martes, 27 de septiembre de 2011

La lenta furia, de Fabio Morábito


En este libro de cuentos, veo el arte de Morábito sobre todo en el “cómo”, porque la forma, simple y sin rebuscamientos, en que están escritas cada una de las historias —un colmo de desmesuras, plagadas de episodios y personajes objetivamente inverosímiles— construye un “qué” aceptado, paladeado y vivenciado como lo más natural del mundo.
Pero entonces, embarcado en esa naturalidad, es posible aproximarse, aunque sea por intuición o sensación, a contenidos por debajo de las capas superficiales de los textos, por ejemplo en “Los Vetriccioli”, un contrapunto entre dos familias de traductores, encontré familiaridad con los Cronopios y los Famas, y en “El huidor”, por citar sólo uno más, es soberbio cómo, partiendo de un personaje absurdo, casi cómico, incluso grotesco, llega en el final a una atmósfera tan triste, tan agustiosa.
Los dos cuentos del libro que más me gustaron fueron el primero, “Las madres”, y el último y más corto de todos, “Oficio de temblor”. “Las madres” porque Morábito construye un texto de contraste, entre casi todo el tiempo con el ritmo y las alternativas de una ola de tormenta furiosa (el primitivo y salvaje mes durante el que las madres entran en celo), y el final de la misma ola una vez que rompió y llega mansita a la playa. “Oficio de temblor”, una cadencia constante en cambio, me gustó especialemnte por el terremoto como personaje, tan bien imaginado por el autor, calculador, paciente, pensante, casi siempre destinado a satisfacerse, pero incluso a veces, frustrado. De perlita, transcribo cómo arranca: “El temblor no llegó con su intenso cortejo de cristales ni su amplia funda de razones. Apenas se insinuó de casa en casa, sedoso y delicado, palpando las esquinas y las puertas. Los que dormían en los últimos pisos del edificio oyeron los golpes espaciados con que tanteaba la solidez de la construcción, un tenue ¡pum! ¡pum! ¡pum! Que la mayoría confundió con los latidos de sus pechos. Era como el primer ruido del mundo, no manchado por ninguna impureza.”

viernes, 23 de septiembre de 2011

Papeles en el viento, de Eduardo Sacheri


A Sacheri no hay que pedirle subtexto, elipsis o roscas por el estilo, lo de Sacheri es todo servido, todo iluminado, todo directo. Y con independencia de que a mí me gustan más los textos con un poco de oscuridad, segunda lectura y algo más de espacio al lector, no hay duda de que el tipo tiene mucho oficio en su estilo.
Acá la historia responde a una idea muy imaginativa y con personajes que en el arranque están bastante bien construidos, el registro es más que consistente y la lectura fluida, con una estructura muy interesante de capítulos dobles, una parte es del presente, la otra del pasado, no necesariamente relacionadas entre sí, y se hacen agradables esos continuos saltos atrás y adelante.
El problema arranca más o menos de la mitad de la novela para adelante, desde ahí los episodios empiezan a parecer forzados, los diálogos demasiados estructurados y sobre todo superabundantes, repitiéndose en exceso en lo esencial de lo que se quiere decir. Por otro lado los personajes, que para mi gusto son por lejos lo mejor del libro, pierden buena parte de la consistencia que tenían, y atrás de eso (o quizás como causa) suceden ciertas circunstancias medio golpe bajo y/u otras que se caen de lo verosímil, particularmente el desenlace, un poco por el cambio de actitud de uno de los personajes (ojo, hay un intento de justificarlo, y no es malo, sólo que me parece insuficiente para la personalidad que se me vendió hasta ahí), y más que nada porque no se entiende la relación entre el plan urdido y ejecutado con éxito por los protagonistas, y la ventaja que obtienen.
Otro déficit a mi entender, es que el texto no invierte lo necesario (o lo invierte mal) para justificar, instalar en el lector de manera creíble, el afecto que tres de los protagonistas sienten hacia un personaje secundario, y no es un tema menor porque ese afecto es el móvil excluyente de todo lo que hacen.
Para terminar, una buena, por lo menos para todos los futboleros. Se nota que Sacheri tiene cancha, quiero decir cancha de haber estado y sufrido partidos de fútbol, y lo demuestra en uno de los últimos capítulos (parte pasado), los “papeles en el viento” mientras se espera para salir del estadio después de un partido que se ganó.
Y otra buena, son más de 400 páginas que se leen de una sentada, eso siempre tiene su crédito.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Vida de santos, de Rodrigo Fresán


Lo empecé a leer desanoticiado en cuanto a de qué la iba, ni siquiera sabía que cada capítulo eran cuentos que admitían lectura independiente, salvo el último (de ¿agradecimientos?) y el penúltimo, el que más me gustó, aunque no sé si por el bien conseguido tono de epopeya aventurera del personaje que finalmente muestra la cara, o porque resume (e ilumina) la relación de todas las historias, que hasta ahí tenían un hilo conductor, pero que al final terminan conformando la trama de una novela bastante hecha y derecha.
Me costó agarrarle la vuelta al código Fresán de estos cuentos-novela. Y, en el pecado está la virtud (o viceversa), muchas de las dificultades tuvieron que ver con el estilo cultivado, grandilocuente y denso de los relatores siempre en primera persona, largos fraseos que muchas veces obligaban a releerlos más de una vez, pero para mí es justamente esa elección la que apuntala la ironía blasfema y hereje que chorrea el texto, materializada mediante personajes y episodios ingeniosos, tanto en sí como en su nexo, aún traído de los pelos a veces, con la Biblia, los Evangelios, el Vaticano, la vida de Jesús, etc, etc., e incluso otros hechos que se salen de la apelación religiosa o cristiana, y también de lo universal para concentrarse en lo argentino, como cuando uno de los personajes crea una historieta fantástica cuyo héroe, un NN marca registrada, así se llama, recupera “las manos perdidas del Gran Líder”, trae a la vida a sus “antiguos y desaparecidos compañeros”…que no son reconocidos por sus nietos y bisnietos y se los ubica en los cuartos del fondo. (nota importante, Fresán escribió “Vida de santos” entre diciembre de 1991 y marzo de 1993).
Me gustó, como efecto muy funcional, el esmero de Fresán para elegir, imaginar, asociados a cada capítulo, lo prodigioso, lo descomunal, lo excesivo, en ese sentido son especialmente impresionantes el “Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra”, el REAL ascenso a los cielos (a los infiernos, en los términos Fresán) en el The End de la película “La Crucificción”, la dantesca escena de la policía allanando el domicilio de Sebastián Coriolis o la increíble “Música para destruir mundos”.
Al final entonces, no puedo decir que sea una obra absolutamente redonda, pero no estoy arrepentido de haberla leído, al contrario, y en tren de elegir partes dónde mejor la pasé, me quedo con (igual, no se entusiasmen demasiado con el ejemplo, éste no es el ritmo prevalente): “…Un tipo que quería aislar a Dios. Decía que Dios era un virus. O una célula. O una neurona. O una enfermedad. O un cromosoma. No sé, algo por el estilo. Decía que los que creían en Dios tenían abundancia de eso en la sangre. O en los huesos. O en el cerebro. O en algún lado. Y los que no creían eran inmunes al virus, o carecían de ese cromosoma y no podían ser contagiados. Estaba seguro de eso. Lo que le interesaba era aislar a Dios e inyectárselo a personas que no creyeran para ver lo que pasaba. Quería ver en qué mutaba un agnóstico terminal al ser inyectado. Quería ver si una dosis masiva de Dios capacitaba a alguien para hacer milagros. Caminar sobre las aguas y esas cosas. Quería ver si un Dios inyectable era el remedio para todos los males de este mundo…”.

