítulo “Los dos bergantes” por ejemplo, Emilio y el Sordo Eustaquio mendigando por la calle Larrazábal, o también “Los amores de Erdosain”, si bien más irónico, satírico, la madre de la Bizca y la Bizca misma son de comedieta, vienen muy bien para contrapesar el mundo agobiante en el que las reflexiones de Erdosain nos mete, que ojo, tiene su riesgo, porque muchas de esas reflexiones tienen la desmesura necesaria para perfilar al personaje, darle su punto de vista, pero otras no son del todo desatinadas, hay momentos en los que se piensa que no estaría mal una fábrica de fosgeno para atender a ciertos especímenes.
Pasando a lenguaje, me copio de la presentación del prólogo de Mirta Artl a la edición 1968, Compañía Fabril Editora”, de “Los Lanzallamas”: ´Lo pintoresco surge frecuentemente en el encaramelarse del autor con algunos giros y palabras de su jerga habitual: los muros son “encalados”; los que sirven, “menestrales” y “menestralas”; los inescrupulosos, “rufianes”, “traficantes”, “canallas”, “bergantes”; el abogado, “jurisconsulto”; la mugre es “más sucia que un muladar”; el ambiguo o huidizo, “más esquivo que un mulo”; el interés “encuriosa”; el vidrio “encristala”; la pollera “se arremolina”. Se podría seguir con largas listas, pero sólo señalaremos, para concluir, algún trozo descriptivo donde el escritor es casi totalmente expresionista: “Algunos techos pintados de alquitrán parecen tapaderas de ataúdes inmensos. En otros parajes, centelleantes lámparas eléctricas iluminan rectangulares ventanillas pintadas de ocre, de verde y de lila. En un paso a nivel rebrilla el cúbico farolito rojo que perfora con taladro bermejo la noche que va hacia los campos”´.
Y para terminar una cosa no menor, algo distintivo ha de tener Erdosain para que rememorándolo, uno se acuerde de la rosa de cobre (bah, galvanoplástica)por encima de todo lo demás.

lunes, 31 de octubre de 2011

Barajas, de Alejandra Zina


Alejandra Zina es del “semillero” de Laiseca, y aunque en esta novela que le leí no encontré parentesco con la literatura que conozco de su Lai-Tsé (no me acuerdo dónde vi que ella lo llamó así y me gustó), es muy probable que algo (o mucho) de él haya sido capturado por el oficio con el que Zina escribió “Barajas”.
El argumento responde a una historia lineal, lo que pasa en un viaje de Buenos Aires a Madrid, una historia ya de por sí entretenida y con buena progresión narrativa, pero que tiene el plus de un “mechado” de capítulos evocativos (principalmente notas de familia y romances de la protagonista), la mayoría muy lindos y todos, pertinentes a efectos de la construcción del personaje principal.
A propósito, Caro, una de las azafatas del viaje (y la que nos cuenta la historia en acertada elección de la primera persona para hacerlo), tiene mucha carnadura, es sólida, rápidamente se reconoce su perfil, su voz nunca deja de cuadrar con la idea que nos hemos hecho de ella y se comporta consistente a lo largo de toda la novela. La mayor parte del resto de la troupe (sumando los personajes que están subidos al avión en el transcurrir presente y los evocados) también están bien compuestos, tienen registros acertados cuando se les da la palabra y resultan funcionales a la trama, y no solamente los que acompañan a Caro todo el tiempo, sino también los que aparecen una vez y no se los trae de nuevo o los apenas esbozados.
La prosa es fluida, y los ritmos del relato siguen la intensidad, la tensión o el simple devenir de cada episodio y sus nexos, casi que no hay detenciones en la lectura, y cuando las hay obedecen en todo caso al valor de ciertos subtextos que aparecen, sobre todo, en los capítulos evocativos. Esta fluidez en un texto al que entiendo sin fallas de economía (casi que no le sobra nada), ayuda también a que “Barajas” sea una novela llena de imágenes que se siguen perfectamente, que “se ven”.
Personalmente, tuve algunos baches de “atrapamiento” en tres o cuatro capítulos promediando la novela, pero rápidamente salí de ellos y no volví a caer, y creo que mucho ayudó la aparición del bonus, me sale decir, de “Hay hombres que te quedan en la piel”, mi capítulo preferido, impecable para mi gusto.
La novela remata con una resolución clásica a la que no le caben muchas objeciones, tal vez, y ya en el campo de lo discutible conforme a gustos, sólo ciertos preanunciamientos un par de capítulos antes del final. No obstante, esos preanunciamientos tienen motivos de elogio por otro wing, ya que se hacen con un muy buen recurso, primero porque es el único salto temporal, y segundo porque es a través de una carta en la que Zina, pese al uso tan frecuente de las cartas en la literatura, se atreve y consigue originalidad.
Conclusión: la “Chica Halcón”, así le dicen a Caro en algunos ámbitos, hace pasar un buen rato.