miércoles, 29 de junio de 2011

Hacé que la noche venga, de Leonardo Oyola


Una novela que arranca con un linyera (en realidad un atorrante, como el protagonista aclara repetidamente) durmiendo en una estación de subte de una línea con un túnel en construcción, y un asesinato cuyo ejecutor es “la noche”, no tiene más destino que agarrar al lector y no soltarlo hasta el final.
La historia básica gira alrededor de crímenes, mafiosos, policías corruptos y héroes que vienen a poner justicia, dicho así una historia de género ordinaria y vieja, pero la novedad transformadora, la creación ingeniosa, está puesta en, primero, el fantástico que colorea todo el planteo, después, un desarrollo en el que aparecen revelaciones más extraordinarias todavía, y un desenlace en el que convergen los perfiles del abanico de personajes, perfiles dibujados a lo largo de toda la trama siempre al borde de sus extremos, que en el final los desbordan y explotan.
El escenario y el tiempo contribuyendo a un clima preciso, las anomalías constantes, las entretenidas lateralidades que acaban por fundirse en el nudo argumental y, sobre todo, la gama de personajes fuera de todo molde, acaban por construir una novela que casi no tiene desperdicio.
A propósito de los personajes, creíblemente increíbles me sale decir, y sólo como botones de muestra que no anticipen demasiado a quién todavía no la leyó, hasta los animales y los objetos tienen entidad propia y atrayente, un Winchester 67 prácticamente cobra vida en La Rosa Amarilla, como lo bautiza su dueño y lo trata como a una esposa, o el gato Pichuco, al que los médicos le dan a comer la apéndice cuando se la extirpan en un hospital público al protagonista, y desde ahí lo sigue todo el tiempo, no por fidelidad sino porque la apéndice le gustó tanto, que está a la espera de que se muera para comer el resto.
Ni hablar de ese protagonista, un linyera (perdón, un atorrante) que ha conocido un pasado mejor (como surge de su lenguaje cultivado y sus conocimientos), aunque no se da mucha información (y no hace falta), acerca de cómo llegó a su situación de calle y pobreza.
Muy buena la velocidad del relato, sólo opacada en algunos tramos, por lo que a mí me parecieron exceso de aclarativos en los diálogos, o términos fuera de nuestro registro, por ejemplo “jalar el gatillo”, aunque como hay un mejicano, un ex cura (el dueño de La Rosa Amarilla) que libra batallas contra el diablo, quizás esos términos tengan justificación. Interesante, por lo menos simpático, títulos de viejas series de TV como nombres de capítulos. Y sólo me queda mencionar el gran final, a toda orquesta, y cuando la lean entenderán que no es sólo una metáfora, el jazz también es un personaje.
Parece que Tres, así se llama el personaje principal, anda en otras novelas. Voy a buscarlas.

martes, 14 de junio de 2011

Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (y algo de la película)


La novela es —básicamente y sin revelar nada de lo que conviene ir descubriendo con la lectura— una historia de humanizados en un mundo deshumanizado. Está escrita con una gran habilidad para poner ese mundo en un segundo plano (en lo que a extensión de texto se refiere), pero plantado de un modo tan fáctico e inmodificable, que los rasgos “humanos” de los protagonistas sobresalen con nitidez e intensidad. Y, sin caer en el golpe bajo, provocan un abanico de emociones que crecen continuamente.
Uno arranca a leer y se encuentra con un estilo y lenguaje propio del best seller americano, pero enseguida ve, como primera cuestión a destacar, la construcción de un tejido argumental buenísimo, algo que ya noté en “Los restos del día”, la otra novela que leí de Ishiguro, basada en la cual Anthony Hopkins y Emma Thompson protagonizaron esa maravilla de película que acá en Argentina se conoció como “Lo que queda del día”.
En “Nunca me abandones”, Ishiguro va sembrando desde el principio, con una frase suelta, incluso con nada más que palabras sueltas (con acepciones específicas, no necesariamente la primera acepción del diccionario), indicios de adónde conduce. Son indicios muy precisos y lo mismo despiertan intriga, a las veinte páginas uno queda seducido por la trama, ayudado además por una prosa ágil, sencilla de digerir aún en las partes más intrincadas. Sólo tuve algunos “nudos”, pocos, en ciertas frases largas, pero se me ocurre que obedecen más a problemas de traducción, que en lenguaje original la novela debe tener giros muy british, difíciles de pasar al castellano respetando la intención del autor.
Uno de los recursos que más me gustó, usado con frecuencia y funcional para una comprensión acabada, es el de relatar las consecuencias de algunos episodios, antes del relato del episodio mismo. No son propiamente saltos temporales, sino más bien un modo organizador de los recuerdos y reflexiones de la narradora en primera persona, el personaje principal de la novela, cuyo punto de vista es la clave, el cimiento sobre el que Ishiguro construye todo. Bien enfocado, consistente, provee tal solidez, que la novela resiste sin problemas los riesgos de inverosimilitud de la idea argumental básica, una idea no demasiado novedosa pero que nunca antes vi tan bien manejada.
Atrapante, me dijo la amiga que me recomendó la novela y me prestó el libro. Totalmente de acuerdo.

La pelicula. Basada en la novela de Ishiguro, se hizo en 2010 dirigida por Mark Romanek. En el balance, lo primero a decir es que el cine inglés nunca me traiciona, que lo esencial de la novela queda al cabo preservado y que las actuaciones, la dirección y la fotografía son excelentes. No obstante, me decepcionaron las omisiones o modificaciones respecto a la novela, que cambian rasgos importantes de algunos personajes.

jueves, 21 de abril de 2011

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy


Ya había comentado lo bien que me había impresionado este tipo con “No es país para viejos”, lo primero que le leí. Dos o tres más que le conocían el pedigree mucho mejor que yo, me dijeron que LA novela a leerle era “Todos los hermosos caballos”.
No se equivocaron. Por un lado, la historia tiene una progresión narrativa casi perfecta, el interés crece y crece, superada la dificultad de abordar el desorden de las primeras páginas (desorden que tiene plena justificación en la necesidad de “plantar” así y sólo así al protagonista), la trama es un tobogán del que uno no se quiere bajar, pero aunque conduce a un destino que para mí el autor tenía claro desde que escribió la primera línea (por lo impecable que articula todo), no es un tobogán lineal, y las curvas y contracurvas no son disgresiones o lateralidades para llenar papel, si no que terminan siendo la esencia para que el comportamiento de los personajes, el nudo dramático y el desenlace sean verosímiles.
Uno de los puntos de apoyo de la novela, es la relación de los personajes principales con los caballos, una relación que se pinta con mucha carnadura y que también permite entender, aceptar, decisiones que sin ese contexto tan bien construido, podían haber sido dudosas. Más que explicarlo me sirve transcribir: “El muchacho que montaba un poco adelantado a él no sólo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era, sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría puesto en marcha para vagar adonde fuese durante el tiempo necesario hasta encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría sido”.
El texto transcurre fluido, rítmico, apelando en las partes trascendentes sólo a lo imprescindible, salvo durante los remansos, varios pero agradables, en los que se detiene para contemplar los paisajes en los que primordialmente trascurre la historia. Es un texto que hace ver y sentir, hay tramos muy emotivos (me quedo con el encuentro final entre John Grady y Alejandra), otros profundos y con ligazones a la historia, la cultura, la sociedad del tiempo en que se instala (y acá destaca particularmente la tía de Alejandra). McCarthy no ilumina totalmente los rasgos y motivaciones de los personajes, y se hace muy placentero percibirlos en lo sugerido, en lo no dicho, pero de todas formas —vale la pena aclararlo en términos de la corriente literaria a la que creo pertenece la novela— la posición del autor y la resolución de la historia son directas e indudables.
En el 2000 se hizo una película basada en este libro, con Matt Damon en el papel de John Grady, dicen que, a diferencia de los Coen (“Sin lugar para los débiles” basada en “No es país para viejos”), no se han lucido mucho, tendré que verla para opinar por mí.

martes, 12 de abril de 2011

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole


No me cae bien un tipo que se suicida porque no le publican una novela, lejos de ver apasionamiento veo un narcisismo patológico y una vida que habrá sido muy pobre para no tener razón de vivirla sin su libro en las vidrierías de las librerías. Así que Toole no me conmociona por ese lado, sino porque construyó una sátira descomunal a través de una arquitectura de texto casi perfecta para mi gusto, cómo me lamento no haber leído antes esta novela.
Más allá del protagonista excluyente, Ignatius Reilly, un border desopilante que desea un mundo que atrasa por lo menos un siglo, hay un mosaico de personajes que asoman como simples complementos laterales y terminan, todos, teniendo brillo propio, por nombrar sólo dos, y nombrar sólo dos es injusto, el contrapunto con Myrna Minkoff, otra border pero en las antípodas de Ignatius, o el negro Lee, una acidez extrema para burlarse de su propia condición.
En determinado momento, el fundamentalismo de Ignatius alcanza ribetes épicos, aunque sólo para su cabeza afiebrada, porque sus pensamientos, sus escritos, sus planes para que sus ideas incidan en el entorno al que accede (entorno por otra parte apropiadísimo), son tan absurdos que ya dan risa desde que empiezan a esbozarse, y como los personajes entre los que alterna son uno más estrambótico que otro, termina de armarse una cadena de episodios en el que no puede encontrarse una pizca de razón, y es entonces, en esa irracionalidad, que aparece el mordaz sentido crítico, irónico, con el que Toole escribió la novela.
Pese a una estructura demasiado lineal y a que no todos los episodios aludidos tienen el mismo nivel de creatividad, chapeau para la intención del escritor, y seguramente le reconocería más si como presumo, ignoro y por eso me pierdo, muchas alusiones al momento e incluso al folklore, de la Nueva Orleans en el tiempo que la novela se instala.

sábado, 12 de febrero de 2011

El libro de los afectos raros (Carlos Gamerro)


Muy agradecido a la recomendación de Diego Dudo de Todo, a este tipo hoy hay que leerlo, y como a mí me gusta hacer, le entré por los cuentos de este libro. No me gustaron del todo todos, pero tiene un estilo nuevo, original, y lo mejor, la esencia de cada historia yace por abajo del texto. Salvo “Fulgores nocturnos” —el cuento que más me gustó de todos— que engancha desde la primera línea, me pasó que arrancaran como “rateando”, pero al ratito nomás entran a regular y ya no se puede parar de leer, sí o sí y aunque la mayoría son largos, tienen que leerse de una sentada para no perderles el ritmo con el que están escritos.

Lo digo ahora porque prefiero terminar con lo bueno, y porque no invalida para nada lo positivo de mi balance, que los que menos me gustaron fueron “Las hamburguesas del mal” (pueden buscarlo en un Verano 12 de no hace mucho) y “Marina en sol y azul cobalto”, y en éste último es una pena que me pase porque Gamerro dice en el epílogo que le tiene especial afecto, y ojo, me atemoriza que alguien piense que obedece a que se me mete con la ¿truculencia? de la relación de un tipo con una nena de 9 años, no es eso, al contrario, es difícil ponerle la verosimilitud que le pone a la naturalidad con la que los personajes lo viven, y quizás sea el más prolijo y consistente de todos, nomás me pasó que camina siempre por un borde de insistencia que a veces suma, pero a veces se transforma en un regodeo que molesta. En ese mismo borde, me parece, está “Norma y Ester”, pero en el “durante” no se manifiesta tanto, y en el después acaba siendo un cuento redondo, redondo.

En todos los cuentos, Gamerro consigue los climas justos, perfectos, y sobre todo en “Fulgores nocturnos”, “Tarde perfecta con una loca” y “El cuarto levantamiento”, crea un estado de incertidumbre que mueve a devorarse las páginas, no solamente por llegar al desenlace, más, y acá está lo mejor, por las dudas crecientes acerca de si lo que el relator declara, de si lo que parece, es eso en realidad y no otra cosa, e inclusive, como en “Tarde perfecta…”, si no es justamente al revés. Y si de locura se trata, “Ella era frágil” es un concierto, hacía rato que no leía personajes llevados a extremos, sostenidos con tanta solidez.

lunes, 24 de enero de 2011

No es país para viejos, de Cormac McCarthy


Por prejuicio y desinformación (bah, por ignorancia) no tenía leído a este tipo, la novela me cayó en las manos de casualidad y me encontré con un autor excelente, muchos puntos altos.
Para empezar, una trama argumental con gran tensión desde el comienzo, y que se sostiene a lo largo de todo el texto, con excepción de las pausas, los respiros, que dan las reflexiones del sheriff Bell, uno de los protagonistas más interesantes, por el contraste entre su casi indolencia en la acción, contra el incendio que esas reflexiones, escritas a modo de discurrir de conciencia, tiene en la cabeza.
Chigurh, el asesino, el que actúa Javier Bardem en “Sin lugar para los débiles”, la muy buena adaptación que hicieron los Coen, otro protagonista excluyente (en realidad no es justo hablar en esta novela de protagonistas excluyentes porque casi todos tienen algo para serlo, Moss, Loretta y Carla Jean por ejemplo, esto es otra cosa para decir), un personaje por demás inquietante, que mata con la calma y la rutina de quién pone un sello en un formulario, baste decir el rasgo de que “necesita” hablar antes, un rato largo salvo que esté muy apurado, con los que va a asesinar, me quedé preguntando que qué hubiera pasado si a Carla Jean le salía cara cuando le propuso decidir si la mataba o no con una moneda.
Los diálogos, otro derroche de buen estilo, sin guiones, casi sin aclarativos, es como si uno estuviera ahí escuchando. Y finalmente, en lo que me pareció más relevante, lo que cada personaje hace —matar, aclarar los crímenes, enriquecerse— es nada más que un pretexto, una leve superficie exterior que le sirve a McCarthy para hablar de cuestiones más profundas de la naturaleza humana.