jueves, 27 de octubre de 2011

La historia del amor, de Nicole Krauss


Una novela bien escrita que merece ser leída sin los prejuicios que podrían surgir a partir del título, de ciertas sospechas de que los norteamericanos quisieron encumbrar a la Krauss de prepo y de las reseñas que adelantan momentos demasiados “sensibles”. Cierto que tiene partes que rozan, e incluso momentos que caen en lo hollywoodense (de hecho, hace 5 o 6 años, cuando la novela se publicó, la Warner compró los derechos para hacer la película, aunque no encontré información de que finalmente la hayan hecho) pero lo mismo sale airosa, creo que principalmente, porque personajes bien construidos de entrada, resisten, se sostienen, mucho mejor si les toca navegar en medio de episodios vidriosos.
En la trama,“La historia del amor” es el nombre de una novela que entrelaza la vida de los personajes, básicamente de los dos principales, un anciano polaco que huyó del holocausto y una quinceañera huérfana de padre, empeñada en conseguirle nuevo marido a la mamá (la nena se llama Alma, y así la bautizaron sus padres porque Alma era el nombre de la protagonista de “La historia del amor”). La autora organizó la novela en bloques, la mayoría en la primera persona del viejo o de la adolescente, los de ésta en formato diario o carta, así que visual y rápidamente se los identifica, aunque de sobra, porque una de las cosas más elogiables de la Krauss en esta novela, es la habilidad para acertar en los registros, y los tonos, propios de cada personaje, siendo que son tan distintos entre sí, y atención, no lo digo sólo porque de los protagónicos uno es un hombre octogenario y el otro una chica muy joven, sino también porque la autora los imaginó muy singulares y tuvo habilidad para plasmar esa singularidad.
Otro recurso que me gustó, y mucho, es que Krauss intercala capítulos de la novela como si fueran transcripciones de la misma; no son muchos, pero es suficiente para darle al texto una estructura anidada y, lo principal, enriquecerlo con las partes más sutiles y reflexivas de la novela.
También valoro que Krauss no se haya ensañado con la cuestión de la guerra, y más que de la guerra del genocidio judío, sino que ella consigue emotividad con otros recursos argumentales, la mayoría más simples y ligados con otros asuntos de la naturaleza humana, sus dolores y sus alegrías, aunque siendo que el holocausto es fundamento argumental para muchas de las cosas más trascendentes de la trama, supo desarrollar lo sustancial sin morbo y sin apelaciones a caminos demasiado transitados.
Si me pongo muy purista, le quitaría algunas escenas y desarrollaría más otras, vería de que fuera menos intrincada para aventar riesgos de inverosimilitud, y bajaría un cambio en el final, para mi gusto y volviendo al principio, lo más Hollywood de la novela, pero nada bastante para dejarla pasar.