lunes, 3 de enero de 2011

Damas chinas, de Mario Bellatín


Una nouvelle donde sobresale, como en otras que le leí a Bellatín ("Salón de belleza" por ejemplo, faaaa!), la fluidez de vaselina con la que el tipo escribe, es envidiable cómo construye relatores que hacen escurrir el texto sin tropezones, aún en las partes más intrincadas para contar, resolver, hacer creíbles.

Más allá de esa habilidad, que a mí me parece lo más notable y por eso lo menciono primero, en “Damas chinas” hay una variedad de personajes que intrigan, inquietan, que llegan a tener comportamientos extremos con absoluta naturalidad, y el contraste entre los hechos y esa naturalidad es justamente lo que los hace impactantes, a todos o casi todos, aunque desde luego, destacan los ligados al ginecólogo, al niño y a la vieja coronada.

No tiene juicios y las revelaciones son mínimas, son los detalles, los pensamientos, las reacciones, los que terminan edificando tensión y curiosidad por saber adónde va todo a terminar, y aunque finalmente “Damas chinas” termina no terminando y uno queda haciéndose preguntas, también se queda sintiendo que la nouvelle es redonda, que no le falta ni le sobra nada.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Ciencias morales, de Martín Kohan (y algo de “La mirada invisible”)


Lo mejor de la novela, o al menos lo que a mí más me gustó, es el relator, un constructor sutil que apela a un recurso que enriquece la historia: los personajes, sobre todo el de la protagonista, no solamente hacen y dicen, el relator también da cuenta de la maraña de pensamientos laterales, asociaciones libres, etc., etc., que van teniendo mientras hacen y dicen (tal como nos pasa a todos en la vida real, aún con las cuestiones más intrascendentes), y el uso de este recurso es además, una apoyatura para dejar espacio a la conjetura, la duda, a una cierta falta de certeza que provoca inquietud, ansiedad constante por conocer lo que sigue, y es así como la lectura escurre con fluidez todo el tiempo.

Otro logro del relator, es que se hace cómplice del lenguaje que uno imagina le cabe a cada personaje, y me sirve como ejemplo citar cuando dice “en unos breves días”, barbaridad que nadie puede atribuir a un error de Kohan, sino a cómo les hablaban a los alumnos aquellas bestias aparatosas que regían las escuelas.

Un rasgo más que disfruté, fue la creación de climas bien ajustados, tanto a la circunstancia histórica como a las características de los personajes, especialmente en el ámbito de la casa de la preceptora y en el colegio. Y de éste último, pese a que yo hice la secundaria en otro colegio nacional y durante otra dictadura, fue inevitable rememorar, por lo acertado de la elección de detalles, cosas como lo de los dos dedos para medir el largo del pelo, el control de las medias azules y la corbata, la jura de la bandera o los permisos para ir al baño durante hora de clase.

Me es oportuno decir en este punto, que toda la sutileza del relato desaparece en “La mirada invisible”, la película que se hizo adaptando la novela de Kohan, que pierde muchísimo en relación al libro, por culpa de explicitar demasiado (por caso, las miradas que María Teresa intercambia con Baragli mientras cantan el himno, o que le toque la mano cuando lo lleva a la rectoría después que se peleara en el baño), dejar de lado personajes (imperdonable que en la película no esté el hermano de la preceptora) y agregar o modificar escenas innecesariamente (por ejemplo la confesión de la abuela de que tuvo un amante o la violación en el baño). No obstante, lo bueno de la película es la actuación de Julieta Zylberberg, impecable en el rol de la preceptora, y bien Omar Núñez como Biasutto, los dos dan además perfecto el “fisic du rol” que corresponde. (para los que la vieron, ¿es Martín Kohan el vendedor cuando María Teresa va a comprarse un disco?)

Volviendo a la novela, desde el punto de vista argumental me parece una muy buena trama, una idea bien plasmada, pero hay una circunstancia que me hace ruido, máxime porque tiene mucha importancia en el desarrollo: no me pareció posible que pasara tanto tiempo antes de que alguien descubriera el escondite desde el que María Teresa vigila para pescar a los alumnos fumadores, no me alcanza que sea durante las horas de clase, no me parece posible que ninguno de los pibes la haya pescado alguna vez.

En mi gusto, esto le baja algún punto, pero de todas maneras, mis expectativas por esta novela (hace 3 meses que me la compré y siempre me aparecía alguna prioridad) no han sido defraudadas. Para nada.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Rock barrial, de Juan Diego Incardona


Lo primero que me sale es citar al prologuista de Henry Miller en "Trópico de cáncer", "Escribe como habla, escribe como vive...", porque creo que lo mismo es la clave del oficio de escritor de JDI. El libro tiene dos partes, en la primera uno se encuentra con el cuentista que conoció en “Villa Celina” más varias poesías que, como el cuento largo (o novela corta) de la segunda parte, es un JDI novedoso, por lo menos respecto a sus tres libros anteriores.

De los cuentos, el que más me gustó, por lejos, es "El último oficial tornero", porque tiene el clima que hizo mi preferido a “La chinela de Don Juan”, más un anclaje ajustado al momento socio-político-económico en el que está instalado.

Otra cosa que me gustó fue reconocer, particularmente en “Los monstruos” y en “Atómica mente”, cómo JDI plasma elementos y conceptos de su taller “La imaginación de lo común”. Y de los cuentos rockeros, yo que fui adolescente escuchando a Almendra, Manal, Los Gatos, Pescado Rabioso, se me ponen distantes referencias a Viejas Locas por ejemplo, pero igual, aún como un extranjero, en "La mejor banda de los barrios" estuvo interesante subirme al tanque de Celina a escuchar a Chapa, Catán y Rocky.

En cuanto a las poesías, género con el que tengo muchas limitaciones así que mucho no voy a decir, son como una prosa en verso y, pese a las limitaciones que declaro, las leí sin sentirme ajeno, sobre todo "Peones de la cuenca" (JDI aprovecha bien el escenario Matanza-Riachuelo) y, por emotividad, el lado del que puedo hablar si se habla de poesía, "Industria nacional", que me pareció la mejor de todas.

A la secuencia Ampere-Volt-Watt-Ohm de la segunda parte, recomiendo leerla más atento al oído que a la cabeza, porque una vez que uno empieza a escuchar la música, la letra entra sola, y uno se encuentra con un personaje sólido como un fierro, que a veces da repulsa, a veces asusta y a veces despierta ternura, pero que siempre, siempre, pone la cabeza a caminar por lugares que no están escritos y que vale la pena visitar.

Nada más, la pasé bien.

Laura y el Fabi, Bukowski y Henry Miller…y Emilio


¿Qué tienen que ver? La historia es así: hace un par de meses terminé la enésima versión de una novela que vengo escribiendo desde hace un buen tiempo, y el Fabi es uno de mis amigos al que le pedí opinión. La novela habla de mujeres (pretendo que de otras cosas también, pero eso no viene ahora a cuento), y la cuestión es que el día después de haberle dado el original, el Fabi y Laura, su mujer, me trajeron “Mujeres” de Bukowski y “Trópico de Cáncer”, de Henry Miller. Tengo para mí que fue su manera de decirme (y no sé por qué, me parece que más Laura que el Fabi): “Si querés hablar de minas, primero leete a estos dos”.

De Bukowski ya he hablado por acá y no voy a agregar nada, salvo que en “Mujeres”, Bukowski habla mucho más que sólo de mujeres. Pero el que en ese sentido la gasta es Henry Miller, por favor, desde “La condición humana” de Malraux que no tengo entre manos una novela que tenga el efecto de una suerte de droga capaz de llevarme los pensamientos a un nivel que supere, por lejos, los estados normales de conciencia. Y aunque la relación del personaje con mujeres de toda laya es interesantísima, un soporte eficaz para todo lo que Miller dice, lo que me va quedando por encima de todo, es la mirada descarnada de lo que al final somos los humanos.

Tuve bastante dificultad para entrarle al registro durante las primeras páginas, pero una vez que lo pesqué, “Trópico de Cáncer” me puso a volar. Me cuesta elegir algún párrafo para citar, y con el que me quedo quizás no sea el mejor ni el más intenso, pero es el que creo resume mejor lo que antes he dicho: “Amo todo lo que fluye, todo lo que contiene el tiempo y el porvenir, que nos devuelve al comienzo donde nunca hay fin: la violencia de los profetas, la obscenidad que es éxtasis, la sabiduría del fanático, el sacerdote con su letanía pegajosa, las palabras indecentes de la puta, el escupitajo que va flotando por el arroyo de la calle, la leche del pecho y la amarga miel que mana de la matriz, todo lo fluido, fundente, disoluto y disolvente, todo el pus y la suciedad que al fluir se purifica, que pierde el sentido de su origen, que circula por el gran circuito hacia la muerte y la disolución. El gran deseo incestuoso es el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento.”

martes, 23 de noviembre de 2010

Objetos maravillosos, de Juan Incardona


¿Hace un montón que no hablo de un libro y ahora vengo a hablar de uno del 2007, que encima ya debe haber leído medio mundo? Qué me importa, yo lo leí recién ahora y ahora lo cuento, entero lo leí recién ahora, porque algunos cachos había pescado por la web, pero es distinto, porque si “Objetos maravillosos” se lee de una sola sentada como lo leí yo, es otra cosa, se transforma en una unidad llena de sentimientos inesperadamente intensos, en fin, a mí me puso en estado de “exabrupto emocional” (expresión robada a una amiga porque hoy no ando muy católico para expresarme por las mías) a fuerza nomás de puras frases, esqueletos sólidos de cada uno de los episodios, un chorro en continuado de reconfortamientos emotivos (¿ya dije que no estoy muy lucido para expresarme, no?)

Y de esas frases, como si fuera el tráiler de una película, elijo transcribir acá algunas al capricho (capaz no tanto, después de todo): “Ellos (los anillos) están ansiosos por abrazar tus dedos”, “Incardona, usted es una pesadilla”, “Ante mis ojos pasa, fugaz, la imagen de una de mis gargantillas”, “A veces vuelvo, como ese día, y mi vieja sigue ahí laburando, y mi hermana sigue ahí caminando”, “…con las patitas inertes mojándose en la zanja de enfrente, el cuerpo blanco del gato blanco se oscurecía…”, “Ahora estoy más tranquilo. Siento que esta vez hice todo bien, hasta el final. Está bueno sentir eso. No me sucede siempre”, “…alto precio individual del sensible monomaníaco, del angustiado sensible monomaníaco”, “Porque todavía quedaba vida en Villa Celina, vida reconocible, pese a los prolijos epitafios que escribo con tanto esmero”, “Tirados cuerpo a tierra, yo tenía miedo de que una bala me volara las papas fritas de mi hot-dog”, “Yo no sé si fue para tanto la gracia, pero seguro que todos encontramos ahí la catarsis de nuestros años viejos”, “¿Quién estaba por encima del silencio?, “Arriba podían verlo los jugadores de TEG con largavistas”, “Elegite el canelón que vos quieras”, ¿Será que la vida misma es un chiste boludo?, “Yo sigo hablando desde lejos, debe ser por instinto de conservación”
Y mis elegidas entre las elegidas: “Al final las piedras son blandas como el pan fresco, y el pan si está servido en una mesa está duro; al final la avenida es una loma verde llena de pasto, y el pasto está seco y huele a muerto si está en los jardines. ¿Quieren ver objetos maravillosos?”

domingo, 30 de mayo de 2010

Osvaldo Lamborghini (“El niño proletario” y “El fiord”)

Hacía rato que quería entrarle a este tipo y no podía. Gracias a darle bola a Dudo de Todo (que me recomendó usar “El niño proletario” como llave) y a un artículo de Liliana Guaragno(www.elortiba.org/lambor.html#Acerca_de_El_Fiord,_de_Osvaldo_Lamborghini) me leí las dos cosas de un solo tirón y, una vez terminadas, tuve una instantánea ligazón con un personaje de mi adolescencia y primera juventud en Santa Fe. Voy a llamar BU al dicho personaje, aunque me acuerdo perfectamente de su nombre verdadero. BU hizo la secundaria en un colegio muy caro, inaccesible para un clase media baja como él, pero becado por ser el hijo de uno de los de mantenimiento, un laburante a toda hora dispuesto, que los dueños y autoridades de esa escuela tenían a disposición cuando se les cantara por dos pesos con cincuenta. Desde luego que ese colegio no era al que iba yo (también un clase media baja), pero entre el 68 y el 72 Santa Fe todavía era una ciudad chica, así que los intercolegiales de cualquier deporte, los cruces en jodas de sábado a la noche o los desafíos para cagarse a piñas entre escuelas a cuento de nada, me permitieron ver como los nenes bien del colegio caro, se ensañaban con BU con toda clase de vejámenes psicológicos y físicos, por supuesto no de la desmesura de los recibidos por ¡Estropeado!, el niño proletario, pero absolutamente equivalentes en la alegoría de Lamborghini. Terminada la secundaria BU fue a la misma facultad que yo. Era Santa Fe entre 1973 y 1978, ciudad y tiempo en que a los de mi generación nos era imposible permanecer indiferentes, ajenos, al clima de convulsión que atravesaba el país y que se reflejaba en la intensa actividad política de las facultades de la Universidad del Litoral, legal y clandestina según antes o después del golpe. En el primer año nomás, BU entró a militar en la JUP, comprometidísimo desde el principio, apasionado, aguerrido, frontal, arriesgado y, como pocos, mostrando todo el desprecio que sentía por los ajenos a su clase. En el final de “El fiord”, BU fue “las bases” (Sebastián) en mi cabeza, y en los últimos dos renglones, "…yo le ayudé a incrustarle el mástil en el escuálido hombro: para él era un honor, después de todo. Así salimos en manifestación", entendí todo, todo, como suele decir una amiga.