viernes, 21 de octubre de 2011

"Emilio, los chistes y la muerte", de Fabio Morábito


Conocía a Morábito por sus cuentos (Grieta de Fatiga y La Lenta Furia), esta es la primera novela que le leo (no se conseguía, gracias Myriam por el esfuerzo) e igual que en los cuentos, sobresalen enseguida dos cuestiones: la fluidez de la prosa (y su sencillez, aún para decir cosas para nada sencillas) y la habilidad para que a poco de transcurrir el relato, uno se cree y acepta todo, aún lo poco razonable y/o verosímil.
Así es el universo Morábito, los personajes “son” y lo que pasa “es”. Y en esta novela, Emilio, 12 años, hijo de padres separados, es un chico rarísimo, pero su rareza no tiene nada de ordinario, muy por el contrario, los síntomas, los ribetes, siempre sorprenden y siempre están diciendo algo más allá del texto, incluso en los detalles absolutamente accesorios, como por ejemplo sus pensamientos cuando se concentra en la observación de una fila de hormigas. Eurídice, la coprotagonista, es una cuarentona que vive sola y ha perdido a un hijo de la edad de Emilio, ¡y se encuentran en un cementerio!, sí, el escenario principal es un cementerio, al que Emilio va todos los días a cazar chistes y a memorizar nombres de muertos, ¿ven?, dicho así parece un reverendo bolazo, bueno, nada de bolazo, montado en ese absurdo sólo aparente si se lo piensa en términos de su funcionalidad a la trama, Morábito teje una historia notable, desprende un haz de situaciones muy provocadoras, que nos llevan a cada rato a lugares muy reflexivos acerca de la naturaleza humana, e inclusive —este al menos fue mi caso— a lugares propios e íntimos.
Morábito hace todo con sutileza, o casi todo, porque las excepciones que elige son las necesarias para crear un fuerte contraste, romper un ritmo, hacer sonar una alarma, como cuando Eurídice se desnuda para orinar entre un yuyal del cementerio, y después vuelve a lo sutil, pero el efecto buscado ya se instaló y el perfume con el que se sigue leyendo ya no puede dejar de olerse.
Accesorios a los dos protagonistas, hay un abanico de personajes, todos imprescindibles, todos muy bien delineados y todos tan borders como Emilio y Eurídice, entre otros la madre y el padre de Emilio, el policía que custodia la puerta del cementerio, un fulanito que acomoda las flores en los nichos, un monaguillo en los entierros, notables, y a cuento del monaguillo una curiosidad, Morábito se copia a sí mismo del cuento “Hormigas” que está en “Grieta de Fatiga” ( o al revés, no sé).
Tal vez, a riesgo de pecar de atrevido, el único defecto que le encuentro es que el desenlace no está a la altura de una construcción tan buena, ojo, no digo que es malo, nada más que decepcionó un poco mis expectativas de final.
Para terminar: “Esta es la historia de la relación entre un niño de 12 años que tiene un exceso de memoria y una mujer de 40 quisiera olvidarlo todo”. Así arranca la reseña en la contratapa del libro y es un resumen excelente, pero que apenas se asoma a la densidad que tiene la novela.

jueves, 20 de octubre de 2011

Kryptonita, de Leonardo Oyola


Cuando Oyola habla de su literatura, apela muchas veces a la expresión “prontuario”, y confirmo en esta segunda novela que le leí, la sensación de una fuerte presencia de prontuario, lo que en sí mismo no es la gran cosa ni una originalidad, todos los que escriben chorean de su prontuario, vaya novedad, pero lo que distingue a Oyola es como empilcha y maquilla, como hace para convertir una anécdota en una ficha completa de personaje o un nudo argumental bien instalado y bien resuelto, porque a ver, ¿cuántas Lady Di inspiradoras habrá visto Oyola?, ¿cuántas Lady Di hemos conocido tod@s?, pero sin embargo, la Lady Di de Kriptonita es sólida, única y amorosa como ninguna de las que conocimos e imaginamos, sus parlamentos son los más emotivos de toda la novela, se me ocurre que por eso, en el capítulo de Carozo y Narizota, aunque lo cuenta Fede, Oyola precisa partes en la que Fede le cede la palabra a Lady Di.

De todas maneras, yo pienso que no hay novela que pueda escribirse sólo con el prontuario, por más buen maquillador y vestuarista que sea el escritor, así que ahí viene la imprescindible parte de buen imaginador, y para muestra alcanza y sobra con Nafta Súper, el que aporta la cuota de fantástico (pero ojo, no cualquier cuota sino Súperman en el Gran Buenos Aires oscuro), el protagonista mudo de Kryptonita, otra cosa interesante, el protagonista no habla nunca y sin embargo, termina la historia y es el más completo y acabado de todos los personajes, conocido exclusivamente a través de la voz del resto.