sábado, 8 de mayo de 2010

Las panteras y el templo (pero a lo bestia)

Si lo quieren a lo Kafka, vean “Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero”


Nos gustaba el telo ese de la calle Sarandí. Íbamos desde que nos conocimos. Barato, limpio y discreto. Lo habían montado en una casa chorizo. Una vuelta se nos metió un tipo por la puerta de la pieza de al lado. Estaba en pelotas. Yo no. Grace sí porque después del polvo quiso pegarse una ducha. ¿Me permite?, dijo el tipo. ¿Estás en pedo?, le respondí. Agarró una lámpara y me pegó un lamparazo. Grace me contestó, más tarde, ya en la calle: ¿te creés que soy una puta?, ¿cómo vas a preguntarme si me gustó?

Demoramos una semana en volver. Le pedí a Grace que no se bañara. Pero ella se viste despacio. Esta vez el tipo ya tenía la lámpara en la mano cuando entró. Y yo todavía tenía la cabeza vendada, ¿qué podía hacer? Te gustó guacha, no vas a decirme que no. No me dijo que no.

Bicho, volvamos enseguida así lo exorcizamos, me dijo Grace al otro día. Fuimos. Nada de preámbulos, enseguida a los bifes. Cuando el tipo entró, nos agarró todavía en la cama, desnudos los dos. Correte che, me pidió. De buen modo. A la salida no comentamos nada.

La siguiente fue a los tres días. Lo esperamos vestidos, sin hacer nada. ¿Y?. dijo, no tengo toda la noche. Volvió a la media hora. Estuvo considerado. Me parece que es buena gente.

domingo, 2 de mayo de 2010

Nueve cuentos (Sallinger)


Un cuentista grandísimo. Y una cosa que aparece enseguida, y lo que más me gustó en los “Nueve cuentos” es la gala que hace del “narrar callando”, esta habilidad, o mejor decir talento, que hace subir una enormidad a una narración (“narrar callando” se lo escuché a Incardona en “La imaginación de lo común” y es una cita de un artículo de Vargas Llosa sobre Onetti, que dice textual: “Habla del dato escondido para denominar el escamoteo o el narrar callando, narrar por omisión, ese procedimiento que consiste en silenciar una parte explícita de la historia para así provocar la ambigüedad o la conjetura del lector”).

Otra notable es que la edición original es de 1948 y en ningún momento la prosa, el registro, suenan a sesenta años de viejo, de hecho, sólo en algunos aspectos escenográficos, detalles de vestimenta, eventos históricos y cuestiones por el estilo, se nota la época, con lo cual, lo medular de lo que cada cuento dice, se puede paladear instalándolo ahora si uno quisiera.

Sólo no me gustó tanto el octavo cuento, “Teddy”, excesiva precocidad del niño protagonista (no digo que no pueda existir un chico así, lo que digo es que para mi gusto eso no le hizo bien al cuento) y, además, el único de los nueve cuentos donde entrega demasiada masticada la filosofía, la ironía o la burla. Todo lo contrario a Esmé, la nena de “Para Esmé, con amor y sordidez”, donde la hace caminar al borde de la credibilidad y nunca se le cae, y es un soporte de fierro para lo que a mi cabeza le pareció el mejor cuento de los nueve.

De todos los cuentos me dan ganas de decir algo pero acá no da, así que termino con el segundo, “El tío Wiggily en Connecticut”, por ahí el mejor ejemplo de lo de “narrar callando” pero, sobre todo, el que tiene los personajes más intensos y que mejor se ven a través de las aparentes intrascendencias, frivolidades y desaprensiones.

Finalmente, yo lo leí de la edición 2008 de Edhasa, la misma editorial de la que leí “El guardián en el centeno”, donde me fastidió la traducción plagada de gallegadas; en este caso la traducción no tiene ese defecto, al contrario, es un neutro con el que uno no se dispersa por culpa de vocablos ajenos a nuestro hablar.

jueves, 29 de abril de 2010

Historias de viaje: tres mujeres venezolanas, Parte 3: Las tetas de María


Viene de Historias de viaje: tres mujeres venezolanas, Parte 2: Luisa de Arismendi, la esposa de prócer que capaz se merece el bronce más que el marido

En la historia de María Guevara se juntan verdad y leyenda, y todo lo que sigue es lo que me contaron guías, pescadores, empleados de hotel, vendedores de perlas, todos lugareños mucho mejor informados que google, y un pelícano charlatán que me habló mientras, desparramado en una reposera mirando el atardecer, me tomaba unas copitas de ron Santa Teresa, un milagro que a uno le hace creer en la existencia de Dios.

María, nacida a principios de 1800, fue la hija bastarda de una indígena y un soldado español. Algunos dicen que fue una violación, pero la mayoría que la mamá de María se enamoró del soldado, al punto que traicionó a su tribu y ayudó al regimiento del soldado en un ataque que una noche devastó a su gente. La mujer fue repudiada y expulsada por los suyos, pero el cacique se compadeció de María y aceptó que se quedara para ser criada por las mujeres indígenas.

Entre los 14 y los 17 años, acá los datos no se ponen de acuerdo, María, tras haber sido testigo de una sarta de crueldades de los españoles con los indígenas, después de putear hasta el cansancio a los de su tribu por falta de rebeldía, los abandona y se va a buscar a los revolucionarios de la independencia, que primero la aceptan sólo para actividades de apoyo propias de mujeres, pero demoran una nada en sacarle la ficha y darse cuenta de que no es cualquier mujer, y la mestiza acaba marchando con los hombres a la batalla, donde es más corajuda que varios de los tipos y se carga a unos cuantos.

Aplacados esos años, no encontrando nada que la hiciera sentir en “su” lugar, decide volver a su vieja tribu. María se encuentra con indígenas recelosos que le reprochan su condición de mestiza y le hacen el vacío, ella lo aguanta con la mayor dignidad que puede, hasta que le piden irse. Acá las versiones divergen, pero siendo María tan difícil de arrear, resulta creíble que en realidad la rajaron después de una discusión con el chamán, que ella dio por terminada partiéndole el marote.

Con más o menos 25 años se fue a vivir con unos pescadores de por ahí cerca, a Laguna de Raya, un pueblito con puerto. Entre las habilidades que María había desarrollado entre los indígenas, destacaba la cancha para pescar con prácticas nativas y, desde que María llegó al pueblito de pescadores, las canastas empezaron a llenarse el doble que antes, habiendo influido no solamente la técnica sino también que los pescadores eran bastante vagos y desbolados, y María, respetada entre los tipos pese a ser mina y encima una medio india salvaje expulsada de la tribu, los disciplinó y organizó para que laburasen como la gente. Algunos dicen que las mujeres de los pescadores le agarraron inquina, pero no debe ser cierto porque si no las viejas no hubieran colaborado con ella para ir más allá con la cuestión de la pesca, y armar un sistema de comercialización elemental, pero que sirvió para recortarle bastante las alas a los que se aprovechaban de la ingenuidad de los pobladores de Laguna de Raya.

Pero a María la sangre le hervía, se ve que tenía espinas clavadas y necesitaba sacárselas. Ni bien pudo se fue a Caracas, donde sobrevive, se educa y relaciona como puede, hasta llegar a sentar las bases de lo que en el futuro serían asociaciones defensoras de los derechos de la mujer, el indígena y el mestizo.

La historia después se diluye, sólo se sabe que volvió a Laguna de Raya donde muere como a los 65 años. La mayoría de los relatos, incluido el del pelícano, pasan a contar que María había heredado de su madre indígena la belleza nativa y unas caderas prodigiosas, pero del padre español unos pechos tabla que, no eran tiempos de siliconas, siempre la entristecieron. Así que cuando María murió, los pescadores y los mestizos le regalaron un hermosísimo par de tetas, bautizando como “Las tetas de María” a los cerros gemelos de la foto.

sábado, 24 de abril de 2010

El sillón

A cuento de la Feria del Libro de este año, me acordé que en la del 2002 Julio consiguió un espacio para que unos cuantos fuéramos a leer (ahí esta Julio en la foto coordinando la tropa antes de arrancar), y yo "estrené" este cuento. Después vino un tiempo en que íbamos a leer por todos lados, y me acuerdo en especial de una compañera con la que más iba, Mónica Leone, porque en los días previos los demás nos decían: "Eh, otra vez van a leer Analía (el de Moni) y el de la...(el apodo de ´El sillón´, que no lo digo ahora porque tiene que ver con el final)". Además del cuento mío tan "paseado", dejo al final el link a ´Analía´ en el blog de Moni.

El sillón
Federico se puso de pie para darle cuerda al cucú de la sala. Daba las siete como siempre, hacía años que aquel reloj había dejado de funcionar. Liberada del peso del hombre sobre su falda, Lidia, su esposa, también pudo abandonar el sillón dando un largo resoplido. Luego de practicar algunas flexiones para restaurar la circulación en sus piernas, se acercó con lentitud a la ventana. Aspiró con fruicción el aroma a cebollas que emanaba de la chimenea de la pizzería vecina; aún respirando con dificultad, las flexiones le provocaban cada vez más agitación.
—Tienes que iniciar pronto una dieta —le dijo a su marido quebrando el silencio.
—Sabía que dirías eso —replicó él malhumorado.
Haciendo caso omiso del malestar de su cónyugue, Lidia insistió: —No te fastidies, no hay muchas alternativas. O haces dieta o compras otro sillón.
—También podría ser que fueras tú la que se sentara en mi regazo —ofreció Federico, ahora con más amabilidad. Luego de un breve silencio, durante el cual el anhelo del hombre pareció aletear en el eco de su propia voz, ella respondió: —Ya sabes que eso es imposible, siempre tienes erecciones cuando yo me siento sobre tus piernas.
Federico clavó sus ojos en los de Lidia. La mujer, con esa permanente expresión asombrada producto de las cirugías estéticas, le sostuvo la mirada por un largo rato, tanto cuanto pudo tolerar el merodeo de una mosca alrededor de la cataplasma de miel y gérmen de trigo que cubría sus mejillas.
—¿Sobró algo de miel? —preguntó Federico.
—Esta mascarilla sólo es recomendada para la piel femenina —respondió Lidia de inmediato.
—Ya lo sé, la deseo para untar unas tostadas.
—Pues mira lo que se te ocurre, ya no hay tostadas, Barrabás merendó las últimas.
El hombre lanzó una mirada de odio bajo la mesa donde dormitaba Barrabás, el negro félido que Lidia había recogido en un sendero del jardín zoológico. Federico lo detestaba, siempre declaraba que tenía más de salvaje que de minino, que un gato no podía ser tan ladino y traicionero. Sintiéndose observado, el animal salió de su letargo y expresó su disgusto con un gruñido. Él también aborrecía al esposo de su dueña, sólo la presencia de ésta permitía la convivencia entre ambos, si algún día falto alguno matará al otro, repetía ella con frecuencia.
Federico se acercó al hogar y atizó vigorosamente los leños. Transpiraba profusamente, tal vez a causa de la taza de chocolate que acababa de beber, acaso por el sueter de lana que vestía o quizás porque era pleno verano. El felino entretanto, abandonó su puesto bajo la mesa, se acercó sigilosamente y, cuando se sintió seguro, dio un brinco y se apoltronó en el sillón. Fuera de sí, Federico tomó un diccionario de un estante de la biblioteca y se lo arrojó con fuerza. Falló por más de un metro.
—¡Demonios! —gritó. A Federico le fascinaban las películas de Stallone o Van Damme dobladas en Centroamérica.
—Sabes bien cómo me enfada que maldigas —reprendió Lidia, quien compartía el gusto por las mismas películas.
El animal abandonó el sillón moviendo la cola y mirándolo con rencor. Haciéndose el distraído, Federico se aproximó al asiento liberado. Dando un salto inusitadamente ágil, Lidia se adelantó y se dejó caer sobre el sofá con pesadez. Luego, permitió al marido sentarse sobre su falda.
—Es un hecho, tienes que hacer dieta —volvió ella a la carga luego de tomar aire.
Contemporizador, él aseguró: —Bien, te prometo que lo consideraré.
—Seamos concretos y comencemos hoy mismo ¿Quieres que prepare para la cena el pastel de bróccoli que siempre hacía Josefina? —propuso Lidia.
—¿Josefina era aquella muchacha que empleábamos cuando vivíamos en provincia?
—Así es, ¿recuerdas su sabroso pastel?
—Recuerdo muy bien a Josefina ¿Y tú te acuerdas de ese joven que la festejaba?
—Por supuesto, Rubén era quien más elogiaba a su pastel.
—Efectivamente, Rubén se llamaba.
—Y elogiaba su pastel.
—La quería mucho. Y era tan atento, jamás se presentaba en casa sin algún obsequio de la fábrica de pastas en la que trabajaba.
—Sufres una confusión, mientras frecuentó a Josefina, Rubén trabajó en una fábrica de sillones por la mañana y en una de balanzas por la tarde.
—Qué realidad terrible la de esa pobre gente a quien no le es suficiente un solo empleo para vivir.
—Sin embargo, lo positivo es que estimula su ingenio, por ejemplo, aprovechan los alimentos más económicos para cocinar platillos exquisitos, como el pastel de bróccoli que siempre hacía Josefina.
Desalentado, Federico se incorporó refunfuñando. Con las piernas agarrotadas, Lidia lo imitó. Ahora debió dedicar más tiempo a las flexiones y cuando acabó, los pechos le subían y bajaban con un ritmo intenso. Pasó un largo rato antes de que su respiración se normalizara. Entonces dijo: —Un día estas flexiones me van a matar. Y todo será por tu culpa —Alerta, el felino permanecía con la cabeza en alto y las orejas erectas, aunque esta vez decidió quedarse donde estaba.
Sin responder, Federico encendió el televisor y comenzó a recorrer las trescientas sesenta y siete sintonías del aparato apto para emisiones de televisión satelital. Durante la siguiente recorrida, se detuvo en el canal ochenta y dos, la única frecuencia que podían captar, pues nunca habían instalado cable ni antena.
Con entusiasmo, Lidia volvió a su lugar en el sillón y se palmeó repetidamente el regazo diciendo: —Ven con mami, ven con mami tesoro.
Federico y el bicho se lanzaron hacia el sillón respondiendo al llamado. El hombre llegó antes gracias al puntapié que descargó en el camino sobre su competidor, que emitió un aullido de dolor. Indignada, Lidia se paró desatando una catarata de recriminaciones. De pronto, sus ojos quedaron inmóviles, abrió la boca buscando aire, se tomó el pecho con ambas manos y cayó tendida junto al sillón. Al cabo de un instante durante el que la fuerte impresión lo paralizó, Federico dio un paso cauteloso en dirección al sillón. La fiera rugió.