Mucho más no tengo, ya se ha dicho mucho de Kryptonita y no lo quiero repetir, me queda nomás el deslizar del texto, en dos o tres sentidos lo menciono, porque hay un primer deslizar en el hecho del arranque con una predominancia del médico “nochero” (yo me desayuné con qué es un “nochero” leyendo la novela) para ir “deslizando” esa predominancia hacia Nafta Súper y su banda de manera paulatina, casi imperceptible, y de todas formas permanece el relato en la primera persona del “nochero”·; hay otro deslizar en los diferentes registros narrativos, porque si bien hay trompicones entre capítulos, incluso dentro de un mismo capítulo, no le hacen mal a la trama, al contrario, “deslizan” de un modo que justamente son a favor de la trama (a propósito de la cuestión registro narrativo, hay una entrevista en El Litoral de Santa Fe, http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/10/08/arteyletras/ARTE-02.html, yo la subí a Facebook hace unos días, muy interesante lo que Oyola dice acerca de sus registros); y lo rítmico, cierto que al lector seguro lo influencian varias referencias que contiene el texto, pero también es cierto que el relato tiene partes en las que a uno se le “deslizan” músicas en la cabeza.

Y grandísimos finales, sí, finales, porque son dos, el de la novela y el otro, “Vas a ser diferente mi chiquito…te amo mucho hijo mío”

martes, 27 de septiembre de 2011

La lenta furia, de Fabio Morábito


En este libro de cuentos, veo el arte de Morábito sobre todo en el “cómo”, porque la forma, simple y sin rebuscamientos, en que están escritas cada una de las historias —un colmo de desmesuras, plagadas de episodios y personajes objetivamente inverosímiles— construye un “qué” aceptado, paladeado y vivenciado como lo más natural del mundo.
Pero entonces, embarcado en esa naturalidad, es posible aproximarse, aunque sea por intuición o sensación, a contenidos por debajo de las capas superficiales de los textos, por ejemplo en “Los Vetriccioli”, un contrapunto entre dos familias de traductores, encontré familiaridad con los Cronopios y los Famas, y en “El huidor”, por citar sólo uno más, es soberbio cómo, partiendo de un personaje absurdo, casi cómico, incluso grotesco, llega en el final a una atmósfera tan triste, tan agustiosa.
Los dos cuentos del libro que más me gustaron fueron el primero, “Las madres”, y el último y más corto de todos, “Oficio de temblor”. “Las madres” porque Morábito construye un texto de contraste, entre casi todo el tiempo con el ritmo y las alternativas de una ola de tormenta furiosa (el primitivo y salvaje mes durante el que las madres entran en celo), y el final de la misma ola una vez que rompió y llega mansita a la playa. “Oficio de temblor”, una cadencia constante en cambio, me gustó especialemnte por el terremoto como personaje, tan bien imaginado por el autor, calculador, paciente, pensante, casi siempre destinado a satisfacerse, pero incluso a veces, frustrado. De perlita, transcribo cómo arranca: “El temblor no llegó con su intenso cortejo de cristales ni su amplia funda de razones. Apenas se insinuó de casa en casa, sedoso y delicado, palpando las esquinas y las puertas. Los que dormían en los últimos pisos del edificio oyeron los golpes espaciados con que tanteaba la solidez de la construcción, un tenue ¡pum! ¡pum! ¡pum! Que la mayoría confundió con los latidos de sus pechos. Era como el primer ruido del mundo, no manchado por ninguna impureza.”