La policía acudió debido al llamado de los vecinos, el hedor que brotaba del departamento ya resultaba insoportable. A ella la encontraron en el mismo sitio donde había caído muerta y a él, tomado de uno de los brazos del sillón con la garganta desgarrada. La mayor parte de su prominente abdomen había sido devorada.
A la panterita la llevaron de regreso al jardín zoológico. El traslado no resultó sencillo, sólo pudieron llevarla hasta la jaula cuando se resignaron a transportarla echada sobre el sillón.



jueves, 22 de abril de 2010

Historias de viaje: tres mujeres venezolanas, Parte 2: Luisa de Arismendi, la esposa de prócer que capaz se merece el bronce más que el marido

A esta segunda historia me la contaron cuando fui a la fortaleza de Santa Rosa en La Asunción, la capital de la Isla Margarita. La fortaleza no es gran cosa (aunque, rimbombantes, la llaman castillo), la construcción típica de los fuertes costeros españoles para defenderse de los franceses e ingleses, y encima se nota que los retoques de mantenimiento le hicieron perder los rasgos antiguos más interesantes. Pero ahí está el calabozo donde estuvo presa Luisa de Arismendi en 1815, con apenas 16 años y embarazada, durante las batallas por la independencia de Venezuela.
El marido, Juan Baustita Arismendi, estaba fugado de los españoles y refugiado en un cerro de la isla. Entonces, a los colonialistas se les ocurrió meter a la mujer en ese calabozo para que el tipo se rindiera. La cuestión es que Arismendi les mandó a decir que prefería vivir sin esposa antes que sin patria (y de acuerdo a lo que me han opinado cuando lo conté, esto da para discutirse sin machismo ni feminismo, porque con independencia de sexo algunos/as han dicho que el tipo estuvo bien y otros/as que fue un cagador), así que Luisa, encadenada en un calabozo de 2 x 1 sin ventanas, fue hambreada, torturada y violada, pero no pudieron obligarla a decir dónde estaba el marido. Encima, a la pobre pendeja se le murió la hija ni bien la parió y los garcas éstos, le dejaron 2 días el cadavercito para que viera como se iba pudriendo. En una de las refriegas Arismendi toma de rehén a Cobián, un poronga de los españoles instalados en Margarita, que ahí se enloquecen y se ensañan peor con Luisa. Hasta hubo un coronel que quiso decapitarla, y zafó porque la mayoría seguía pensando que en algún momento, o la chica entregaba datos para encontrar al marido, o él se entregaba para que la soltaran.
Para acabar de completarla, Arismendi arma un asalto a la fortaleza y lo hacen bosta, él puede escaparse pero a Luisa la sacan del calabozo para hacerle ver el fusilamiento de los prisioneros, vuelcan al aljibe la sangre de los muertos y después la obligan a tomar de la pestilencia que sacan con un balde de ese aljibe. La mina, bah, la nenita, 16 años tenía les hago acordar, lo mismo siguió plantada en su resistencia. Como se ve, hijos de puta hubo siempre, pero huevos gigantes como estos ovarios no creo que muchos.
A los revolucionarios de Margarita les empieza a ir cada vez mejor en las batallas, así que de miedo a que puedan rescatarla, al otro año los españoles la llevaron al fortín de Pampatar (Castillo San Carlos de Borromeo), después a la prisión de La Guaira y al final al convento de la Inmaculada Concepción en Caracas, siempre incomunicada y siempre en las peores condiciones. Y la gran cagada es que con la manzana rodeada, enfurecidos por no poder quebrar a Luisa, la embarcan a Cádiz a fines de 1816.
Unos piratas atacan el barco, lo chorean y dejan a los pasajeros en los Azores y, vaya a saber qué santo habrá estado de guardia pues, aunque no puede volverse a Venezuela porque llega antes otro barco español y termina nomás en Cádiz, el Capitán General de Andalucía, ante las recontraputeadas de Luisa por todo lo que le habían hecho (pero sobre todo porque el tipo era un burócrata y no tuvo a la vista los papeles de la detención, que se habían quedado en el barco afanado), le reconoce categoría de confinada y hasta le otorga una pensión y le permite quedar recluida en casa de un médico en vez de una cárcel.
Igual, las cosas no estaban bien, porque sobre el pucho le quieren hacer firmar una declaración de lealtad al rey de España y a renegar de la filiación patriota de su marido, a lo cual Luisa respondió: “el deber de mi esposo es servir a la patria y luchar por libertarla”. Y ahí se pudrió todo de nuevo.
Por suerte, algunos no eran tan jodidos y a esos Luisa les cayó bien con el tiempo, así que en 1818, un coronel republicano la ayuda a fugarse en un barco norteamericano, va a parar a Filadelfia desde donde, 4 años después de haber sido presa por primera vez, vuelve a Margarita. No sé bien si es entonces cuando se reencuentra con el marido porque está prófuga hasta el año siguiente, cuando el Consejo de Indias dicta una resolución que le concede libertad absoluta.La historia termina casi bien. Vive con el marido casi 45 años y tiene once hijos, pero a los 65 se resbala regando las plantas del jardín y se desnuca. Una mierda que semejante hembra nutricia haya tenido una muerte tan pelotuda.