viernes, 23 de septiembre de 2011

Papeles en el viento, de Eduardo Sacheri


A Sacheri no hay que pedirle subtexto, elipsis o roscas por el estilo, lo de Sacheri es todo servido, todo iluminado, todo directo. Y con independencia de que a mí me gustan más los textos con un poco de oscuridad, segunda lectura y algo más de espacio al lector, no hay duda de que el tipo tiene mucho oficio en su estilo.
Acá la historia responde a una idea muy imaginativa y con personajes que en el arranque están bastante bien construidos, el registro es más que consistente y la lectura fluida, con una estructura muy interesante de capítulos dobles, una parte es del presente, la otra del pasado, no necesariamente relacionadas entre sí, y se hacen agradables esos continuos saltos atrás y adelante.
El problema arranca más o menos de la mitad de la novela para adelante, desde ahí los episodios empiezan a parecer forzados, los diálogos demasiados estructurados y sobre todo superabundantes, repitiéndose en exceso en lo esencial de lo que se quiere decir. Por otro lado los personajes, que para mi gusto son por lejos lo mejor del libro, pierden buena parte de la consistencia que tenían, y atrás de eso (o quizás como causa) suceden ciertas circunstancias medio golpe bajo y/u otras que se caen de lo verosímil, particularmente el desenlace, un poco por el cambio de actitud de uno de los personajes (ojo, hay un intento de justificarlo, y no es malo, sólo que me parece insuficiente para la personalidad que se me vendió hasta ahí), y más que nada porque no se entiende la relación entre el plan urdido y ejecutado con éxito por los protagonistas, y la ventaja que obtienen.
Otro déficit a mi entender, es que el texto no invierte lo necesario (o lo invierte mal) para justificar, instalar en el lector de manera creíble, el afecto que tres de los protagonistas sienten hacia un personaje secundario, y no es un tema menor porque ese afecto es el móvil excluyente de todo lo que hacen.
Para terminar, una buena, por lo menos para todos los futboleros. Se nota que Sacheri tiene cancha, quiero decir cancha de haber estado y sufrido partidos de fútbol, y lo demuestra en uno de los últimos capítulos (parte pasado), los “papeles en el viento” mientras se espera para salir del estadio después de un partido que se ganó.
Y otra buena, son más de 400 páginas que se leen de una sentada, eso siempre tiene su crédito.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Vida de santos, de Rodrigo Fresán


Lo empecé a leer desanoticiado en cuanto a de qué la iba, ni siquiera sabía que cada capítulo eran cuentos que admitían lectura independiente, salvo el último (de ¿agradecimientos?) y el penúltimo, el que más me gustó, aunque no sé si por el bien conseguido tono de epopeya aventurera del personaje que finalmente muestra la cara, o porque resume (e ilumina) la relación de todas las historias, que hasta ahí tenían un hilo conductor, pero que al final terminan conformando la trama de una novela bastante hecha y derecha.
Me costó agarrarle la vuelta al código Fresán de estos cuentos-novela. Y, en el pecado está la virtud (o viceversa), muchas de las dificultades tuvieron que ver con el estilo cultivado, grandilocuente y denso de los relatores siempre en primera persona, largos fraseos que muchas veces obligaban a releerlos más de una vez, pero para mí es justamente esa elección la que apuntala la ironía blasfema y hereje que chorrea el texto, materializada mediante personajes y episodios ingeniosos, tanto en sí como en su nexo, aún traído de los pelos a veces, con la Biblia, los Evangelios, el Vaticano, la vida de Jesús, etc, etc., e incluso otros hechos que se salen de la apelación religiosa o cristiana, y también de lo universal para concentrarse en lo argentino, como cuando uno de los personajes crea una historieta fantástica cuyo héroe, un NN marca registrada, así se llama, recupera “las manos perdidas del Gran Líder”, trae a la vida a sus “antiguos y desaparecidos compañeros”…que no son reconocidos por sus nietos y bisnietos y se los ubica en los cuartos del fondo. (nota importante, Fresán escribió “Vida de santos” entre diciembre de 1991 y marzo de 1993).
Me gustó, como efecto muy funcional, el esmero de Fresán para elegir, imaginar, asociados a cada capítulo, lo prodigioso, lo descomunal, lo excesivo, en ese sentido son especialmente impresionantes el “Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra”, el REAL ascenso a los cielos (a los infiernos, en los términos Fresán) en el The End de la película “La Crucificción”, la dantesca escena de la policía allanando el domicilio de Sebastián Coriolis o la increíble “Música para destruir mundos”.
Al final entonces, no puedo decir que sea una obra absolutamente redonda, pero no estoy arrepentido de haberla leído, al contrario, y en tren de elegir partes dónde mejor la pasé, me quedo con (igual, no se entusiasmen demasiado con el ejemplo, éste no es el ritmo prevalente): “…Un tipo que quería aislar a Dios. Decía que Dios era un virus. O una célula. O una neurona. O una enfermedad. O un cromosoma. No sé, algo por el estilo. Decía que los que creían en Dios tenían abundancia de eso en la sangre. O en los huesos. O en el cerebro. O en algún lado. Y los que no creían eran inmunes al virus, o carecían de ese cromosoma y no podían ser contagiados. Estaba seguro de eso. Lo que le interesaba era aislar a Dios e inyectárselo a personas que no creyeran para ver lo que pasaba. Quería ver en qué mutaba un agnóstico terminal al ser inyectado. Quería ver si una dosis masiva de Dios capacitaba a alguien para hacer milagros. Caminar sobre las aguas y esas cosas. Quería ver si un Dios inyectable era el remedio para todos los males de este mundo…”.

miércoles, 29 de junio de 2011

Hacé que la noche venga, de Leonardo Oyola


Una novela que arranca con un linyera (en realidad un atorrante, como el protagonista aclara repetidamente) durmiendo en una estación de subte de una línea con un túnel en construcción, y un asesinato cuyo ejecutor es “la noche”, no tiene más destino que agarrar al lector y no soltarlo hasta el final.
La historia básica gira alrededor de crímenes, mafiosos, policías corruptos y héroes que vienen a poner justicia, dicho así una historia de género ordinaria y vieja, pero la novedad transformadora, la creación ingeniosa, está puesta en, primero, el fantástico que colorea todo el planteo, después, un desarrollo en el que aparecen revelaciones más extraordinarias todavía, y un desenlace en el que convergen los perfiles del abanico de personajes, perfiles dibujados a lo largo de toda la trama siempre al borde de sus extremos, que en el final los desbordan y explotan.
El escenario y el tiempo contribuyendo a un clima preciso, las anomalías constantes, las entretenidas lateralidades que acaban por fundirse en el nudo argumental y, sobre todo, la gama de personajes fuera de todo molde, acaban por construir una novela que casi no tiene desperdicio.
A propósito de los personajes, creíblemente increíbles me sale decir, y sólo como botones de muestra que no anticipen demasiado a quién todavía no la leyó, hasta los animales y los objetos tienen entidad propia y atrayente, un Winchester 67 prácticamente cobra vida en La Rosa Amarilla, como lo bautiza su dueño y lo trata como a una esposa, o el gato Pichuco, al que los médicos le dan a comer la apéndice cuando se la extirpan en un hospital público al protagonista, y desde ahí lo sigue todo el tiempo, no por fidelidad sino porque la apéndice le gustó tanto, que está a la espera de que se muera para comer el resto.
Ni hablar de ese protagonista, un linyera (perdón, un atorrante) que ha conocido un pasado mejor (como surge de su lenguaje cultivado y sus conocimientos), aunque no se da mucha información (y no hace falta), acerca de cómo llegó a su situación de calle y pobreza.
Muy buena la velocidad del relato, sólo opacada en algunos tramos, por lo que a mí me parecieron exceso de aclarativos en los diálogos, o términos fuera de nuestro registro, por ejemplo “jalar el gatillo”, aunque como hay un mejicano, un ex cura (el dueño de La Rosa Amarilla) que libra batallas contra el diablo, quizás esos términos tengan justificación. Interesante, por lo menos simpático, títulos de viejas series de TV como nombres de capítulos. Y sólo me queda mencionar el gran final, a toda orquesta, y cuando la lean entenderán que no es sólo una metáfora, el jazz también es un personaje.
Parece que Tres, así se llama el personaje principal, anda en otras novelas. Voy a buscarlas.

martes, 14 de junio de 2011

Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (y algo de la película)


La novela es —básicamente y sin revelar nada de lo que conviene ir descubriendo con la lectura— una historia de humanizados en un mundo deshumanizado. Está escrita con una gran habilidad para poner ese mundo en un segundo plano (en lo que a extensión de texto se refiere), pero plantado de un modo tan fáctico e inmodificable, que los rasgos “humanos” de los protagonistas sobresalen con nitidez e intensidad. Y, sin caer en el golpe bajo, provocan un abanico de emociones que crecen continuamente.
Uno arranca a leer y se encuentra con un estilo y lenguaje propio del best seller americano, pero enseguida ve, como primera cuestión a destacar, la construcción de un tejido argumental buenísimo, algo que ya noté en “Los restos del día”, la otra novela que leí de Ishiguro, basada en la cual Anthony Hopkins y Emma Thompson protagonizaron esa maravilla de película que acá en Argentina se conoció como “Lo que queda del día”.
En “Nunca me abandones”, Ishiguro va sembrando desde el principio, con una frase suelta, incluso con nada más que palabras sueltas (con acepciones específicas, no necesariamente la primera acepción del diccionario), indicios de adónde conduce. Son indicios muy precisos y lo mismo despiertan intriga, a las veinte páginas uno queda seducido por la trama, ayudado además por una prosa ágil, sencilla de digerir aún en las partes más intrincadas. Sólo tuve algunos “nudos”, pocos, en ciertas frases largas, pero se me ocurre que obedecen más a problemas de traducción, que en lenguaje original la novela debe tener giros muy british, difíciles de pasar al castellano respetando la intención del autor.
Uno de los recursos que más me gustó, usado con frecuencia y funcional para una comprensión acabada, es el de relatar las consecuencias de algunos episodios, antes del relato del episodio mismo. No son propiamente saltos temporales, sino más bien un modo organizador de los recuerdos y reflexiones de la narradora en primera persona, el personaje principal de la novela, cuyo punto de vista es la clave, el cimiento sobre el que Ishiguro construye todo. Bien enfocado, consistente, provee tal solidez, que la novela resiste sin problemas los riesgos de inverosimilitud de la idea argumental básica, una idea no demasiado novedosa pero que nunca antes vi tan bien manejada.
Atrapante, me dijo la amiga que me recomendó la novela y me prestó el libro. Totalmente de acuerdo.

La pelicula. Basada en la novela de Ishiguro, se hizo en 2010 dirigida por Mark Romanek. En el balance, lo primero a decir es que el cine inglés nunca me traiciona, que lo esencial de la novela queda al cabo preservado y que las actuaciones, la dirección y la fotografía son excelentes. No obstante, me decepcionaron las omisiones o modificaciones respecto a la novela, que cambian rasgos importantes de algunos personajes.

jueves, 21 de abril de 2011

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy


Ya había comentado lo bien que me había impresionado este tipo con “No es país para viejos”, lo primero que le leí. Dos o tres más que le conocían el pedigree mucho mejor que yo, me dijeron que LA novela a leerle era “Todos los hermosos caballos”.
No se equivocaron. Por un lado, la historia tiene una progresión narrativa casi perfecta, el interés crece y crece, superada la dificultad de abordar el desorden de las primeras páginas (desorden que tiene plena justificación en la necesidad de “plantar” así y sólo así al protagonista), la trama es un tobogán del que uno no se quiere bajar, pero aunque conduce a un destino que para mí el autor tenía claro desde que escribió la primera línea (por lo impecable que articula todo), no es un tobogán lineal, y las curvas y contracurvas no son disgresiones o lateralidades para llenar papel, si no que terminan siendo la esencia para que el comportamiento de los personajes, el nudo dramático y el desenlace sean verosímiles.
Uno de los puntos de apoyo de la novela, es la relación de los personajes principales con los caballos, una relación que se pinta con mucha carnadura y que también permite entender, aceptar, decisiones que sin ese contexto tan bien construido, podían haber sido dudosas. Más que explicarlo me sirve transcribir: “El muchacho que montaba un poco adelantado a él no sólo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era, sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría puesto en marcha para vagar adonde fuese durante el tiempo necesario hasta encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría sido”.
El texto transcurre fluido, rítmico, apelando en las partes trascendentes sólo a lo imprescindible, salvo durante los remansos, varios pero agradables, en los que se detiene para contemplar los paisajes en los que primordialmente trascurre la historia. Es un texto que hace ver y sentir, hay tramos muy emotivos (me quedo con el encuentro final entre John Grady y Alejandra), otros profundos y con ligazones a la historia, la cultura, la sociedad del tiempo en que se instala (y acá destaca particularmente la tía de Alejandra). McCarthy no ilumina totalmente los rasgos y motivaciones de los personajes, y se hace muy placentero percibirlos en lo sugerido, en lo no dicho, pero de todas formas —vale la pena aclararlo en términos de la corriente literaria a la que creo pertenece la novela— la posición del autor y la resolución de la historia son directas e indudables.
En el 2000 se hizo una película basada en este libro, con Matt Damon en el papel de John Grady, dicen que, a diferencia de los Coen (“Sin lugar para los débiles” basada en “No es país para viejos”), no se han lucido mucho, tendré que verla para opinar por mí.

martes, 12 de abril de 2011

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole


No me cae bien un tipo que se suicida porque no le publican una novela, lejos de ver apasionamiento veo un narcisismo patológico y una vida que habrá sido muy pobre para no tener razón de vivirla sin su libro en las vidrierías de las librerías. Así que Toole no me conmociona por ese lado, sino porque construyó una sátira descomunal a través de una arquitectura de texto casi perfecta para mi gusto, cómo me lamento no haber leído antes esta novela.
Más allá del protagonista excluyente, Ignatius Reilly, un border desopilante que desea un mundo que atrasa por lo menos un siglo, hay un mosaico de personajes que asoman como simples complementos laterales y terminan, todos, teniendo brillo propio, por nombrar sólo dos, y nombrar sólo dos es injusto, el contrapunto con Myrna Minkoff, otra border pero en las antípodas de Ignatius, o el negro Lee, una acidez extrema para burlarse de su propia condición.
En determinado momento, el fundamentalismo de Ignatius alcanza ribetes épicos, aunque sólo para su cabeza afiebrada, porque sus pensamientos, sus escritos, sus planes para que sus ideas incidan en el entorno al que accede (entorno por otra parte apropiadísimo), son tan absurdos que ya dan risa desde que empiezan a esbozarse, y como los personajes entre los que alterna son uno más estrambótico que otro, termina de armarse una cadena de episodios en el que no puede encontrarse una pizca de razón, y es entonces, en esa irracionalidad, que aparece el mordaz sentido crítico, irónico, con el que Toole escribió la novela.
Pese a una estructura demasiado lineal y a que no todos los episodios aludidos tienen el mismo nivel de creatividad, chapeau para la intención del escritor, y seguramente le reconocería más si como presumo, ignoro y por eso me pierdo, muchas alusiones al momento e incluso al folklore, de la Nueva Orleans en el tiempo que la novela se instala.

sábado, 12 de febrero de 2011

El libro de los afectos raros (Carlos Gamerro)


Muy agradecido a la recomendación de Diego Dudo de Todo, a este tipo hoy hay que leerlo, y como a mí me gusta hacer, le entré por los cuentos de este libro. No me gustaron del todo todos, pero tiene un estilo nuevo, original, y lo mejor, la esencia de cada historia yace por abajo del texto. Salvo “Fulgores nocturnos” —el cuento que más me gustó de todos— que engancha desde la primera línea, me pasó que arrancaran como “rateando”, pero al ratito nomás entran a regular y ya no se puede parar de leer, sí o sí y aunque la mayoría son largos, tienen que leerse de una sentada para no perderles el ritmo con el que están escritos.

Lo digo ahora porque prefiero terminar con lo bueno, y porque no invalida para nada lo positivo de mi balance, que los que menos me gustaron fueron “Las hamburguesas del mal” (pueden buscarlo en un Verano 12 de no hace mucho) y “Marina en sol y azul cobalto”, y en éste último es una pena que me pase porque Gamerro dice en el epílogo que le tiene especial afecto, y ojo, me atemoriza que alguien piense que obedece a que se me mete con la ¿truculencia? de la relación de un tipo con una nena de 9 años, no es eso, al contrario, es difícil ponerle la verosimilitud que le pone a la naturalidad con la que los personajes lo viven, y quizás sea el más prolijo y consistente de todos, nomás me pasó que camina siempre por un borde de insistencia que a veces suma, pero a veces se transforma en un regodeo que molesta. En ese mismo borde, me parece, está “Norma y Ester”, pero en el “durante” no se manifiesta tanto, y en el después acaba siendo un cuento redondo, redondo.

En todos los cuentos, Gamerro consigue los climas justos, perfectos, y sobre todo en “Fulgores nocturnos”, “Tarde perfecta con una loca” y “El cuarto levantamiento”, crea un estado de incertidumbre que mueve a devorarse las páginas, no solamente por llegar al desenlace, más, y acá está lo mejor, por las dudas crecientes acerca de si lo que el relator declara, de si lo que parece, es eso en realidad y no otra cosa, e inclusive, como en “Tarde perfecta…”, si no es justamente al revés. Y si de locura se trata, “Ella era frágil” es un concierto, hacía rato que no leía personajes llevados a extremos, sostenidos con tanta solidez.